A gripping story about one of the most infamous serial killer cases in the United States
El comienzo de la pesadilla
Me llamo Tomás Rivera, detective de homicidios de Nueva York retirado. Han pasado años, pero aún tengo pesadillas sobre aquel verano sangriento del 76-77. Todo comenzó la noche del 29 de julio de 1976. Yo estaba de guardia cuando nos informaron de un tiroteo en el Bronx. Al llegar, encontré un coche acribillado a balazos y a dos jóvenes dentro. Una de ellas, Donna Lauria, había muerto al instante de un disparo en la cabeza; su amiga Jody Valenti sobrevivió herida y estaba en estado de shock . La escena era caótica: vidrios rotos, sangre en el asiento y el llanto histérico del padre de Donna al enterarse de la noticia. Jody repetía entre sollozos que “un hombre salió de la nada y comenzó a disparar”. No tenía muchos más detalles; todo ocurrió en segundos. Esa noche, mientras cubría el cuerpo sin vida de Donna con una sábana, sentí un escalofrío: era un crimen sin motivo aparente, brutal y aleatorio, el tipo de caso que te quita el sueño. Al principio pensamos que podría ser un incidente aislado, tal vez un ataque personal o un loco suelto. Pero en los meses siguientes, la pesadilla continuó. En octubre de 1976 hubo otro tiroteo: Carl Denaro y Rosemary Keenan fueron baleados mientras charlaban dentro de un coche; milagrosamente sobrevivieron, aunque Carl sufrió una grave herida de cráneo . Un mes después, en noviembre, dos chicas adolescentes, Donna DeMasi y Joanne Lomino, recibieron disparos cerca de su casa en Queens; quedaron malheridas y Joanne perdió la movilidad de sus piernas . La ciudad empezó a temblar. ¿Sería el mismo tirador? Las descripciones eran vagas, pero todas las balas provenían de un arma del mismo calibre: .44. Los forenses recuperaron proyectiles deformados en las escenas, y confirmaron que provenían de un revólver Charter Arms Bulldog de calibre .44, el mismo modelo en cada ataque . Aquello ya no era coincidencia: teníamos un asesino en serie suelto en Nueva York. Mis superiores formaron un equipo especial para cazarlo. Mientras tanto, la prensa se hacía eco del patrón mortal: parejas jóvenes o mujeres en coches, atacadas de noche sin motivo. Comenzaron a llamarlo el “Asesino del calibre .44” , un nombre que resonaba con terror en los titulares.
Un asesino acecha la ciudad
A medida que 1977 comenzaba, la ciudad se sumió en el pánico. Cada pocos semanas llegaban reportes de balaceras nocturnas con las mismas características. Enero de 1977: una pareja, Christine Freund y su prometido John Diel, fueron tiroteados mientras estaban estacionados preparándose para ir a bailar. Christine falleció horas después en el hospital; John sobrevivió herido . Marzo de 1977: una estudiante, Virginia Voskerichian, fue asesinada de un tiro en la cara mientras caminaba hacia casa por la noche . En cada escena, recogíamos casquillos o balas calibre .44 Special, sin huellas ni testigos fiables. El atacante parecía un fantasma: aparecía, disparaba a quemarropa y desaparecía en la oscuridad . Nunca robaba nada, nunca agredía físicamente más allá de los disparos. Su único objetivo era matar. Como detective, esa impotencia de llegar siempre minutos tarde y encontrar sólo el rastro sangriento me carcomía el alma. La presión sobre el Departamento de Policía de Nueva York aumentó. Se conformó la Operación Omega, un grupo especial de más de 200 agentes dedicado exclusivamente a atrapar al “.44 Caliber Killer” . Yo formaba parte de ese equipo y recuerdo las interminables reuniones analizando mapas con las ubicaciones de los ataques, tratando de predecir su próximo movimiento. El patrón geográfico era errático: Bronx, Queens, luego otra vez Queens… Parecía cazar por toda la ciudad, preferentemente