Un aventurero por causas del destino llega a un pueblo oculto en el cual conoce a ordericUno de los habitantes del pueblo tendrá que forjar una amistad con él y ver a dónde los lleva el destino
🧱 El encuentro: Robin conoce a Orderic
Tras despertar y recuperar algo de fuerza, Robin decide recorrer el pueblo para buscar al albañil, tal como le habían sugerido. Preguntando por el camino, llega hasta la parte trasera del bar, un edificio que muestra claramente las marcas de la violencia reciente: sus muros están agrietados en varios puntos, algunas piedras se han desprendido y yacen en el suelo, y parte del techo parece haber cedido por el impacto de alguna fuerza extraña. Allí, entre montones de escombros, herramientas de piedra y madera, se encuentra un joven trabajando con dedicación, intentando reparar los daños. Al notar la presencia de Robin, el joven se detiene, se limpia el polvo de sus manos en su delantal y se acerca con pasos suaves y reservados. Con una voz amable pero baja, casi como si temiera hablar demasiado fuerte, se presenta: —Hola, mucho gusto. Soy Orderic, el albañil del pueblo. Veo que ya te sientes mucho mejor. Fui yo quien te encontró tirado en el suelo, justo en las afueras del pueblo. Estabas gravemente herido, con cortes profundos, y no sé cuánto tiempo habrías permanecido allí si no te hubiera encontrado. Robin lo observa con atención mientras habla: nota que sus mejillas se sonrojan levemente con solo dirigirse a él, que a veces baja la mirada hacia el suelo o a sus manos en lugar de mirarlo directamente, y que se muestra claramente nervioso ante la presencia de un desconocido. Entiende de inmediato que Orderic es una persona muy tímida y que se avergüenza con facilidad, incluso en situaciones sencillas. Antes de que Robin pueda responder, Orderic recuerda algo importante y añade con un tono de advertencia sincero, como si quisiera evitarle un mal momento: —Una cosa… si Hubert, el posadero, te ofrece su bebida especial, la llama “súper de mostaza”, te recomiendo de todo corazón que no la bebas. Es muy fuerte y tiene un sabor muy desagradable; además, casi siempre provoca una picazón intensa en todo el cuerpo que dura horas. Nadie en el pueblo la toma por gusto, solo para bromear con los recién llegados. Robin le agradece la advertencia, se presenta a sí mismo y, movido por la curiosidad y la duda que lo atormenta, le hace la pregunta que más le preocupa: —Te lo agradezco mucho por haberme encontrado. ¿Sabes quién fue la persona que me salvó? ¿Quién pudo enfrentarse y acabar con esa figura de armadura oscura que me atacó? Orderic se sonroja un poco más, hasta el punto de que sus mejillas adquieren un tono rojizo visible, y niega suavemente con la cabeza: —No lo sé con seguridad. Cuando llegué al lugar, el caballero oscuro ya no estaba, y tú solo estabas allí, inconsciente y con tus heridas. No vi a nadie más, así que no puedo decirte quién pudo haberla derrotado. Tras un breve silencio, para romper la tensión y ofrecerle una mano, Orderic le propone una oportunidad: —Mientras te recuperas y buscas un lugar donde establecerte, si te interesa, podrías trabajar como ayudante de albañil. Hay mucho por hacer: muros derrumbados, casas dañadas por los ataques, caminos que reparar… es un trabajo duro, pero necesario, y te permitirá ganarte la vida y conocer el pueblo. Robin acepta la propuesta, y pasan todo el día trabajando juntos: separan las piedras buenas de las rotas, retiran los escombros de las viviendas afectadas y empiezan a estabilizar las estructuras más débiles. Cuando el sol empieza a ocultarse y la luz se vuelve dorada, dan por terminada la jornada. Orderic, con una sonrisa pequeña y tímida, le muestra una pequeña casita que ha arreglado recientemente: —He terminado de reparar esta pequeña vivienda. Es sencilla, pero tiene techo seguro y paredes firmes. Será un placer ayudarte a instalarte en el pueblo. Te daré algunas piedras bien trabajadas para que puedas terminar de ajustar lo que haga falta, pero también necesitarás madera para reforzar las puertas y las ventanas. Para eso, tendrás que ir al bosque y buscar a Gregor, el leñador del pueblo; él te proveerá de todo lo que necesites. Con una leve inclinación de cabeza y manteniendo su timidez característica, Orderic se despide: —Que tengas suerte en tu nueva casa. Robin se aleja caminando hacia la vivienda, pero sus pensamientos siguen dando vueltas sin descanso: ¿Quién fue realmente la persona que me salvó? ¿Quién tuvo la fuerza y el valor suficientes para enfrentarse a ese ser oscuro y acabar con él? Solo recuerdo que una especie de daga, flecha o punta de espada le atravesó la cabeza. La duda permanece en su mente, mientras empieza a dar sus primeros pasos en este lugar que aún le resulta desconocido.
