The true story of Japan's most sadistic serial killer: A harrowing factual account
Capítulo 1
Aún recuerdo con nitidez aquella mañana de Halloween de 2017. Me encontraba en mi despacho cuando recibí la llamada: la policía había descubierto un “apartamento del horror” en la ciudad de Zama, cerca de Tokio. Al llegar al lugar, vi agentes colocando una lona azul para ocultar la escena en un pequeño edificio de apartamentos. Detrás de esa puerta, la realidad superaba cualquier pesadilla: nueve cuerpos desmembrados, con hasta 240 fragmentos de huesos esparcidos en neveras portátiles y cajas de herramientas, rociados con arena para gatos en un intento desesperado de ocultar el hedor . La imagen era dantesca. Jamás en mi carrera imaginé enfrentar algo así. Recorrí el estrecho pasillo hasta el apartamento. El aire estaba pesado, impregnado por un olor metálico y dulzón que los vecinos llevaban días notando sin saber su origen. Dentro, la escena era silenciosa pero ensordecedora en su horror: en la penumbra de un baño minúsculo se hallaban varias cajas de plástico apiladas. Al destaparlas, encontramos cabezas, piernas y brazos humanos entremezclados. La arena para gatos esparcida sobre los restos apenas mitigaba el olor acre de la muerte . Recuerdo que un joven policía a mi lado se cubrió la boca, incrédulo. En mis años de trabajo forense había presenciado la maldad humana, pero nada tan macabro como aquello. Cuando retiraron al detenido de la vivienda, se esforzó por cubrirse el rostro con las manos, evitando las cámaras【15†】. Aquel hombre delgado, de gafas y aspecto corriente, se llamaba Takahiro Shiraishi. Tenía 27 años y pronto los medios lo apodarían “el asesino de Twitter”, pues había contactado a sus víctimas a través de esa red social . Yo había sido convocado como psicólogo forense para colaborar con las autoridades; mi labor sería intentar comprender qué había detrás de esos ojos aparentemente inofensivos que ahora rehuían la mirada de la prensa. Jamás olvidaré cuando uno de los detectives, al salir del apartamento con semblante pálido, murmuró: “Tenemos nueve cadáveres… nueve”.
Capítulo 2
Días después, comencé a investigar la historia de Shiraishi, reconstruyendo su vida a partir de informes policiales, entrevistas y cualquier rastro que ayudara a perfilar su psique. ¿Cómo llega alguien a cometer atrocidades semejantes? En un primer vistazo, su biografía no revelaba traumas evidentes. Nació el 9 de octubre de 1990 y creció en una familia japonesa promedio . De niño fue descrito como reservado pero sociable, incluso participaba en béisbol y atletismo en la escuela . No destacaba especialmente, para bien o para mal: “No era un chico sombrío, solo un alumno más”, recordaba un antiguo compañero . Sin embargo, al ahondar, emergieron indicios inquietantes. Un conocido de la primaria contó a la prensa que Shiraishi y sus amigos jugaban a asfixicarse entre ellos por diversión: “Llegó a perder el conocimiento jugando al juego de la estrangulación”, reveló aquel testigo años después . Quizá, en retrospectiva, ese macabro juego infantil presagiaba algo oscuro en su interior. Tras terminar la secundaria en 2009, Shiraishi tuvo un breve paso por la vida laboral convencional. Consiguió empleo de jornada completa en un supermercado, pero renunció después de dos años . Aquella normalidad laboral no duró; a los 22 años comenzó a sumergirse en los bajos fondos de Tokio. Se convirtió en “scout” en Kabukichō, el mayor distrito rojo de la capital, reclutando chicas jóvenes para burdeles y clubes . Irónicamente, sus dotes de persuasión –las mismas que luego usaría para atraer víctimas– le hicieron útil en ese sórdido negocio. Pero también allí su conducta levantó alertas: compañeros de la industria lo calificaban de “acosador espeluznante”. Uno incluso compartió una foto suya en redes advirtiendo: “Cuidado con este scout” . En febrero de 2017, Shiraishi fue arrestado por ese trabajo ilegal –había enganchado a una joven sabiendo que sería forzada a prostituirse– y recibió una condena suspendida . De nuevo, logró escabullirse de mayores consecuencias. Hubo personas que trataron de ver humanidad en él. Su padre, diseñador de autopartes, mantenía con Takahiro una relación cercana según relataron los vecinos: solían cenar y tomar algo juntos, y el hijo a veces ayudaba en el taller mecánico . La madre y la hermana menor de Shiraishi se habían marchado