Analysis of the Slenderman case, in which two 12-year-old girls planned and attempted to murder a friend, using the figure of Slenderman as justification and the central motive for their violent act
El caso Slenderman
Waukesha (Wisconsin), 31 de mayo de 2014. Aún recuerdo aquella mañana con un nudo en el estómago. Yo llevaba más de una década en el cuerpo de policía, pero jamás había atendido una escena tan desconcertante. Nos avisaron por radio que una niña de 12 años había sido encontrada malherida en un bosque a las afueras de la ciudad. Al llegar al parque David’s Park, entre la niebla matinal y los árboles altos, vimos a la pequeña tendida en el suelo cubierto de hojas, empapada en sangre pero milagrosamente viva. Tenía 19 puñaladas repartidas por brazos, piernas y torso; algunas tan profundas que rozaron arterias vitales. A su lado estaba un ciclista angustiado, quien por suerte había pasado por allí y llamado al 911 inmediatamente. Me arrodillé junto a la víctima, que apenas podía hablar del dolor, y le susurré que se mantuviera despierta. Con un hilo de voz logró decirnos lo impensable: las agresoras habían sido sus dos mejores amigas, compañeras de sexto grado. Tratando de contener mi incredulidad, pregunté sus nombres. “Morgan y Anissa…”, susurró. Su mano temblorosa se aferró a la mía mientras llegaban los paramédicos. ¿Cómo dos niñas podían haber hecho algo así? No tuve tiempo de responderme; esa sería la pregunta que nos perseguiría a todos durante años.
La búsqueda de las niñas agresoras
Mientras la ambulancia partía a toda prisa llevándose a Payton (así se llamaba la víctima) al hospital, mis compañeros y yo iniciamos un operativo para localizar a Morgan Geyser y Anissa Weier, las dos menores señaladas. La descripción era clara: dos niñas de 12 años, aún con la ropa de una fiesta de pijamas. En cuestión de minutos, varias patrullas se desplegaron por los alrededores del parque y la zona boscosa. ¿Habrían huido? ¿Estarían escondidas entre la arboleda? No tardamos en tener noticias. A menos de 8 kilómetros del lugar del ataque, una patrulla encontró a dos chiquillas caminando por el arcén de la carretera interestatal, cerca de una mueblería. Iban manchadas de barro, con la ropa salpicada de algo que parecía sangre seca. No opusieron resistencia cuando los agentes las detuvieron; de hecho, mostraban una calma pasmosa, como dos niñas andando de paseo. En una mochilita rosa que llevaban se halló un cuchillo de cocina de 13 centímetros de hoja. Era fácil deducir que esa había sido el arma empleada. Yo mismo estuve presente cuando las introdujeron en la comisaría para interrogarlas por separado. Nunca olvidaré la imagen: Morgan Geyser, con su carita infantil salpicada de la sangre de su amiga, lucía extrañamente serena. Ni siquiera preguntó por qué estaba detenida. En la sala contigua, mi colega entrevistaba a Anissa Weier, que se veía más agitada, con los ojos hinchados de haber llorado. Dos niñas de primaria, esposadas y detenidas por intento de asesinato; la situación era surreal. Pero lo que estaba a punto de escuchar superaría cualquier idea preconcebida que tuviese.
Los interrogatorios: una frialdad escalofriante
Me senté frente a Morgan en la pequeña sala de interrogatorios. Traté de hablarle con suavidad, consciente de que tenía ante mí a una menor. Ella evitaba mirarme a los ojos; parecía ausente, abstraída en algún mundo interior. Empecé con las preguntas básicas: nombre, edad… Morgan respondía en voz baja, sin atisbo de emoción. Llevaba puesto aún el sudadero gris manchado de sangre de Payton. —¿Qué tratabas de hacer cuando la apuñalaste? —le pregunté finalmente, directo pero con tono sereno. Era la pregunta clave. Morgan alzó la vista un segundo, con esos ojos azules inexpresivos, y respondió con naturalidad escalofriante: —Matarla. Estábamos intentando matarla. Dijo “matarla” sin titubear, como quien admite haber copiado en un examen. Me quedé helado. Respiré hondo y continué: —¿Por qué queríais matarla? Es tu amiga… ¿no te arrepientes? Morgan inclinó ligeramente la cabeza, como pensando la respuesta. —Para satisfacer a Slenderman —contestó casi con indiferencia, como si fuera la explicación más lógica del mundo. Al ver mi ceño fruncido de confusión, añadió: —Lo he pensado… pero decidí que el arrepentimiento no me lleva a ningún lugar. Es más fácil vivir sin culpa. Aquellas palabras me dejaron sin habla unos instantes. Slenderman. ¿Quién o qué demonios era Slenderman? Jamás había oído tal nombre. Pensé si se trataría de alguien real: ¿un hombre que las había manipulado quizá? ¿Algún delincuente en línea, un pseudónimo de internet? Mi instinto de policía me decía que escarbara más ahí, pero la propia Morgan seguía hablando, como quien cuenta una travesura. Le pregunté qué pensaba que ocurriría después del ataque. Morgan se encogió de hombros: “No sabía realmente… Pensé que estaría en problemas. Mami siempre dice que todo lo que haces eventualmente te alcanza… y lo mío me alcanzó”, dijo, citando casi con ironía un consejo de su madre. Mientras yo intentaba mantener la calma con Morgan, en la sala de al lado el detective que interrogaba a Anissa obtenía piezas clave del rompecabezas. Anissa Weier, sollozando pero cooperativa, reveló el macabro plan: “Morgan dijo que teníamos que matar a Bella para apaciguar a Slenderman”, confesó. (Bella era el apodo cariñoso con el que ambas llamaban a Payton Leutner). Según Anissa, las dos creían que si no cumplían las órdenes de ese tal Slenderman, la criatura iría tras sus familias y las lastimaría. Con voz temblorosa, Anissa trató de explicar lo inexplicable: estaban convencidas de que Slenderman era real y peligroso, y que matar a su amiga era la única forma de proteger a sus seres queridos de él. Mientras la escuchaba luego relatar esto, me costaba procesarlo: dos niñas supuestamente inocentes creyendo fervientemente en un monstruo de Internet al punto de intentar un sacrificio humano. Era como un cuento de terror vuelto realidad.