🧱 Primer evento: El paseo al lago y el nacimiento de la amistad
Han pasado ya varios días desde que Robin comenzó a trabajar como ayudante de Orderic. Una tarde, tras una jornada larga y agotadora levantando muros y reparando techos, el albañil se detiene, se seca el sudor de la frente y mira a su compañero con una expresión más relajada de lo habitual: —¿Qué te parece si nos tomamos un descanso? Ya hemos trabajado bastante por hoy. ¿Te gustaría dar un paseo hasta el lago del pueblo? Robin acepta con gusto, y juntos se dirigen primero hacia la plaza, donde se encuentra el puesto de Bardo, el vendedor de frutas, verduras y carnes. Al verlos llegar, Bardo los saluda con amabilidad: —Buenas tardes, Orderic. ¿Qué se te ofrece hoy? —Buenas tardes —responde Orderic con suavidad—. Quisiera dos banales, dos pimientos dulces y dos azulmoras. Bardo sonríe con picardía mientras prepara el pedido: —Vaya, veo que hoy traes bastante hambre. Pero… me parece que no estás solo. Tú debes ser el recién llegado, ¿verdad? —pregunta mirando a Robin, quien asiente con una sonrisa amable. —Qué bonito —añade Bardo con tono juguetón—. Es bueno ver que las parejas van floreciendo poco a poco en nuestro pueblo. Orderic se sonroja de inmediato hasta las orejas, niega con rapidez y responde con voz nerviosa: —N-no, no es eso… solo somos amigos. Robin se queda un poco sorprendido al escuchar que Orderic ya lo considera un amigo, aunque no dice nada y guarda silencio. Bardo les entrega las frutas envueltas en hojas secas y les dice: —Tomen, disfrútenlas. Es un regalo de la casa. —Muchas gracias —responde Orderic con gratitud antes de seguir su camino. Cuando ya se acercan al lago, se cruzan con Hanth, el herrero del pueblo, quien los mira con una sonrisa traviesa: —No me digas, Orderic… ¿vas de nuevo al lago? —Ya sabes cómo soy —responde el albañil con timidez. Hanth entonces se fija en la presencia de Robin y añade con tono de broma: —Pero mira nada más. Robin acaba de llegar al pueblo y ya le estás poniendo los ojos encima, ¿verdad? Orderic se pone aún más nervioso, niega con fuerza y trata de explicar que solo salen a descansar, pero Hanth se ríe y se despide deseándoles que pasen un buen rato. En eso, Robin se pregunta por qué le hacen esas bromas. Al llegar a la orilla del agua, ambos se sientan sobre la hierba fresca y empiezan a comer lo que les regalaron. Es entonces cuando Orderic, con más confianza, empieza a contarle detalles de su infancia: —De pequeño vivía en un pueblo muy lejos de aquí. Cerca de allí también había un lago, y mis amigos y yo siempre íbamos a nadar. Como no queríamos que la ropa se mojara, nos quitábamos todo… y eso siempre me daba mucha vergüenza, aunque con el tiempo me fui acostumbrando. Hace una pequeña pausa y continúa con un tono más serio: —Solo vivía con mi madre; nunca conocí a mi padre. Ella siempre me decía que él no era humano, que pertenecía a otra raza, pero nunca me dijo cuál. También me repetía algo muy importante: en aquel reino, los mestizos están prohibidos. Cualquier persona que lleve sangre de dos razas diferentes es perseguida y asesinada. Por eso me obligó a guardar mi secreto. Con el paso del tiempo descubrí que mis amigos también eran mestizos, igual que yo. Sus ojos se entristecen un poco al recordar: —Cuando teníamos entre ocho y diez años, los soldados del reino descubrieron nuestra condición. Las familias de mis amigos y mi propia madre dieron la vida para detenerlos y darnos tiempo de escapar. Desde entonces, este pueblo es lo más importante que tengo. Es el único lugar donde me han aceptado tal como soy, sin importar mi origen. Nunca permitiré que los Caballeros Oscuros lo destruyan… incluso daría mi vida si es necesario para protegerlo. Robin escucha con atención, y se da cuenta de que, por primera vez, ve a Orderic hablar con tanta seguridad y convicción, como si fuera otra persona cuando se trata de defender lo que ama. Después de un rato de charla, deciden regresar para terminar lo que quedaba del trabajo. En ese momento, para Orderic, ya no son solo compañeros: ha decidido en su interior que Robin es su amigo.