años antes de casa, así que padre e hijo vivían solos, fortaleciendo su vínculo. Una exnovia, que salió con él hasta el verano de 2016, lo describió como “inusualmente amable, alguien que nunca se enfadaba con las mujeres” . Contó que cuando ella quiso romper la relación, Shiraishi la abrazó suplicando «No te vayas», mostrando un temor profundo al abandono . Desde luego, nada de eso excusa lo que vendría después, pero dibujaba el retrato de un joven con aparente necesidad de afecto, desesperado por no quedarse solo. A mediados de 2017, se produjo un punto de inflexión en su ánimo. En junio de ese año, Takahiro confesó a su padre sentirse vacío, “No sé por qué estoy vivo”, llegó a decirle . Esa declaración, estremecedora en retrospectiva, pasó inadvertida en su momento. Poco después, en agosto, Shiraishi le anunció a su padre que había conocido “al amor de su vida” y necesitaba independizarse con urgencia . Era una mentira calculada: en realidad su urgente necesidad era otra. Su padre, confiando, accedió a actuar como aval y le ayudó a alquilar una vivienda propia. Así, el 22 de agosto de 2017 Takahiro se mudó a un minúsculo apartamento de 13,5 m² en Zama, Kanagawa, a las afueras de Tokio . Aquel estrecho piso de un solo ambiente pronto se convertiría en la tenebrosa escena de múltiples crímenes. La puerta de entrada –que yo mismo crucé tiempo después acompañando a los investigadores– daba paso a un mundo sórdido creado por Shiraishi, lejos de la mirada de su padre y de cualquiera que pudiera haberle frenado.
Capítulo 3
Instalado en Zama, aislado de todo vínculo que no fuera virtual, Takahiro Shiraishi dio rienda suelta a sus siniestros planes. Internet se convirtió en su coto de caza. En aquellos meses, Twitter era un refugio para muchos jóvenes japoneses deprimidos; en un país donde el suicidio es un tema tabú, las redes ofrecían un escape anónimo para desahogar la desesperación . Shiraishi lo sabía, y estaba listo para explotarlo. Abrió al menos cinco cuentas de Twitter bajo diferentes alias . Dos de ellas mostraban sus estrategias opuestas: en una se presentaba como víctima doliente, en otra como ejecutor. En la primera, bajo un nombre que traducido sería “Quiero Morir”, publicaba mensajes melancólicos. El 25 de agosto de 2017 escribió: “Quiero olvidarlo todo. Quiero desaparecer” , proyectando la imagen de un alma perdida buscando compañía en su miseria. En la segunda cuenta se hacía llamar “experto en ahorcamientos”, adoptando el papel de un consejero oscuro. “Quiero compartir mi conocimiento sobre cómo ahorcarse”, anunciaba en su perfil, *“Realmente quiero convertirme en la fuente de fuerza para todos los que sufren. Si estás en un callejón sin salida, por favor consúltame” . Aquellas palabras, leídas en retrospectiva, dan escalofríos. Shiraishi se promocionaba como un “verdugo profesional”, dispuesto a ayudar a morir a quien anhelara acabar con su vida . Era un señuelo macabro y, lamentablemente, eficaz. Shiraishi dedicaba horas a rastrear la red en busca de presas vulnerables. Tejió su telaraña en torno al hashtag “#SuicideRecruitment” (“reclutamiento de suicidas”), un término utilizado en Twitter Japón por personas que expresaban deseos de morir . En esas publicaciones encontraba a sus potenciales víctimas: jóvenes, mayoritariamente mujeres, consumidas por la depresión. Les enviaba mensajes privados, susurrándoles la tentación final: “Muramos juntos” . Se ofrecía a cumplir el anhelo de terminar con todo e incluso a acompañarlas en el acto. Para alguien hundido en la soledad y las ideas suicidas, la proposición de Shiraishi podía sonar a comprensión y pacto de muerte, en lugar de una trampa mortal. “Quienes desean morir solo quieren ser aceptados como son y no ser juzgados”, explicaría más tarde una experta en prevención de suicidio, resaltando que individuos como Shiraishi ganan la confianza fingiendo empatía con ese deseo de autodestrucción . El modus operandi de Shiraishi estaba fríamente calculado. Cuando alguna joven respondía a sus cantos de sirena, él tomaba precauciones para que no escapara. Cerraba el trato citándolas en una estación de tren cercana al domicilio de ellas, presentándose como alguien dispuesto a “huir del mundo” juntos . Así, la víctima se veía comprometida desde antes de llegar: hacían el trayecto hasta Zama juntos, alejándolas de su entorno conocido para minimizar la posibilidad de arrepentimiento