Compramos el hospital de peregrinos en ruinas. La fundación de 1541 decía treinta y dos camas
I · LA VÍSPERA
El veintiséis de octubre a las cinco de la tarde me quedaban tres cosas: cuarenta y una noches de reservas en todo el año, trescientos cuarenta mil euros de deuda y un edificio de mil quinientos cuarenta y uno con veintiséis camas hechas y vacías. Beto se había ido a la ciudad a las siete de la mañana. Tenía la reunión con el banco a las once y media y luego iba a pasar por su madre, y me había dicho que volvería para la cena, y en aquel momento yo pensé que volvería para la cena.
Nos hipotecamos en enero de hace dos años. Eso hay que contarlo primero porque es lo único que explica todo lo demás. Él es aparejador y llevaba once años haciendo informes de eficiencia energética para una empresa de Zaragoza, y yo trabajé catorce años en el archivo histórico provincial, en la sección de fondos monásticos, catalogando papel que nadie pide. Los dos teníamos cuarenta y pico, ningún hijo y una idea que en las cenas sonaba bien: comprar una ruina en un camino secundario y hacer un albergue de peregrinos.
La ruina era el hospital de Sant Iu de la Serra y llevaba sin tejado desde mil novecientos cincuenta y ocho. La compramos por veintinueve mil euros al obispado y nos costó trescientos once mil ponerla en pie, que es exactamente la cuenta que se hace mal cuando uno se enamora de un edificio. Abrimos en mayo. En cinco meses de temporada durmieron en nuestras camas ciento setenta y nueve peregrinos, y hacía falta que durmieran seiscientos. En octubre habían dormido tres.
A las cinco de la tarde de aquel día yo estaba haciendo la última cosa que hace un hospitalero al cerrar la temporada, que es contar la ropa. Se cuentan las sábanas, las fundas, las mantas y las toallas, se apunta lo que falta y lo que hay que reponer, y se guarda todo en el armario del zaguán con bolas de alcanfor. Veintiséis camas son setenta y ocho sábanas si se cuentan tres juegos por cama, y yo llevaba cincuenta y dos contadas cuando oí el coche. No era el coche de Beto. El nuestro es un Berlingo con el silenciador tocado y se oye desde el cruce, y aquél llegó sin que yo lo oyera venir y se paró delante del portón.
II · VEINTISÉIS CAMAS
Antes de contar quién bajó de aquel coche tengo que explicar lo de las camas, porque si no, lo que viene después no significa nada. El hospital de Sant Iu se funda en mil quinientos cuarenta y uno con una escritura de dotación que está en el archivo donde yo trabajé catorce años, en la caja doscientos once del fondo del monasterio de arriba. La he tenido en las manos ciento y pico veces. La transcribí yo en dos mil once para un catálogo que no se publicó.
La escritura la firma un canónigo que se llamaba Iñigo de Zaldúa y dice, en la cláusula cuarta, lo que dicen todas las escrituras de dotación de hospitales de camino: cuántas camas se dotan, con qué renta y con qué obligación. Treinta y dos camas. Con la renta de dos molinos y una dehesa, y con la obligación de que ninguna quede vacía mientras haya un caminante en el término. Esa cláusula es normal. Está en cuatrocientas escrituras de este país y no significa nada raro: significa que el hospital no puede cerrar la puerta a nadie mientras tenga sitio.
Lo que no es normal, y lo que yo sabía desde dos mil once porque lo había leído con lupa, es la cláusula quinta. La quinta dice que el número no puede alterarse. Que las camas serán treinta y dos y no treinta y una ni treinta y tres, ni antes ni después, y que quien las alterare quedará obligado en su persona a suplir la falta. Eso, en un documento de mil quinientos cuarenta y uno, es una fórmula de garantía y se traduce fácil: si un administrador vende una cama, la paga con su patrimonio. Es una cláusula económica. Yo la traduje así en dos mil once y así está en mi transcripción, y estoy segura de que es la traducción correcta.