en barrios residenciales tranquilos a altas horas de la noche. Todos los testimonios describían a un hombre joven, de pelo oscuro, que actuaba solo y con rapidez. “Odia a las parejas felices”, decían algunos periódicos, insinuando que tal vez el asesino fuera un inadaptado con rencor. Nosotros considerábamos todas las teorías: ¿un misógino con sed de sangre? ¿Un perturbado mental? Desde luego, apuntaba especialmente a mujeres jóvenes y parejas en automóviles . La ciudad entera vivía con miedo: las discotecas y bares veían a sus clientas salir en grupo en lugar de acompañadas de un solo chico, y por las noches las calles quedaban desiertas antes de medianoche. Recuerdo patrullar en aquellas madrugadas, con la radio policial inundada de reportes y rumores. Cada vez que sonaba un código 10-10 (disparos) mi corazón se aceleraba. Sabíamos que tarde o temprano él volvería a matar. Nunca dejó mensajes, huellas ni casquillos –usaba un revólver, así que no había vainas percutidas que recoger–. Lo único consistente era ese calibre .44 aterrador y el hecho de que todas las víctimas tenían cabello oscuro y largo. Esta última observación la filtramos a la prensa como advertencia. Fue un caos: miles de mujeres neoyorquinas comenzaron a cortarse el pelo bien corto o a teñirlo de rubio, por temor a ser el próximo blanco del asesino . Las tiendas de pelucas se quedaron sin existencias de pelucas rubias. El pánico era real y palpable.
Cartas desde el infierno
El asesino rompió su silencio macabro la madrugada del 17 de abril de 1977. Esa noche ocurrió otro ataque espeluznante. Dos jóvenes enamorados, Valentina Suriani y Alexander Esau, estaban besándose en su auto en el Bronx cuando un hombre se acercó y, sin mediar palabra, les disparó a quemarropa a cada uno dos veces. Valentina murió en el acto; Alexander agonizó unas horas en el hospital antes de fallecer . Pero esta vez, mientras inspeccionábamos la escena bajo la lluvia tenue del amanecer, encontramos algo inesperado: una carta dentro de una bolsa plástica, dirigida a la policía. Estaba manuscrita con letras mayúsculas deformes y comenzaba con una frase que se me grabó a fuego: “Yo no soy un demente. Pero sí soy un monstruo. Soy el ‘Hijo de Sam’…”. Era la primera vez que se adjudicaba un nombre. En esa carta delirante, el asesino se hacía llamar “Son of Sam” – Hijo de Sam – y divagaba sobre “Padre Sam” que le ordenaba matar, sobre demonios sedientos de sangre y su retorcido deseo de seguir acechando . Nos amenazaba directamente: “Policías, dispárenme primero o si no… ¡morirán!”, escribía, jactándose de ser un demonio imposible de atrapar . Quedé helado al leerla. Nunca antes un asesino serial en Nueva York se había atrevido a burlarse así de la policía, jugando con nosotros. Mi jefe, el inspector Timothy Dowd, decidió no divulgar el contenido completo de la carta de inmediato . Solo confirmamos a la prensa que el “.44 Caliber Killer” había enviado un mensaje y que se hacía llamar “Son of Sam”. A partir de ese momento, el mundo lo conoció como el Hijo de Sam, un nombre tan macabro como el propio contenido de sus cartas . Analizamos cada centímetro de esa nota. ¿Quién era Sam? ¿Por qué decía ser su “hijo”? ¿Delirios religiosos o algún mensaje cifrado? Algunos compañeros sugirieron que podría referirse a Sam Carr, el dueño de un perro al que alguien había disparado en Yonkers meses atrás, pero en aquel momento no teníamos pruebas de ninguna conexión. Un psicólogo de la unidad comentó que el tono indicaba resentimiento y paranoia. De hecho, pocos días después consultamos a varios psiquiatras forenses y elaboramos un perfil psicológico preliminar del sospechoso: varón joven, profundamente neurótico, posiblemente con esquizofrenia paranoide, con delirios de