de último minuto . En ese trayecto, me imagino a Shiraishi charlando con ellas con voz suave, quizá mostrándose comprensivo y sereno, mientras por dentro aguardaba el momento de atacar. Ya en la intimidad opresiva de su apartamento de una sola habitación, ponía en marcha el siguiente paso: les ofrecía alcohol, pastillas ansiolíticas y somníferos “para que se relajaran” . Muchas de estas chicas llegaban angustiadas, en conflicto con el impulso de morir; él las embaucaba para que bebieran y tomaran medicamentos, reduciendo sus fuerzas y su voluntad. Era una preparación perversa para lo que vendría acto seguido. Según confesaría más tarde, Shiraishi mataba a sus víctimas en cuanto tenía la ocasión, sin dilaciones innecesarias . La secuencia exacta de cada crimen es conocida solo en la retorcida mente del asesino, pero la evidencia y sus propias declaraciones permiten reconstruirla. Por lo general, una vez la víctima estaba bajo los efectos del alcohol o sedantes, Shiraishi aprovechaba su vulnerabilidad. Las estrangulaba por detrás con una cuerda, aplicando toda la fuerza de sus manos y su peso hasta que dejaban de moverse . En algunos casos puede que las golpeara primero para aturdirlas –el ministro de Justicia mencionó después que varias fueron “golpeadas y estranguladas” –, pero el método principal era la asfixia. A las mujeres, Shiraishi las agredía sexualmente una vez inconscientes o moribundas; satisfacía con sus cuerpos las perversiones que albergaba . También les robaba el dinero que tuvieran, a veces apenas unos cuantos billetes, otras veces sumas mayores de decenas de miles de yenes . La motivación, según él mismo reveló, era doble: sexo y dinero. “Descubrió que con este método podía ganar dinero sin trabajar y satisfacer sus deseos sexuales al mismo tiempo”, relataron los fiscales sobre su primer asesinato . Si alguna de sus víctimas, llegada la hora, ya no quería morir, eso no le detenía en absoluto: si detectaba dudas o intentos de huida, las sometía por la fuerza y las asesinaba igualmente . Para Shiraishi, aquellas personas habían dejado de ser humanas; eran medios para su disfrute y piezas de un juego macabro donde solo él imponía las reglas. Entre agosto y octubre de 2017, Takahiro Shiraishi llevó a cabo una escalofriante cadena de asesinatos. Confesó que mató a una persona en agosto, cuatro en septiembre y cuatro en octubre, casi siempre el mismo día que contactaba con ellas . Ocho de las nueve víctimas fueron mujeres jóvenes (tres de ellas, estudiantes de preparatoria); la mayoría tenía entre 15 y 21 años, salvo una de 26 . Sus nombres reales nunca fueron revelados públicamente, en parte por respeto y en parte porque Shiraishi ni siquiera se molestó en conocerlos antes de segar sus vidas. El noveno víctima fue un hombre de 20 años, el único varón, cuyo destino se cruzó fatalmente con el asesino: era el novio (o amigo cercano) de una de las chicas desaparecidas que, preocupado, andaba buscándola . Shiraishi lo vio como un cabo suelto peligroso y decidió eliminarlo también. Lo estranguló hasta matarlo cuando aquel joven acudió al apartamento en busca de su amada, convirtiéndolo en parte involuntaria de este retorcido caso . La frialdad de Shiraishi al narrarme estos hechos años después todavía me produce escalofríos. Hubo un momento en particular, durante una de mis entrevistas con él en prisión, que jamás olvidaré. Estábamos en una sala austera, separados por una mesa metálica. Shiraishi me hablaba con una tranquilidad pasmosa, sin apenas gesticular. Sus ojos, tras los lentes, tenían una mirada vacía, difícil de descifrar. En cierto punto le pregunté cómo fue deshacerse de tantos cuerpos, esperando quizás vislumbrar un atisbo de remordimiento o de agitación. En cambio, su respuesta fue casi pedagógica. Con una leve inclinación de cabeza, como quien comparte una lección aprendida, me dijo: «Fue difícil al principio. Tardé tres días en deshacerme del primer cuerpo, pero a partir del segundo pude hacerlo en solo un día» . Lo dijo sin titubear, como si hablara del aprendizaje en un nuevo oficio. Sentí un frío en la espalda al oírlo. En ese instante comprendí que estaba ante alguien que había normalizado el horror en su mente. “Después me acostumbré”, añadió sin emoción, refiriéndose a los asesinatos múltiples, y su voz carecía por completo de empatía hacia aquellos seres humanos cuyas vidas había arrebatado.