🧱 Segundo evento: El secreto de Orderic y el vínculo que crece
Han pasado varios días desde que empezaron a trabajar juntos, y poco a poco Orderic va conociendo mejor a Robin. Una tarde, mientras reparan un muro dañado, el albañil se detiene al observar una piedra que está agrietada y ya no sirve para la construcción: —Esta piedra ya no sirve para levantar muros —comenta—. Me la llevaré a mi casa. Luego, como si recordara algo importante que no le había contado, añade con voz suave: —Ah, es cierto, no te lo he dicho. Aparte de albañil, también soy escultor. Aunque no soy un profesional, cuando tengo tiempo libre me gusta tallar figuras. ¿Te gustaría… te gustaría venir a mi casa a ver mis obras? Lo dice con evidente nerviosismo, y sus mejillas se tiñen de un suave color rojo. Había querido hacerle la invitación desde hacía unos días, y ahora por fin se atreve. En el camino, Orderic le explica que él y sus dos amigos viven juntos en la misma vivienda: la llaman la Casa de la Hermandad, ya que se consideran casi como hermanos. Al llegar, Robin ve que es una construcción amplia y acogedora, de dos pisos. En la planta baja está la sala común y la cocina, mientras que en el piso superior se encuentran las habitaciones. Cada una tiene un balcón con una bandera que lleva una letra: O, G y H, correspondientes a Orderic, Gregor y Hanth. Una vez dentro, lo lleva hasta su habitación y se disculpa de inmediato: —Lo admito, mi habitación es un desastre… disculpa el desorden. Robin mira a su alrededor y no encuentra que esté tan desordenada como dice: en las paredes hay varios dibujos, y sobre la mesa y las repisas se alinean distintas esculturas talladas en piedra. —Estas son las obras que he hecho —explica Orderic—. Sé que no soy un experto, pero disfruto mucho hacerlo. Me falta mucho para ser un maestro, pero… puedes preguntarme por la que quieras. ¿Cuál te llama más la atención? Robin se fija en una de ellas: parece una mano sujetando una espada, pero la punta del arma está rota. —Esa se suponía que era una mano sosteniendo una espada —cuenta Orderic—, pero la punta se rompió y no pude repararla. Iba a ser la mano del General del ejército del pueblo. Cuando llegamos aquí, él fue quien nos recibió y nos dio la bienvenida, y le estoy muy agradecido; quería regalársela, pero la arruiné. Aun así la conservo, porque le dediqué mucho tiempo. Luego Robin observa otra que se parece mucho a Gregor: —Esa es Gregor —dice con una pequeña sonrisa—. Me encanta hacer esculturas de mis amigos, pero para eso necesito que posen durante horas mientras hago mis bocetos. Una vez se lo pedí a Gregor, pero él no podía quedarse quieto tanto tiempo, así que le pedí ayuda a Hanth. Hanth se puso frente a él y empezó a decirle cosas para mantenerlo en su sitio: le decía que, si se movía, era un cobarde, un gallina o una mierda. Cuando terminé mis dibujos, no te imaginas lo que pasó: se pelearon como dos animales. Menos mal que al final no rompieron nada… aunque debo decir que la escultura me quedó bastante bien. De repente, los ojos de Robin se detienen en una figura que le llama mucho la atención: es idéntica a Orderic. El albañil cambia su expresión y se pone serio antes de hablar: —Esa es mía. Cada vez que la veo, me recuerdo a lo que más le tengo miedo: a mí mismo. Tengo algo en mi naturaleza que me cuesta controlar: cuando me enojo, pierdo por completo el dominio de mis emociones y de mis acciones, y puedo atacar sin darme cuenta, incluso a las personas que quiero. Una vez, los Caballeros Oscuros hirieron a Gregor en el brazo. Me enojé tanto que no recuerdo nada de lo que pasó después… pero al despertar, vi varias casas destruidas, a mis amigos con cortes por todo el cuerpo y mi arma completamente cubierta de sangre. Me culpo a mí mismo, porque estoy seguro de que fui yo quien los lastimó. A veces pienso que no sé por qué participo en las peleas: si soy tan débil, mis amigos podrían defender el pueblo sin mí… Al verlo tan decaído, Robin se acerca y le da un abrazo suave, acompañado de unas palmadas en la espalda para darle ánimos: —Tranquilo, no fue tu culpa lo que pasó. A veces las cosas ocurren sin