recibir órdenes demoníacas . El perfil también sugería que el asesino podía sentirse poderoso al aterrorizar a la ciudad y jugar al gato y el ratón con nosotros . Esta idea me revolvía el estómago: aquel individuo disfrutaba viéndonos correr tras su sombra, gozaba del poder de sembrar miedo en millones de personas. No tardó en enviar otra carta, esta vez a la prensa. El 30 de mayo de 1977, el famoso periodista Jimmy Breslin, del Daily News, recibió en su correo una larga misiva escrita a mano por alguien que afirmaba ser el asesino del calibre .44 . La carta comenzaba de forma escalofriante: “Hola desde las alcantarillas de la ciudad, llenas de vómito, vino rancio, orina y sangre. Saludos desde las cucarachas…” . Su tono era sarcástico y burlón; el autor elogiaba a Breslin por su interés en los crímenes y le advertía que no olvidara a Donna Lauria, su primera víctima . También mencionaba a “Sam, el Terrible” y preguntaba siniestramente: “¿Qué tendrán preparado para el 29 de julio?” – el aniversario del primer asesinato . Al final firmaba como “Son of Sam”, incluyendo una serie de apodos macabros como “El Duque de la Muerte” y “El Malvado Rey Wicker”. Incluso prometía que cuando lo atraparan les compraría zapatos nuevos a todos los detectives por “seguir cavando” en el caso . Era una mezcla de locura y humor retorcido que nos puso los pelos de punta. Breslin, aterrado pero profesional, entregó la carta al NYPD de inmediato . Decidimos publicar gran parte del texto para buscar ayuda del público, aunque censuramos algunas líneas demasiado inquietantes . La reacción fue inmediata: aquella edición del Daily News vendió más de un millón de copias . Todos leían las grotescas palabras del Hijo de Sam, y llegaban miles de pistas a la centralita – ninguna realmente útil, por desgracia . Pero la publicación de la carta sí logró algo: incrementó aún más el pánico. Muchas mujeres pensaron que la frase sobre “las mujeres de Queens son las más bonitas” significaba que el asesino buscaba chicas morenas de ese distrito . Salones de belleza seguían llenos de clientas pidiendo tintes rubios. Nadie se sentía seguro al caer la noche. Recuerdo que una noche de junio, patrullando con mi compañero, me encontré hablando solo en voz alta: “¿Quién eres, maldito?” – le decía al asesino invisible –, “¿Qué demonios quieres?”. La verdad, en el fondo empezábamos a vislumbrar qué quería: atención, fama, jugar con el miedo. Sus cartas lo revelaban. Estábamos lidiando con alguien calculador pero también inestable, sediento de reconocimiento como un monstruo salido del infierno.
La cacería se intensifica
Tras la carta de Breslin, redoblamos esfuerzos. El 26 de junio de 1977 atacó de nuevo. Esa madrugada, Sal Lupo y Judy Placido salían de la discoteca Elephas en Queens; se sentaron en su auto y, mientras comentaban precisamente el caso del Hijo de Sam, sonaron tres disparos . Las balas los hirieron a ambos (Judy recibió un tiro en la cabeza, increíblemente sobrevivió), pero por primera vez no hubo muertes . Por suerte, las heridas fueron leves. Algunos pensamos que quizá el asesino estaba perdiendo el control o los había disparado desde un ángulo desfavorable. De hecho, supimos por testigos que huyó apresuradamente, tal vez asustado por los ladridos de un perro cercano . ¿Sería posible que el temible Son of Sam también sintiera miedo? Aquello nos dio un poco de esperanza: los psicólogos tenían razón, su necesidad de matar y ser famoso podría hacerlo descuidar. Entrado julio de 1977, sabíamos que se acercaba el aniversario de su primer ataque y temíamos que planeara algo grande. Se montaron vigilancias encubiertas por toda la ciudad. La unidad Omega desplegó decenas de agentes de civil en los lugares habituales: zonas de Lover’s Lane, clubes nocturnos, parques oscuros. Era un verano ardiente, recuerdo las noches bochornosas sentado en coches sin aire acondicionado, con los binoculares empañados por el sudor. Nueva York, además, sufría problemas: hubo un apagón masivo en julio que desató saqueos en las calles, y mientras tanto seguíamos sin atrapar al asesino. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Finalmente, el 31 de julio de 1977, Son of Sam golpeó por última vez. Cerca de las 2 de la madrugada, en Bath Beach, Brooklyn, una pareja en su primera cita –Stacy Moskowitz, una rubia de 20 años, y Robert Violante, de 20– estaba en un automóvil estacionado junto a un parque . A pesar de que habíamos advertido que tal vez buscaría brunetas, Stacy era rubia; tal vez el asesino estaba tan ávido de sangre que no le importó. Se acercó sigilosamente hasta quedar a un metro del coche y disparó cuatro veces a través de la ventanilla . Stacy recibió un tiro mortal en la cabeza; Robert perdió un ojo y el otro quedó gravemente dañado . Cuando la noticia llegó por radio, sentí un nudo en el estómago: otra joven muerta, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Sin embargo, esta vez el destino —o quizás la arrogancia del asesino— nos iba a dar la pista que tanto necesitábamos.
Esa misma noche, una vecina del área, una señora llamada Cacilia Davis, había sacado a pasear su perro. Según supimos después, la Sra. Davis vio a un hombre joven merodeando por la calle poco antes del tiroteo, y también vio a un policía de tránsito poner una multa a un coche que estaba mal estacionado junto a una boca de riego . Segundos después de que el agente se marchara, aquel hombre extraño pasó cerca de la señora Davis, mirando su perro de forma inquietante, con un objeto oscuro en la mano . Ella se asustó y se apresuró a entrar en su casa; en ese instante escuchó los disparos detrás de ella . Al principio, por pánico, Davis no informó a nadie de lo que vio. Pero cuatro días más tarde, armándose de valor, llamó a la policía y contó lo del hombre y lo más importante: la multa de tráfico. Cuando oímos eso, todos en la oficina intercambiamos miradas: ¡la multa! Era una idea brillante. Revisamos rápidamente los registros de vehículos multados cerca de la escena la noche del 31 de julio . Entre las matrículas había una que nos saltó a la vista: un Ford Galaxie amarillo de 1970, matrícula de Nueva York. Pertenecía a un tal David Berkowitz, residente en Yonkers. Recuerdo el escalofrío al leer ese nombre. ¿Quién demonios era David Berkowitz? No figuraba en antecedentes de homicidios, pero Yonkers es un municipio justo al norte de NYC, así que contactamos con la policía de Yonkers para pedir información. Esa llamada cambió todo. El detective James Justis de nuestro equipo telefoneó a la central de Yonkers y la operadora resultó ser Wheat Carr. En cuanto Justis mencionó “Berkowitz”, la mujer exclamó: “¡¿Berkowitz?! Déjeme contarle… lo conozco, vive detrás de mi casa”. Yo estaba en la oficina ese día y vi a Justis ponerse pálido. Wheat Carr continuó, diciendo algo así: “Ese tipo… disparó al perro de mi papá hace unos meses. Mi padre se llama Sam – Sam Carr – y Berkowitz le había escrito cartas amenazantes”. Cuando escuché el nombre Sam Carr, casi se me detuvo el corazón. Sam. Hijo de Sam. Todo encajaba macabramente: Berkowitz odiaba al perro del vecino (un labrador negro llamado Harvey) y afirmaba que estaba poseído por un demonio que le exigía matar . La familia Carr incluso nos contó que habían recibido extrañas notas anónimas antes de que su perro fuera herido de un disparo. Aquello era una evidencia fortísima. No podía ser casualidad que el asesino se autoproclamara “Hijo de Sam” y su vecino se llamara Sam. Habíamos encontrado a nuestro hombre.