Capítulo 4
Tras cada crimen, la labor macabra de Shiraishi apenas comenzaba. Había planeado meticulosamente cómo deshacerse de los cadáveres para encubrir sus huellas. Con cada víctima, arrastraba el cuerpo hasta el cuarto de baño de su pequeño apartamento y allí procedía a descuartizarlo con herramientas afiladas . La escena era digna de la peor de las pesadillas: azulejos manchados de sangre, un serrucho, cuchillos de cocina, tijeras, sierras para madera, cuerdas… todas halladas después con restos de sangre seca . “No hay duda de que corté los cuerpos en mi baño con la intención de destruir evidencia”, reconoció Shiraishi abiertamente ante los investigadores . Al principio le llevó tiempo; la primera vez tardó varios días en completar la tarea de mutilar y desechar partes, pero pronto perfeccionó su tétrica técnica . Shiraishi confesó que eliminaba la carne y las vísceras de sus víctimas como basura común, arrojándolas en bolsas plásticas al contenedor del vecindario para que fueran recogidas por el camión . Para ello, aprovechó la rutina del servicio de residuos de la zona, mezclando los restos orgánicos con desperdicios domésticos. “Me deshice de su carne y órganos internos como si fueran basura”, admitió sin inmutarse . Pero los huesos eran otro asunto: temía que si tiraba huesos grandes (como cráneos o fémures) alguien notaría algo extraño en la basura. Así que tomó la espantosa decisión de conservar los huesos y cráneos en su departamento. “Guardé sus huesos por miedo a que me atraparan”, explicó . Utilizó tres neveras portátiles y cinco cajas de almacenamiento de plástico para ocultarlos . Cuando la policía inspeccionó minuciosamente la casa, encontraron restos humanos en siete de esos ocho contenedores: cabezas decapitadas, brazos y piernas amputadas cuidadosamente acomodadas . Shiraishi había apilado las neveras y cajas en su diminuta habitación, conviviendo literalmente entre los restos de sus víctimas. La crudeza de aquella escena forense quedó grabada en mi mente a través de fotos y testimonios. Para disimular el hedor, Shiraishi cubrió las partes corporales con arena para gatos, ese tipo de gravilla absorbente que se usa para el excremento de los felinos . Esparció la arena sobre y alrededor de los restos, confiando en que neutralizaría el olor de la descomposición. Pero fue inútil. Con el pasar de los días, un olor nauseabundo comenzó a impregnar el edificio. Algunos vecinos se quejaron de un “pestilencia persistente, como de carne podrida” que emanaba de su apartamento . Sin embargo, Japón es una sociedad donde la privacidad se respeta casi hasta la exageración; nadie confrontó directamente a Shiraishi. Solo luego, con horror, comprenderían la fuente de aquel tufo infernal. Varios residentes del complejo declararon que nunca vieron ni oyeron nada demasiado extraño proveniente del apartamento de Shiraishi . Era casi increíble dada la magnitud de los crímenes. Él vivía en un segundo piso de un edificio de dos plantas con doce unidades, paredes delgadas como papel, y aun así logró pasar desapercibido. “Era extraño que su extractor del baño estuviera encendido todo el tiempo”, comentó un vecino tras el arresto . Ese detalle cobró sentido después: Shiraishi dejaba constantemente el ventilador funcionando para expulsar un poco el olor putrefacto. En retrospectiva, un vecino recordó haberlo visto ir con frecuencia al contenedor de basura comunitario, cargando bolsas pesadas . En su momento, nadie imaginó que en esas bolsas había restos humanos empaquetados entre desperdicios domésticos comunes. Shiraishi contaba con esa ceguera voluntaria del entorno: mientras saludara cortésmente y sacara la basura en las horas indicadas, nadie se entrometería en su vida privada. Y así fue, hasta que la persistencia de un hermano desesperado rompió el velo de anonimato que protegía al asesino.