que podamos controlarlas. Después de ese momento, ambos se quedan charlando hasta altas horas de la noche. En un momento de la conversación, Robin le pregunta qué tipo de arma utiliza. —Ah, es un arma especial que yo mismo fabriqué —responde Orderic—. Digamos que en los combates cuerpo a cuerpo no soy el más hábil, así que creé esto. Le muestra su herramienta: un cincel afilado unido a una larga cadena flexible. Al verlo, Robin recuerda algo que le había venido a la mente cuando estaba a punto de desmayarse en el bosque: la cabeza del Caballero Oscuro había sido atravesada por un objeto muy parecido. Decide no darle demasiada importancia por ahora, y siguen hablando hasta que el sueño los vence. Como no hay otra cama disponible, Robin se acuesta en la de Orderic, mientras él se recuesta en el borde, apoyado contra la pared, hasta que ambos se duermen. A la mañana siguiente, cuando Robin despierta, Orderic ya no está en la habitación. Al bajar a la planta baja, lo ve junto a Gregor y Hanth, preparando provisiones: pan, carne y bebidas. —Bueno, ya tenemos el pan, la carne y las bebidas… ¿qué nos falta, chicos? —pregunta Orderic. Gregor, al ver bajar a Robin, sonríe con picardía y mira a su amigo: —Una cosa: Robin no estaba ayer contigo, ¿verdad? Orderic se sonroja de inmediato y se pone nervioso ante la mirada de sus amigos: —S-sí, estaba… pero solo hablamos, nada más. —¡Míralo! —se ríe Gregor—. ¿Qué hicieron ustedes dos ayer, estando solos? Antes de que Orderic pueda responder, Robin llega y los saluda, preguntando qué están haciendo. —Ah, Robin, ya despertaste —lo recibe Orderic con alivio—. ¿Dormiste bien? Nos estamos preparando para ir de campamento a las afueras del pueblo. ¿Te gustaría venir con nosotros? Robin acepta con gusto. Mientras Orderic sale para esperarlo afuera, ya que tiene todo listo, Gregor y Hanth se acercan un poco más a Robin para hablarle en voz baja: —Oye —dice Hanth—, si Orderic se muestra muy amable o cercano contigo, no te sorprendas. Es un secreto que ha guardado durante mucho tiempo: a él le gustan los hombres. Creemos que es el único en todo el pueblo que lo es, y por eso se siente tan avergonzado y tímido a veces. Pero puedo ver que cuando está contigo se siente mucho más seguro, y habla con más facilidad que nunca. Me alegra que le des la confianza para cambiar. Robin se sonroja levemente al escuchar eso, y entonces Gregor añade con seriedad: —Y hay algo más que debes saber antes de que nos vayamos: fue Orderic quien te salvó de ese Caballero Oscuro. Le da mucha vergüenza hablar de esas cosas, por eso nunca lo admite. Yo estaba saliendo a tomar aire aquella noche y lo vi cargarte en sus brazos hasta la posada; también vi que su cincel estaba manchado de sangre. Y aunque él te diga que es el más débil de nosotros, no es verdad: en realidad es el más peligroso de los tres cuando se trata de proteger este lugar. En combate cuerpo a cuerpo somos casi iguales, pero a distancia él me supera. Ya te habrá contado lo que pasa cuando se enoja: ataca sin distinguir, pero aun así lo queremos mucho. En ese estado, llega a ser el tercer ser más fuerte de todo el pueblo, solo por debajo del General y del Rey. Pero por favor, no le digas que te lo hemos dicho, o no volverá a confiar en nosotros por un tiempo. Tras esas revelaciones, salen todos juntos y se dirigen hacia una montaña alejada del pueblo, hasta llegar a un valle amplio y tranquilo donde deciden hacer su campamento. Mientras comen, Robin nota que Orderic lo mira de reojo, y cuando sus miradas se cruzan, él aparta la suya rápidamente, sin poder evitar que sus mejillas se sonrojen. En un momento, ambos extienden la mano al mismo tiempo para tomar un trozo de pan y sus dedos se tocan levemente; Orderic se pone rojo como una cereza y retira la mano de inmediato. Gregor y Hanth observan la escena con una sonrisa: pueden ver claramente que entre ellos está surgiendo algo especial, y se sienten felices de que Orderic, el más reservado de los tres, por fin empiece a abrir su corazón. A partir de ese momento, Orderic considera a Robin no solo un amigo, sino alguien muy cercano y especial para él.