La noche roja
Con esta información, el juez emitió rápidamente una orden de registro. El 10 de agosto de 1977, partimos hacia Yonkers en varios coches sin sirena. Yo iba en uno de ellos, con el corazón latiendo a mil por hora. La dirección de Berkowitz era Pine Street 35, un edificio de apartamentos modesto. Llegamos allí al anochecer. En la calle, estacionado junto a la acera, localizamos el Ford Galaxie amarillo de matrícula sospechosa. A simple vista, en el asiento trasero, se veía la culata de un rifle sobresaliendo de una bolsa. Iba armado. Decidimos actuar con sumo cuidado: podría ser muy peligroso enfrentarlo dentro de su apartamento, en un edificio lleno de civiles . Así que montamos una vigilancia discreta, esperando que Berkowitz bajara a su auto. Mientras tanto, un par de compañeros mantuvieron el coche de Berkowitz bajo observación. Uno de ellos se asomó a la ventanilla del Galaxie con una linterna y vio algo aún más incriminante: dentro de una bolsa de deporte había municiones, mapas de las escenas de los crímenes y una carta dirigida al inspector Dowd, jefe de la Operación Omega . Era como un kit de “asesino en serie”: ni siquiera necesitábamos más pruebas para estar seguros. Berkowitz era el Hijo de Sam. Pasadas las 10 de la noche, finalmente vimos movimiento. Desde mi coche observé a un hombre robusto, de veintitantos años, salir por la puerta del edificio. Tenía una sonrisa extraña en el rostro, como de satisfacción. Era él. Lo reconocí por las pocas descripciones que teníamos: cabello oscuro, algo rizado, corpulento. Caminó tranquilamente hacia el Ford Galaxie, con unas llaves en la mano. Nos preparamos para interceptarlo. El detective John Falotico y yo nos acercamos sigilosamente por lados opuestos del vehículo. Justo cuando Berkowitz se acomodaba en el asiento del conductor, Falotico se abalanzó y apuntó su arma al lado de la cabeza de Berkowitz. Yo hice lo mismo desde el lado del pasajero, abriendo la puerta y encañonándolo. “¡No te muevas!” – le gritamos. En ese instante crítico, reinó un silencio surreal. Berkowitz no opuso resistencia; de hecho, giró lentamente la cabeza hacia John Falotico y, con una voz extrañamente suave, pronunció las primeras palabras: “Bueno, ya me atraparon”. Llevaba una bolsa de papel en el regazo con un revólver Bulldog calibre .44 cargado – el arma homicida – así que se la quitamos de inmediato . Mientras lo esposábamos, Falotico, conteniendo la adrenalina, le espetó: “Ahora que te tengo… ¿quién demonios eres?”. El hombre soltó una risita y respondió: “¿No lo sabes? Soy Sam”. Falotico frunció el ceño: “¿Sam? ¿Sam quién?”. “Sam… David Berkowitz”, contestó él tranquilamente . Son of Sam en persona, sonriendo como si todo esto fuera un juego macabro. Lo sacamos del coche y lo palpamos en busca de otras armas. Sorprendentemente, Berkowitz se veía aliviado. Algunos agentes decían luego que incluso parecía satisfecho de haber sido capturado, como si finalmente obtuviera la atención final que deseaba. Esa sonrisa me perseguiría en sueños. Mientras lo leíamos sus derechos, varios vecinos curiosos asomaban la cabeza por las ventanas, ajenos a que estaban presenciando el fin de la cacería más grande en la historia de la ciudad. “¡Lo tenemos! ¡Es el Hijo de Sam!” – anuncié por la radio, y un clamor de júbilo y alivio resonó en la frecuencia policial. Registramos su apartamento aquella misma noche. Lo que hallamos allí dentro parecía sacado de una pesadilla. Las paredes estaban garabateadas con grafiti extraño, mensajes sobre Satanás y símbolos indescifrables . Había pilas de cuadernos y diarios; luego descubriríamos que Berkowitz había anotado meticulosamente miles de incendios provocados que él mismo cometió por la ciudad años antes – se hacía llamar “El Fantasma del Bronx” por la serie de fuegos que inició . Su vivienda era un caos: basura, agujeros en las paredes, ventanas tapadas… el escondite de una mente perturbada. A pesar de la suciedad, colgada en un perchero encontramos cuidadosamente la escopeta recortada con la que había disparado al perro del vecino Sam Carr. Esa imagen –un arma para matar perros inocentes– me revolvió el estómago. Esa madrugada, mientras lo trasladábamos esposado al cuartel en Coney Island, el alcalde Abe Beame vino en persona a verle el rostro al monstruo. Recuerdo a Berkowitz escoltado por dos agentes, mirando con curiosidad a todos lados como si estuviera de paseo. El alcalde salió tras verlo brevemente y declaró a la prensa: “Pueden dormir tranquilos; hemos capturado al hombre que creemos es el Hijo de Sam” . La ciudad entera exhaló un suspiro de alivio colectivo.