Capítulo 5
Para octubre de 2017, Takahiro Shiraishi se sentía prácticamente intocable. Había asesinado a nueve personas en un lapso de dos meses. Varias de ellas estaban reportadas como desaparecidas en distintas prefecturas (Tokio, Kanagawa, Saitama, Gunma, Fukushima) , pero las piezas del rompecabezas aún no se habían unido. Sería el hermano mayor de la última víctima quien, con determinación y astucia, iniciaría la caída del monstruo de Zama. Este joven notó la desaparición de su hermana de 23 años, residente en Hachiōji (Tokio), a finales de octubre. Desesperado, hackeó el Twitter de su hermana buscando pistas . Allí descubrió mensajes inquietantes: su hermana había estado interactuando con un extraño que le ofrecía ayuda para suicidarse. Sospechando que aquel individuo podía estar implicado en su ausencia, decidió tenderle una trampa. Publicó en el mismo Twitter de ella fingiendo ser una joven suicida interesada en los servicios que el desconocido ofrecía, o bien encontró a alguien que ya había tenido un encuentro sospechoso con Shiraishi y estaba dispuesta a colaborar. En efecto, una mujer que había contactado antes con Shiraishi se ofreció como señuelo . Su valentía fue notable: podía estar poniéndose en la boca del lobo. Esta mujer –de identidad protegida, referida a veces solo como “Yumi”– comenzó a conversar con Shiraishi por redes, mostrando interés en “morir juntos”. Shiraishi, confiado por sus anteriores éxitos, acordó una cita con ella sin sospechar que sería la última. La policía, alertada y trabajando ya en conjunto con el hermano, preparó una operación encubierta. El 30 de octubre de 2017, Shiraishi salió de su apartamento rumbo a la estación, donde había quedado en encontrarse con la supuesta nueva víctima. No iba a ser un día cualquiera: agentes de policía de civil lo seguían de cerca, sin perderlo de vista . Aquella noche, en algún momento tras el encuentro, los detectives decidieron intervenir. Siguieron a Shiraishi hasta su vivienda en Zama con la “cebo” aún acompañándolo . Podemos imaginar la tensión en el ambiente cuando los policías finalmente se identificaron. Tocaron a la puerta o tal vez lo abordaron justo al entrar. ¿Dónde está la chica desaparecida?, le preguntaron con la urgencia de quien teme llegar demasiado tarde. La respuesta de Shiraishi fue escalofriante por su frialdad: señaló con calma una de las neveras portátiles apiladas cerca de la entrada y dijo: “En esa caja” . Los agentes se miraron atónitos. Abrieron el contenedor señalado… y allí, envuelta en la oscuridad del plástico, vieron la cabeza cercenada de una mujer joven. Era la hermana desaparecida. Y no estaba sola. En total, esa noche la policía encontró restos de ocho mujeres y un hombre repartidos en el pequeño apartamento. El rastro digital dejado en Twitter había llevado a la policía directamente a la puerta del asesino serial . Takahiro Shiraishi fue detenido inmediatamente. Afuera, la noticia se propagó como pólvora. Cuando salieron las primeras imágenes del detenido esposado, rodeado de policías, muchos no podían creer que ese hombre de rostro ordinario –cubierto parcialmente por una capucha y una mascarilla al ser trasladado a la comisaría– fuera responsable de crímenes tan atroces. Japón se sumió en una mezcla de horror y fascinación. En las redes y en los televisores, no se hablaba de otra cosa: el asesino de Twitter había sido capturado. Recuerdo haber llegado a la comisaría de Tachikawa (sede de la rama del Tribunal de Distrito de Tokio encargada del caso) pocas horas después del arresto, cuando Shiraishi empezaba a confesar. Fui testigo de su primer interrogatorio formal en calidad de observador profesional. Sorprendentemente, admitió los hechos sin resistencia alguna. “Los nueve, sí. Yo los maté”, declaró con una tranquilidad pasmosa, casi aliviada. No hubo necesidad de métodos de persuasión ni de largas horas de confrontación: Shiraishi lo confesó todo desde el principio. Más tarde me enteraría de que incluso dijo a sus abogados que no valía la pena negar nada. Quizá, atrapado con las manos en la masa (o más literalmente, con los cuerpos en casa), entendió que no había escapatoria. O tal vez, en su mente perturbada, ansiaba el reconocimiento –aunque fuera infame– de sus actos. La investigación posterior fue intensa. Se identificó a todas las víctimas, que provenían de diversas provincias. Sus familias, que habían reportado angustiadas la desaparición de sus seres queridos, recibieron la más terrible de las noticias. La sociedad japonesa quedó conmocionada ante cada nuevo detalle que revelaban los medios. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo un asesino había encontrado tan fácilmente a sus víctimas en redes sociales? El debate público no tardó en encenderse. Algunos pedían responsabilizar a Twitter por no controlar los mensajes suicidas; de hecho, apenas cuatro días después de destaparse el caso, Twitter implementó nuevas políticas prohibiendo “promover o alentar el suicidio o las autolesiones” en su plataforma . El gobierno también movió ficha: el entonces secretario en jefe del gabinete, Yoshihide Suga, anunció que se considerarían regulaciones más estrictas para sitios web “inapropiados” relacionados con el suicidio . Habló de reforzar el apoyo a los jóvenes que expresan desesperación en internet, para que encuentren ayuda en lugar de depredadores . Sin embargo, expertos en salud mental alzaron la voz para matizar. “No se debería simplemente apagar esta válvula de escape”, advirtieron, señalando que la cultura del silencio en torno a la depresión en Japón empuja a muchos a desahogarse anónimamente online, y que cerrar esos canales podría aislar aún más a los suicidas . El caso Shiraishi expuso dolorosamente esa realidad: las víctimas buscaron comprensión en la red y encontraron un asesino. “Quizá pensaron que él era la única persona que las escucharía sinceramente”, reflexionó con tristeza Akiko Mura, de un grupo de prevención de suicidios .
Capítulo 6
El proceso judicial contra Takahiro Shiraishi comenzó tres años después, en septiembre de 2020, en medio de gran expectación. Recuerdo entrar a la sala de vistas del tribunal en Tachikawa y ver a Shiraishi en el banquillo: vestía traje oscuro, había perdido algo de peso en prisión, pero mantenía la misma expresión imperturbable. Nada quedaba del joven tímido que una ex describió, ni del amante suplicante; ante nosotros estaba un hombre vacío, cuya presencia erizaba la piel. Los familiares de las víctimas ocupaban las primeras filas, con el dolor contenido pintado en sus rostros. Algunos sollozaban en silencio mientras los fiscales leían en voz alta el escalofriante listado de cargos. La estrategia de la defensa de Shiraishi tomó a muchos por sorpresa. Sus abogados argumentaron que en la mayoría de los casos las víctimas le habían dado “consentimiento” para matarlas . Basaban esta tesis en que ellas mismas habían expresado deseos suicidas públicamente y supuestamente buscaban alguien que las ayudara a morir. Legalmente, pretendían que los jueces ciudadanos consideraran los homicidios como “homicidio consensuado”, un delito que en Japón conlleva penas mucho menores (una reducción significativa de la responsabilidad). Llegaron incluso a solicitar evaluaciones psiquiátricas adicionales, insinuando que quizá Shiraishi no estaba mentalmente estable durante los crímenes . Pero aquella línea de defensa estaba condenada al fracaso desde el inicio, y tal vez los propios abogados lo sabían. Takahiro Shiraishi, contra todo pronóstico, decidió declarar culpabilidad absoluta. En la primera audiencia, el 30 de septiembre de 2020, cuando el juez le ofreció la oportunidad de responder a los cargos, Shiraishi habló con voz clara: “No tengo nada que refutar a los argumentos de la fiscalía” . Fue una admisión llana, sin condiciones. Recuerdo el murmullo que recorrió la sala. En un instante, Shiraishi desarmó la estrategia de sus propios defensores. Él quería cargar con la culpa completa. Tal vez buscaba la