🧱 Tercer evento: La confesión, el ataque y el vínculo definitivo
Han pasado ya varios meses desde que Robin llegó al pueblo. Todos los días trabaja junto a Orderic, y ha notado que, cuando la tarde avanza y el sol empieza a bajar, el albañil suele recostarse sobre la hierba para mirar el cielo. Robin aprovecha esos momentos para descansar también, pero una tarde, con el atardecer tiñendo todo de tonos dorados, deciden quedarse observando las formas que dibujan las nubes. Orderic sigue estando un poco nervioso y sonrojado, pero ya no con la timidez extrema de los primeros días; ahora se siente más tranquilo en su compañía. —Oye, mira esa nube —dice Orderic con una pequeña sonrisa—, es graciosa, parece la cabeza de un lobo. Y mira esa otra, parece una lagartija crestada… o también podría parecerse al corte de cabello desordenado que usa Hanth. ¿Y aquella? ¿Qué te recuerda a ti? —Parecen dos cerezas juntas —responde Robin—, o tal vez dos uvas. Orderic guarda silencio un instante, mirándola con atención, y luego dice con voz suave: —A mí me parece más bien un corazón… pero tienes razón, también se parece a cerezas o uvas. Respira hondo, como si estuviera reuniendo valor, y se vuelve hacia él: —Oye, Robin… tengo que decirte algo. Como sabes, siempre he sido muy tímido, pero por alguna razón, cuando estoy contigo, siento que soy capaz de todo. Gracias por estar a mi lado durante estos meses. Han sido días muy buenos y muy felices para mí. Incluso cuando estoy en mi habitación o en cualquier otro lugar, no dejo de pensar en ti. Al escuchar esas palabras, Robin se sonroja levemente. Con mucha calma, acerca su mano y la apoya suavemente sobre la de Orderic, quien de inmediato se sonroja intensamente hasta las orejas. —Escúchame —continúa Orderic, con la voz temblorosa pero sincera—, he querido decirte esto desde hace mucho tiempo. Yo… yo te… Antes de que pueda terminar la frase, un estruendo ensordecedor sacude el suelo y todo el pueblo tiembla con fuerza. Ambos se levantan de un salto y corren hacia la entrada principal. Al llegar, ven que la gran puerta de madera y piedra ha sido destrozada por completo, y ante ellos se alza una figura imponente: un dragón adulto, de escamas oscuras y ojos brillantes, que avanza con paso pesado hacia las viviendas. Orderic cambia por completo de expresión; su mirada se vuelve seria y alerta: —¡Un dragón adulto! Se supone que la barrera que rodea el pueblo debería protegernos… ¿cómo ha logrado entrar? El hechicero colocó un escudo mágico sobre todo el pueblo, pero esto no es normal. —Empuja suavemente a Robin hacia atrás—. Vete, Robin. Yo me encargaré de esto. —¿Crees que voy a dejarte solo después de lo que me acabas de decir? —responde Robin con firmeza—. Tus palabras significan mucho para mí. Pelearé a tu lado, aunque digas lo contrario. Orderic lo mira con una mezcla de sorpresa y gratitud, y ambos se preparan para enfrentar a la bestia. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que es mucho más fuerte de lo que esperaban: su piel es tan dura como el hierro, y los golpes apenas logran hacerle daño. En medio del combate, Robin distingue un punto débil: en la parte baja de la espalda del dragón falta una escama grande, dejando la piel expuesta. Decide acercarse rápidamente para atacar por ahí, pero justo cuando va a clavar su arma, el dragón gira bruscamente y le da un fuerte coletazo que lo lanza contra la pared de una casa cercana, dejándolo herido e inmóvil en el suelo. Al ver a Robin tendido y ensangrentado, algo se rompe dentro de Orderic. La furia lo invade por completo y pierde todo control. Sus pupilas se cubren de una oscuridad profunda, su piel se marca con símbolos oscuros que brillan tenuemente, y sus manos se transforman en grandes garras afiladas. Con una velocidad