Cuando compramos la ruina, el proyecto de Beto tenía treinta y dos plazas en cuatro dormitorios, porque treinta y dos plazas es lo que hace rentable un albergue en un camino secundario. Y yo le pedí veintiséis. No le expliqué la cláusula quinta porque me daba vergüenza. Le dije que veintiséis era un número más íntimo, que seis plazas menos nos permitirían habitaciones menos apretadas y que en la web quedaba bien, y él, que es un hombre práctico y bueno, dijo que veintiséis y rehízo el proyecto en una tarde. Seis plazas menos son, en cinco meses de temporada llena, unos once mil euros al año. De eso también me acordé aquella noche.
III · CINCO SIN CREDENCIAL
Bajaron cinco. Un hombre de unos setenta años, dos mujeres de cuarenta y muchos, un hombre de treinta y pocos y una mujer mayor a la que ayudaron a bajar del asiento de atrás. Iban vestidos de andar. Botas usadas, pantalón de montaña, chubasquero, mochilas de treinta y cinco litros con la funda puesta porque estaba empezando a chispear, y el bastón de aluminio colgado del asa. No había nada raro en ellos. Quiero que esto quede dicho con toda claridad, porque durante las semanas siguientes me lo he preguntado cien veces: no había absolutamente nada raro en aquella gente cuando bajó del coche.
El de setenta años se acercó al portón con el gorro en la mano, que es un gesto que ya casi no hace nadie, y me preguntó si era yo la hospitalera. Le dije que sí. Me dijo que se llamaba Sabas, que venían andando desde el puerto y que habían tenido que bajar los últimos nueve kilómetros en el coche de un vecino porque a la señora mayor, que era su tía, se le había hinchado un tobillo. Y me preguntó si nos quedaban camas.
Aquí es donde tengo que ser exacta conmigo misma, porque es el punto donde todo esto se decidió y no lo decidió nadie más que yo. No tenían reserva. No tenían credencial, que es la cartilla que sella cada albergue y que en teoría hay que presentar. Y era el veintiséis de octubre, el primer día fuera de temporada, con el cartel de cerrado ya impreso encima de la mesa de la oficina. Y el coche. El coche era lo que me chirriaba y me chirrió desde el primer segundo, porque un peregrino que baja nueve kilómetros en coche no es un peregrino de credencial, y los albergues como el nuestro son para los que andan. Tenía tres razones perfectamente válidas para decir que no y las tenía todas a la vez en la cabeza, ahí de pie, con cincuenta y dos sábanas contadas y la lluvia empezando.
Y dije que sí, y no lo dije por caridad ni por miedo ni por nada de lo que la gente supone después. Lo dije porque yo llevo cinco meses siendo hospitalera y hay una cosa que se aprende en la primera semana: que a un caminante que pregunta si te quedan camas, cuando te quedan veintiséis, no se le puede decir que no. No por la escritura de mil quinientos cuarenta y uno. Por vergüenza. Porque la frase no tiene salida: si dices que no te quedan, mientes y él lo sabe, y si dices que no los quieres, entonces qué clase de albergue tienes. Así que abrí el portón y les dije que pasaran, que ya estaba lloviendo, y Sabas me dio las gracias y limpió las botas en el felpudo cuatro veces antes de entrar. Todos limpiaron las botas. Los cinco.
IV · EL SELLO
El registro se hace en la mesa del zaguán y son cuatro minutos por persona: nombre, documento, procedencia, y el sello en la credencial. El sello de un albergue es una cosa a la que uno le coge cariño. El nuestro lo mandé hacer en marzo en una imprenta de la capital, de caucho sobre madera, con el dibujo de la portada del hospital y la leyenda alrededor: HOSPITAL DE SANT IU DE LA SERRA, y debajo el año de la fundación. Lo estampo yo, con el tampón azul, y en cinco meses lo había estampado ciento setenta y nueve veces.
Les dije que no hacía falta la credencial, que se la sellaba igual si la llevaban, y Sabas sacó la suya del bolsillo interior del chubasquero, en una bolsa de plástico doblada como se lleva un documento importante. Era una credencial vieja. No del año, no de esta temporada: una cartilla de cartón de las de antes, con las hojas cosidas, gastada por los pliegues y con los cantos redondeados de haber estado en muchos bolsillos. Y estaba llena. Ochenta o noventa sellos de albergues de medio país, unos encima de otros, algunos ya ilegibles. Me la puso abierta encima de la mesa para que yo buscara sitio, y mientras yo buscaba sitio vi el nuestro.