sentencia máxima; quizás, en su distorsionada visión, esa era su manera de retener cierto control sobre su destino. Los fiscales, por su parte, describieron sus actos con dureza: “Premeditados y atroces”, los calificaron , subrayando la crueldad de engañar a personas vulnerables para luego violarlas, robarlas y matarlas. Enumeraron las provincias de origen de cada víctima, sus edades (15, 17, 19… hasta 26 años), demostrando el patrón deliberado de cazar a las más jóvenes y frágiles . Expusieron cómo Shiraishi, tras su arresto en 2017 por el caso de prostitución, volvió a casa de sus padres y decidió que “quería ganarse la vida sin trabajar, como un proxeneta”, pero en lugar de explotar sexualmente a mujeres, optó por explotar su deseo de morir . Con frialdad, detallaron su método: cinco cuentas de Twitter creadas para atraer suicidas; mensajes de “Vamos a morir juntos”; víctimas estranguladas con una cuerda; mujeres violadas post mórtem; robos de dinero que sumaron cientos de miles de yenes; cuerpos mutilados para borrar pruebas; un joven asesinado simplemente por preguntar por su amiga . La narración era tan espantosa que en la sala más de un miembro del jurado ciudadano apretó los puños o derramó lágrimas. Durante el juicio, Shiraishi permaneció impasible. No ofreció disculpas ni mostró remordimiento alguno. Solo hablaba cuando se le preguntaba directamente, y sus respuestas eran breves, a veces cínicas. Cuando uno de los jueces le interrogó sobre el motivo, reiteró que lo había hecho por satisfacción sexual y codicia. Era como si la vida humana careciera de valor para él, reducida a objetos de su placer. Yo observaba desde un rincón designado para peritos y pensaba en lo insondable de aquella mente. ¿Ninguna chispa de empatía? Parecía que no. Finalmente, el 15 de diciembre de 2020 llegó el veredicto. La atmósfera en la sala era tensa. Shiraishi fue declarado culpable de nueve cargos de asesinato con premeditación, violación y robo, entre otros delitos. La corte desechó por completo la noción de consentimiento. El juez, al leer la sentencia, fue tajante: pena de muerte . En Japón, la pena capital se ejecuta en la horca, y esa sería la suerte de Takahiro Shiraishi. Al escuchar la condena, Shiraishi no pestañeó. Ninguna alteración cruzó su semblante. Por el contrario, asintió levemente. Más tarde se supo que rehusó presentar apelación alguna , a pesar de que sus abogados inicialmente anunciaron que apelarían bajo la discutida premisa del consentimiento. Shiraishi declaró públicamente (a través de su representación) que aceptaba la sentencia y no tenía intención de prolongar el proceso. Así, su condena a muerte quedó finalizada en enero de 2021 . “No estaba nervioso por el veredicto, era algo obvio”, comentaría en una entrevista desde prisión , mostrando una inquietante aceptación de su destino. Hubo un detalle que causó revuelo mediático en medio de la frialdad de ese epílogo judicial. Poco después del juicio, Shiraishi concedió desde la cárcel unas declaraciones a la prensa. En ellas manifestó un deseo insólito: quería casarse antes de ser ejecutado. “Quiero conocer a una chica normal y casarme”, dijo, expresando que le gustaría encontrar esposa mientras aguardaba en el corredor de la muerte . Aquella afirmación dejó atónitos a muchos. ¿Era una provocación? ¿Una fantasía escapista de un hombre acorralado? En lo personal, cuando le pregunté al respecto en una de nuestras últimas conversaciones, me lo repitió con calma: deseaba una “vida normal”, como si no fuera responsable de haber destruido nueve vidas normales. Aquello me reveló la asombrosa capacidad de autoengaño que tenía. Shiraishi podía aceptar racionalmente su ejecución, pero al mismo tiempo soñaba con experimentar lo cotidiano –enamorarse, casarse–, ignorando la monstruosidad que había cometido. Nunca mostró auténtico arrepentimiento. Ni una sola vez habló de sus víctimas salvo para describir sus actos. Ni un atisbo de culpa por el inmenso dolor causado a tantas familias.