Cara a cara con el monstruo
Interrogar a David Berkowitz fue uno de los momentos más surrealistas de mi carrera. Ocurrió en las primeras horas del 11 de agosto de 1977, apenas horas después de su arresto. Me habían dejado observar tras el vidrio de la sala mientras el inspector John Keenan y otros detectives lo entrevistaban . Contra todo pronóstico, Berkowitz confesó con pasmosa rapidez. En menos de treinta minutos admitió ser el autor de los atentados con la .44 . Hablaba con tranquilidad, como si relatara hechos de otra persona. Cuando le preguntaron por qué lo hizo, bajó la mirada y dijo: “El perro… el perro demonio no me dejaba en paz”. Explicó, casi disculpándose, que su vecino Sam Carr tenía un perro Labrador negro que estaba poseído por un antiguo demonio, y que esa entidad le exigía la sangre de chicas jóvenes . Según Berkowitz, “Sam” no era él, sino Sam Carr, el dueño del perro, y que “Padre Sam” (como lo llamaba en sus cartas) era ese demonio hablando a través del animal . La historia era delirante: afirmaba que los ladridos del perro eran comandos para matar. “Me ordenó salir a matar y yo obedecí”, decía con voz monótona. Al escuchar semejante explicación, sentí una mezcla de rabia y repulsión. ¿Era posible que estuviera loco de verdad, o nos estaba tomando el pelo? Un colega murmuró: “Está zafado, pobre diablo”. Pero otros no lo teníamos tan claro. Berkowitz parecía disfrutar contando la fábula demoníaca, como si le diese un aire mítico a sus crímenes. Los psiquiatras lo evaluaron exhaustivamente en las semanas siguientes y determinaron que, a pesar de sus afirmaciones de voces demoníacas, David Berkowitz estaba cuerdo y era competente para afrontar un juicio . De hecho, con el tiempo el propio Berkowitz admitiría que lo del perro poseído fue un engaño, una cortina de humo . Yo estuve presente en varias diligencias posteriores. Berkowitz se declaró culpable de todos los cargos de asesinato e intento de asesinato en mayo de 1978. En la corte, su mirada era vacía; cuando los familiares de las víctimas le gritaban su dolor, él apenas reaccionaba. Fue sentenciado a seis cadenas perpetuas – una por cada vida que arrebató – lo que equivalía a un mínimo de 25 años por cada asesinato . En la práctica, nunca saldría de prisión. Recuerdo el aplauso que estalló en la sala el día de la sentencia, en junio de 1978: justicia por fin. Berkowitz fue enviado a la prisión estatal de Attica, de máxima seguridad . Con los años, se supo más sobre él. Su nombre real al nacer era Richard David Falco, hijo no deseado de una madre con problemas; adoptado de niño por la familia Berkowitz, creció con sentimientos de abandono y rechazo . Había servido brevemente en el Ejército, y antes de su ola homicida ya mostraba conductas antisociales: provocaba incendios por toda la ciudad y enviaba cartas anónimas amenazantes a vecinos . En la cárcel, por lo que supe, encontró una forma retorcida de paz haciéndose religioso (irónicamente se hace llamar “Hijo de la Esperanza” ahora, como si pudiera borrar el pasado). Pero las cicatrices que dejó en Nueva York jamás se borrarán. Aún me pregunto qué partes de su relato fueron verdad. ¿Realmente creía en un demonio o solo buscaba aparentar locura? En una carta posterior desde prisión insinuó que “había otros Hijos ahí fuera”, posiblemente otros cómplices o imitadores, pero luego lo negó . Hubo teorías de cultos satánicos, de cómplices jamás identificados… nada de eso se comprobó fehacientemente. En mi opinión, David Berkowitz actuó solo. Era un solitario resentido, con una mente partida entre la realidad y sus fantasías. Quizá la figura imaginaria de “Sam” era la personificación de sus propios demonios internos: su odio hacia la sociedad, hacia las mujeres jóvenes que representaban lo que él nunca tuvo, hacia la felicidad ajena. Buscaba venganza contra un mundo que sentía que lo había maltratado, según declaró a sus psicólogos , y lo hizo de la manera más cruel: quitándoles sus seres queridos a familias inocentes.