impresionante, se lanza contra el dragón: un solo golpe le abre una herida grave en el cuello, y con un segundo ataque certero pone fin a su vida. En ese momento llegan corriendo Gregor y Hanth. Al ver la transformación de su amigo, se apresuran a apartar a Robin del lugar: saben lo que viene después. Ahora totalmente descontrolado, Orderic se vuelve contra ellos, sin reconocerlos. Lanza un ataque rápido que iba dirigido hacia Gregor, pero Hanth se interpone, recibiendo el golpe y siendo lanzado contra un muro. Gregor ve el arma de Orderic tirada en el suelo: la recoge y piensa rápido en un plan. Antes de terminar, Orderic lanza otro ataque rápido, esta vez dirigiéndose él mismo hacia Gregor. Intercambian golpes; Gregor, con sus hachas, ve una oportunidad y lanza un ataque rápido, cortando ambos brazos a Orderic. Gregor actúa rápido: lanza las cadenas del arma de Orderic y invoca unas raíces y logra inmovilizarlo por unos instantes, mientras grita: —¡Apresúrate, Hanth! No podré detenerlo por mucho tiempo, ¡las cadenas se están rompiendo! Hanth toma su martillo pesado y se acerca con rapidez, dispuesto a golpearlo en la cabeza para dejarlo inconsciente y evitar que siga lastimándose o lastimando a otros. Pero justo antes de que pueda dar el golpe, Orderic recupera sus brazos y rompe las cadenas y raíces con un solo movimiento, atraviesa a Hanth y, con otro ataque rápido, hiere gravemente a Gregor en el hombro. Cuando está a punto de acabar con la vida de sus amigos, Robin, a pesar de su dolor, logra ponerse de pie y se interpone. En lugar de atacar, corre hacia él y lo abraza con fuerza. —¡Ellos son tus amigos, casi tus hermanos! —le dice con voz entrecortada—. ¿Vas a lastimarlos? ¿Vas a lastimarme a mí también después de lo que me has dicho? ¡Por favor, vuelve con nosotros! Pero Orderic no parece reconocerlo. Con su arma, el cincel afilado, atraviesa el pecho de Robin, quien se dobla por el dolor pero no suelta el abrazo. Desde el suelo, Gregor y Hanth gritan desesperados: —¡Qué mierda estás haciendo! —¡Tú nos dijiste que hoy planeabas revelarle tus sentimientos! —añade Hanth con angustia. Orderic reacciona. Robin, con la herida abierta y perdiendo sangre poco a poco, sigue abrazándolo y, con dificultad, le dice: —Yo también pienso en ti todos los días… creí que era el único que sentía esto… yo... también te... Robin pierde el conocimiento y cae al suelo, perdiendo sangre rápidamente La oscuridad en los ojos de Orderic empieza a desvanecerse. Recupera la conciencia y, al ver lo que ha hecho, se siente devastado y cae de rodillas. Sus amigos corren de inmediato a auxiliar a Robin, vendando la herida y aplicando una poción de regeneración para detener el sangrado. Orderic se aleja unos pasos, levanta su arma con la intención de quitarse la vida, pero Gregor logra detenerlo agarrándolo del brazo con fuerza: —¡Idiota! Primero lastimas a la persona que amas y ahora piensas dejarlo solo. ¿Quién eres? No eres el amigo que conozco. —Nada me asegura que esto no vuelva a pasar —responde Orderic con desesperación—. ¿Quién sabe? Tal vez si vuelvo a perder el control, termine matándolo a él y también a ustedes. Esto es lo mejor… por favor, déjame hacerlo. Suéltame. —¡No lo voy a hacer! —insiste Gregor—. Cuando éramos niños, le prometí a tu madre que siempre te protegería. Tampoco puedo dejar que abandones a Robin justo ahora. Tú lo necesitas a él y él te necesita a ti. ¡No tomes decisiones tan estúpidas! —¿No recuerdas lo que nos dijiste? —añade Hanth con calma—. Tú mismo nos dijiste que cuando estabas con él tu vida era mucho más feliz que nunca. ¿Y ahora piensas tirar todo a la basura solo por miedo a lastimarnos? ¡No seas tonto! Cada vez que pierdas el control, nosotros estaremos aquí para detenerte. Tenlo por