Nuestro sello. El de caucho sobre madera que mandé hacer en marzo en una imprenta de la capital. La portada del hospital, la leyenda alrededor, el año de la fundación debajo. Estampado en tinta azul en la página cuarta de aquella cartilla, entre un albergue de Astorga y uno de un pueblo del que no había oído hablar. Y con la fecha escrita a mano al lado, como se escribe siempre la fecha al lado del sello. Catorce de agosto de mil novecientos ochenta y siete.
En mil novecientos ochenta y siete el hospital de Sant Iu de la Serra era cuatro muros sin tejado con un almendro creciendo dentro del refectorio. Eso no es una impresión mía. Está fotografiado. Hay una fotografía de mil novecientos ochenta y cuatro en el catálogo de patrimonio de la comarca, que yo misma digitalicé en dos mil nueve, con el edificio abierto al cielo y el almendro. Y el sello es mío. No parecido: mío. Con el defecto que tiene, que es una muesca en la G de SERRA que le salió mal a la imprenta y que en marzo estuve a punto de devolver. Me quedé mirando aquella página con el tampón en la mano y no dije nada, y Sabas esperó, muy educado, hasta que yo encontré un hueco en la página once y estampé, y él me dio las gracias y guardó la cartilla en su bolsa de plástico.
V · LA CENA
Lo que hicieron aquella noche fue lo que hace cualquier grupo de peregrinos en un albergue con cocina, y por eso me costó dos días entender que estaba pasando algo. Cenaron. Compraron la cena en la máquina del zaguán, que es una máquina de latas y pasta que me da vergüenza tener y que da dinero, y cocinaron en la cocina común, que está para eso. Y se sentaron a la mesa larga del refectorio, los cinco, y me invitaron, y bajé y cené con ellos porque llevaba tres semanas cenando sola.
Fue una cena agradable. Hablamos de la obra: de lo que cuesta rehacer una bóveda de cañón, de que la piedra hay que traerla de la misma cantera y de que la cal viva quema los guantes. Sabas sabía de eso. Sabía mucho más que yo y casi tanto como Beto, y me hizo dos preguntas técnicas muy buenas sobre el drenaje del muro norte. La mujer mayor, la del tobillo, se llamaba Purificación y no habló en toda la cena. Se sentó en el extremo, comió despacio y miró el techo casi todo el rato, y yo pensé que estaba cansada. Y hubo tres cosas en aquella cena. Las tres muy pequeñas. Las tres las conté a Beto dos días después y las tres, contadas en voz alta, no son nada.
La primera: cuando fui a por el aceite, la mujer más joven de las dos de cuarenta y muchos ya lo tenía en la mano. El aceite está en el segundo armario de la derecha, detrás de la puerta corredera, en un sitio que no se ve y por el que me preguntan todos los peregrinos. La segunda: el hombre de treinta y pocos, al levantarse a por agua, apagó al pasar la luz del pasillo de servicio. La apagó sin mirar, con el dorso de la mano, en un interruptor que está a la altura del hombro y detrás de una viga, y que yo misma tardé un mes en usar sin buscarlo. Y la tercera es la que me acordé de contar la última y es la única que sigue conmigo. La tercera es que en toda la cena, ninguno de los cinco me preguntó nada de mí.
Eso, en un albergue, no pasa. Un peregrino que cena con la hospitalera pregunta siempre lo mismo y en el mismo orden: si el albergue es tuyo, cuánto tiempo llevas y por qué lo hiciste. Es una conversación que yo había tenido ciento setenta y nueve veces en cinco meses y de la que ya tenía las tres respuestas gastadas. Aquella noche no me hizo falta ninguna. Estuvimos hora y cuarenta minutos hablando de bóvedas, de cal, del drenaje del muro norte y de un albergue de Astorga que ya no existe. Y cuando subí a mi habitación, a las once y diez, y me senté en la cama a quitarme las botas, me di cuenta de que no sabía a qué se dedicaba ninguno de los cinco.