Capítulo 7
En Japón, las sentencias de muerte suelen hacerse esperar; los condenados pasan años, a veces décadas, en las sombras de una celda individual, sin saber cuándo llegará el día final. Takahiro Shiraishi no sería la excepción. Durante ese tiempo, pasó sus días en el Centro de Detención de Tokio, aislado y con visitas limitadas. La mañana del 27 de junio de 2025, casi ocho años después de sus crímenes, Shiraishi fue finalmente conducido al patíbulo. Tenía 34 años. En una ejecución silenciosa y secreta –como es tradición en Japón, donde los reos son informados apenas horas antes–, fue ahorcado hasta la muerte . Así se apagó la vida del “asesino de Twitter”, sin pompa ni testigos externos, más allá de un puñado de funcionarios. Japón reanudaba con él la aplicación de la pena capital tras un período de casi tres años sin ejecuciones . Al conocer la noticia esa mañana, sentí una extraña mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque se hacía justicia por aquellas jóvenes vidas truncadas; tristeza porque, como ser humano y psicólogo, es desolador constatar hasta dónde puede llegar la oscuridad en una persona. La víspera de la ejecución, el entonces ministro de Justicia Keisuke Suzuki firmó la orden final tras “una cuidadosa revisión del caso”. Suzuki declaró a la prensa que Shiraishi había actuado con un motivo “extremadamente egoísta” y que sus crímenes habían causado “gran conmoción e inquietud en la sociedad” . En efecto, pocos casos criminales han sacudido tanto al Japón contemporáneo. El ministro enumeró los hechos horrendos: violación, robo, asesinato; nueve víctimas estranguladas, mutiladas, ocultas en cajas, con partes arrojadas a la basura . “Tras mucha deliberación, ordené la ejecución”, concluyó . La gravedad del caso no dejaba espacio a la clemencia. La sociedad japonesa, mayoritariamente, estuvo de acuerdo. A diferencia de otros países, en Japón el apoyo popular a la pena de muerte sigue siendo fuerte. Una encuesta gubernamental de 2024 reveló que el 83% de los japoneses considera la pena capital como ‘inevitable’ en ciertos casos . Y si algún caso reforzaba esa opinión era el de Shiraishi. Recuerdo que tras la sentencia de 2020 entrevisté a algunos familiares de las víctimas; varios dijeron que querían que “el monstruo pagara con su vida”. Aunque la ejecución no les devolviera a sus seres queridos, al menos cerraba legalmente un capítulo de inmenso dolor. Me he preguntado muchas veces qué conclusiones sacar de todo esto. En mis pesadillas aún aparecen, de vez en cuando, las imágenes de aquel apartamento oscuro en Zama, de las cajas llenas de restos, de la mirada inescrutable de Shiraishi al otro lado de la mesa. ¿Nació Takahiro Shiraishi como un psicópata, o la sociedad de alguna forma lo creó? Es una cuestión que quizá nunca pueda responder por completo. Su caso reveló fallas en múltiples frentes: en la detección temprana de enfermedades mentales, en el aislamiento social, en la falta de canales seguros para que los jóvenes pidan ayuda sin sentirse juzgados. También mostró los peligros de las redes sociales, pero a su vez sus limitaciones: así como Twitter fue la trampa mortal para nueve inocentes, también fue la pista clave que permitió atraparlo. Como psicólogo forense que vivió de cerca este proceso, me queda la lección de una tragedia compleja. He visto el peor rostro del mal y también la solidaridad de quienes lucharon por la justicia –desde el hermano que no se rindió buscando a su hermana, hasta la mujer valiente que sirvió de señuelo para la policía–. La historia de Takahiro Shiraishi, el “asesino de Twitter”, es ya parte imborrable del folclore criminal de Japón. Su nombre se volvió sinónimo de engaño letal en redes y de pesadilla hecha realidad. Quizá con el tiempo los detalles se difuminen en la memoria colectiva, pero el eco de sus crímenes seguirá advertiéndonos sobre los oscuros abismos que pueden esconderse tras una pantalla, o tras la cara más normal. Yo, por mi parte, nunca olvidaré aquellas nueve vidas apagadas prematuramente. Cada una de esas víctimas buscaba comprensión en sus horas más bajas, y en cambio encontró a un depredador. Ese pensamiento me pesa en el alma. Solo me reconforta saber que, al final, la justicia prevaleció. Takahiro Shiraishi pagó con su vida por lo que hizo. Y aunque nada podrá llenar el vacío que dejó en las familias, el mundo sabrá quiénes fueron las verdaderas víctimas y quién el verdugo. En mis recuerdos, siempre quedará grabado este caso como un sombrío recordatorio de lo frágil que puede ser la línea entre la desesperación humana y la maldad absoluta .