seguro, amigo. Orderic, vencido por la emoción, deja caer su arma. Unos minutos después, Robin despierta, aún débil pero consciente. Se levanta lentamente y va hacia Orderic, abrazándolo con alivio y alegría de verlo volver a ser él mismo. Con lágrimas en los ojos, Orderic le dice: —Lo siento… perdóname, no quería hacerte daño. Pero tienes que entender que mientras estemos juntos, tu vida corre peligro. No creo que lo nuestro pueda protegerte. Es posible que vuelva a perder el control, y tal vez la próxima vez pueda llegar a matarte. Quizás lo mejor es que tomemos caminos separados… Gregor levanta el puño con intención de darle un golpe, pero Robin lo detiene con una sonrisa suave y le da un beso en los labios. —No importa cuántas veces pierdas el control —le dice con ternura—. Yo estaré aquí siempre a tu lado, y haré todo lo posible para ayudarte a volver a la normalidad. Porque yo también te amo. Ambos se abrazan con fuerza, llorando de emoción, mientras Gregor y Hanth, que observan la escena, no pueden evitar derramar lágrimas de felicidad también. Tras unos días de reposo y recuperación, cuando ya están completamente sanos, Orderic y Robin deciden hacer pública su relación. Todo el pueblo se sorprende al principio, pero pronto admiran el amor sincero y valiente que comparten. Desde ese momento, Orderic considera a Robin no solo su amigo, sino su pareja para toda la vida.
🧱 Final: Una nueva vida juntos
Una vez que la paz ha vuelto y Robin es reconocido como el salvador del pueblo por liberar al pueblo de la maldición, Orderic y sus amigos deciden emprender un proyecto especial: están construyendo una casa pequeña pero acogedora justo a orillas del lago. Robin se acerca para ofrecer su ayuda, y al observar el trabajo, nota que Orderic ha puesto un cuidado y una dedicación que nunca antes había visto: cada detalle está pensado, y en los planos que ha dibujado con esmero se nota que nada ha quedado al azar. —Muy bien —dice Orderic con tono decidido mientras revisan la estructura—, vamos por buen camino, pero aún falta reforzar esa pared, colocar el techo y terminar algunos detalles más. Robin se sorprende: nunca había visto a Orderic tan concentrado y con tanta seguridad para terminar algo. Pasan unos días y la construcción está casi lista. El atardecer tiñe todo de tonos dorados y cálidos cuando Gregor y Hanth se despiden, diciendo que es hora de irse y dejarlos solos. Una vez que se alejan, Orderic se acerca a Robin con una expresión nerviosa pero sincera. —Bueno, ya casi está terminada —le dice, y le entrega un ladrillo bien trabajado—. Toma, te doy el honor de colocar el último ladrillo. Robin lo hace con cuidado, y cuando termina, se gira hacia Orderic, quien se muestra más sonrojado de lo habitual. —Robin, tengo que decirte algo —empieza a hablar con voz suave—. La razón por la que le he puesto tanto empeño a esta casa… es porque no la construí para mí solo. La hice para ti… bueno, para nosotros. Sus mejillas se encienden de rojo intenso y sus manos tiemblan levemente por la emoción. —¿Quieres… quieres casarte conmigo? Robin se queda sorprendido: nunca había escuchado a Orderic hablar con tanta sinceridad y seguridad. Sonríe y responde: —Es gracioso, porque yo también estaba esperando el momento adecuado para decirte lo mismo. Pero si tengo que responderte ahora… mi respuesta es sí. Bajo la luz dorada del sol, se abrazan con alegría. De repente, escuchan un sollozo proveniente de unos arbustos cercanos. Al acercarse, descubren a Gregor y Hanth, que habían estado espiando todo el tiempo. —Vaya, Gregor —dice Hanth con burla amistosa—, es una de las pocas veces que te veo llorar. ¿Dónde quedó ese hombre tan serio y duro? —Cállate, idiota —responde Gregor secándose los ojos—. Es solo que me alegra ver que nuestro pequeño