Después del horror
Con el caso cerrado, Nueva York pudo respirar de nuevo. Pero las lecciones del caso “Hijo de Sam” perduran. Se implementaron leyes, por ejemplo, para impedir que criminales como Berkowitz lucraran vendiendo sus historias a libros o películas; estas disposiciones se conocieron popularmente como las leyes “Son of Sam” . El temor que este asesino infundió llevó a mejoras en coordinación policial: nuestra Operación Omega se convirtió en modelo de fuerzas de tarea para casos de alto perfil. Nunca olvidaremos aquellas noches de terror ni a las víctimas que perdieron la vida. Fueron seis personas asesinadas y siete más heridas en poco más de un año de locura . Detrás de cada nombre hay una historia truncada: Donna, Christine, Valentina, Virginia, Alexander, Stacy… Nunca pude borrar de mi mente sus rostros congelados en las fotos de la evidencia. Hoy, después de casi cinco décadas, David Berkowitz sigue cumpliendo su sentencia. Ha pasado la mayor parte de su vida tras las rejas, donde, según informes, hasta ha expresado remordimiento y se autodenomina un cristiano renacido . Remordimiento… —¿quién podría creerle?—. Sus repetidas solicitudes de libertad condicional han sido denegadas una y otra vez; la última vez, en 2024, fue rechazado por duodécima ocasión . Berkowitz tiene ya más de 70 años, y morirá encerrado, como corresponde. Nunca más caminará libre por las calles de esta ciudad a la que aterrorizó. Para mí, como detective que vivió el caso, el “Hijo de Sam” no es solo un titular de periódico, sino una colección de recuerdos imborrables: las sirenas ululando en la madrugada calurosa, las lágrimas de un padre al identificar el cadáver de su hija, los agujeros de bala en las ventanillas de un coche manchado de sangre, y la risa siniestra de un hombre que se creía invencible hasta el momento en que lo esposamos. A veces me preguntan por qué cuento esta historia con tanto detalle. Lo hago porque es importante recordar hasta dónde puede llegar la oscuridad en el corazón de un ser humano y cómo, incluso en medio del horror, hubo valentía y perseverancia para vencerla. Cierro mis memorias con un pensamiento que me acompaña en mis sueños desde aquella época: en las alcantarillas de la gran ciudad, entre vómito, vino rancio, orina y sangre – como decía la carta –, siempre habrá cucarachas alimentándose del miedo . Nuestro trabajo como policías fue encender una luz en esa oscuridad y cazar a la cucaracha más grande. Atrapar al Hijo de Sam fue mi deber y mi maldición. Aunque los años pasen, cuando cae la noche en Nueva York, todavía puedo oír los ecos lejanos de aquellos disparos “bang, bang, bang”… y recuerdo que, al enfrentarnos a ese monstruo, también enfrentamos los demonios que habitan en las sombras de la condición humana. Que esas sombras nunca nos impidan ver la luz de la justicia.