tímido y callado se ha convertido en todo un hombre. Me siento muy feliz por ustedes dos. —¿Se puede saber desde cuándo están ahí? —pregunta Orderic con una mezcla de vergüenza y diversión. —El tiempo suficiente para escuchar toda la conversación —responde Hanth sonriendo—. Y bueno… ¿cuándo celebramos la boda? Unos días después, la ceremonia se lleva a cabo en la orilla del lago. Todos los habitantes del pueblo se reúnen para presenciar el momento. Ambos van vestidos con trajes blancos y pajaritas del mismo color, y es Horase, el hechicero del pueblo, quien oficia el acto. —Queridos habitantes —empieza a decir—, estamos reunidos aquí para celebrar la unión de estas dos personas. Será la primera unión de dos hombres en nuestra historia. Este pueblo se caracteriza por no poner límites al amor: aquí conviven distintas razas, pueden casarse entre sí, y ¿por qué no hacerlo también entre personas del mismo género? Mira a Robin y le pregunta: —Robin, ¿aceptas a Orderic como tu legítimo esposo, prometiendo protegerlo y acompañarlo, incluso cuando su enojo pueda causar dificultades? —Sí, acepto —responde Robin con firmeza. Luego se dirige a Orderic: —Y tú, Orderic, ¿aceptas a Robin como tu esposo, prometiendo protegerlo y hacer todo lo posible por controlar tu temperamento? Orderic, con una sonrisa radiante y lleno de felicidad, contesta: —Sí, acepto. —Entonces los declaro marido y marido —anuncia el hechicero—. Puedes besar a tu esposo. Ambos se besan mientras todos aplauden. En medio de la celebración, se escucha claramente cómo Gregor solloza conmovido, así que Hanth le entrega un pañuelo para que se seque las lágrimas. Tras la fiesta, se instalan definitivamente en su nueva casa. Los días transcurren tranquilos: Orderic sigue trabajando como albañil en el pueblo, y Robin lo ayuda siempre que puede, además de acompañar a Gregor y Hanth en sus tareas de vez en cuando. Para evitar que Orderic vuelva a perder el control, le han pedido al hechicero que le cree un brazalete especial, capaz de contener la oscuridad y la furia que llevaba dentro. Y pronto comprueban que funciona: una tarde, cuando Gregor y Hanth vienen de visita y, como siempre, terminan rompiendo algunos platos por descuido, Orderic reacciona con enojo, pero sin transformarse ni perder la razón. —¡Estúpidos, parecen niños pequeños! —les dice con voz firme—. ¿No pueden dejar de romper todo cada vez que vienen a visitarnos? Sus amigos se quedan unos segundos sorprendidos: —¿Qué te pasa? —pregunta Gregor—. Tú no hablabas así. —¡Vaya! —añade Hanth—. Nunca creí que escucharía algo así de tu boca. Robin se ríe y mira a su esposo: —Bueno, parece que el brazalete funciona perfectamente, ¿verdad? Orderic se sonroja levemente y asiente con la cabeza. Con el paso del tiempo, la vida transcurre llena de felicidad. Orderic se siente el dueño de su hogar y se asegura de que a Robin nunca le falte nada. Ambos sienten que nunca habían sido tan felices. —Mientras estemos juntos —le dice Orderic una tarde mirando el lago—, nadie podrá detenernos. El frío, el hambre, los monstruos o los dragones no son un problema si estamos juntos. Te prometo que siempre te protegeré y nunca me alejaré de tu lado. Ya no tienes nada de qué preocuparte. Robin, con los ojos llenos de lágrimas de emoción, lo abraza con fuerza: —Y yo te prometo que nunca te abandonaré. No importa qué tan peligrosa sea la situación, siempre estaré a tu lado. Con el tiempo, la historia de su amor se convierte en un ejemplo para todo el pueblo. Poco a poco, otras parejas del mismo género deciden unirse también, y el pueblo celebra cada una de esas uniones, enviando regalos y deseando lo mejor para todos. Gracias a ellos, el amor se vive con más libertad que nunca, y la vida en ese lugar es más feliz y unida que antes.