El personaje ficticio que inspiró el crimen
Representación artística de Slender Man, la figura ficticia de internet que obsesionó a las niñas. Cuando por fin salí de la sala de interrogatorios, con el nombre Slenderman retumbando en mi cabeza, me apresuré a averiguar a qué se referían. Reuní a mis compañeros: ninguno estaba familiarizado con ese nombre. Uno sugirió que tal vez era un nombre de usuario de algún chat, otro aventuró si podría ser un personaje de videojuego. Al anochecer de ese mismo día, luego de asegurarme de que Payton se recuperaba en el hospital, abrí mi ordenador en la oficina. Busqué “Slenderman” en Internet. Lo que encontré me dejó atónito. Aparecieron imágenes perturbadoras: un ser anormalmente alto y delgado, sin rostro, vestido con un traje negro, a veces con tentáculos saliendo de su espalda, siempre acechando en bosques o tras niños incautos. Leí que era un personaje ficticio, creado en 2009 como parte de un concurso de historias de terror en la web Something Awful. Con el tiempo, esas historias de terror –las llaman creepypastas– se habían propagado por foros y sitios web, generando todo un mito colaborativo. Slender Man se había vuelto una leyenda moderna de horror en Internet: el Coco de la era digital. Según las historias, este ente podía causar paranoia, aparecer entre los árboles para secuestrar niños, o inducir a la locura a quienes se obsesionaran con él. Entendí entonces la dimensión del problema. Morgan y Anissa, dos niñas nacidas en 2002, habían crecido justo en los años en que la leyenda de Slenderman se volvía viral en la red. Sin la supervisión o comprensión de un adulto, aquellas fantasías se les habían mezclado con la realidad. Estaban obsesionadas con Slenderman. Creían que era real, que vivía oculto en algún bosque de nuestro estado de Wisconsin y que las vigilaba. Lo admiraban y al mismo tiempo le temían con la credulidad ciega que solo un niño puede tener hacia lo sobrenatural. En sus mentes infantiles, Slenderman exigía un sacrificio. Y ellas, obedientes a ese mundo de ficción, decidieron cumplir su voluntad para ganarse su favor y evitar su ira. Recuerdo el escalofrío que sentí al comprender esto: un personaje nacido en fotos trucadas y relatos de internet había trascendido la pantalla y casi cobrado una vida real. Como policía, uno lidia con criminales de carne y hueso; pero aquí el “instigador” del crimen era un ser imaginario. Era difícil de asimilar. Sin embargo, los hechos hablaban por sí solos. Tocaba armar cuidadosamente el rompecabezas de cómo llegamos a ese punto.
Planificación de un asesinato: la pijamada mortal
Pieza a pieza, mediante las confesiones separadas de Morgan y Anissa, fuimos reconstruyendo la historia previa al ataque. Lo que descubrimos nos dejó perplejos por la premeditación fría de dos mentes tan jóvenes. Llevaban meses planeando matar a Payton. Desde hacía algún tiempo, ambas amigas –Morgan y Anissa– comentaban entre sí historias de Slenderman, se pasaban enlaces de relatos de terror y alimentaban mutuamente su miedo y veneración hacia esa figura. Payton, en cambio, no mostraba interés por ese tema; ella era amiga de Morgan desde los 9 años y la quería como era, un poco retraída y fantasiosa, pero jamás se involucró en la obsesión por “el hombre delgado”. Morgan y Anissa habían decidido que Payton sería la víctima propiciatoria “ofrecida” a Slenderman. Habían establecido incluso un código secreto: se referían al cuchillo con la palabra clave “galleta”. Así podían hablar del plan frente a terceros sin levantar sospechas (“¿Metiste la galleta en la mochila?”, “La galleta está lista”, etc., suena inofensivo si no conoces el contexto). También fijaron la fecha exacta del ataque: el 31 de mayo de 2014, justo después del cumpleaños número 12 de Morgan. ¿Cómo lograrían que Payton, su mejor amiga, bajara la guardia? Con algo tan inocente como una fiesta de pijamas. La noche del 30 de mayo de 2014, Payton fue invitada a dormir en casa de Morgan para celebrar juntas el cumpleaños recién pasado. Nada parecía fuera de lo normal. Angie, la madre de Morgan, declaró más tarde que aquella noche escuchó a las chicas reír, corretear escaleras arriba y abajo, ver películas… lo típico de una pijamada infantil. “Nunca sospeché nada. Las chicas subían y bajaban las escaleras riendo; era una noche normal”, relató. Pero nada era normal puertas adentro de la habitación de Morgan: bajo las risas y juegos se escondía una macabra determinación. Según confesarían luego, el plan original era asesinar a Payton durante la madrugada, mientras dormía. Morgan había programado la alarma de su reloj para despertarse a las 2 de la mañana. La idea era que ambas agresoras despertarían sigilosamente, amordazarían a Payton con cinta adhesiva para que no gritara, y luego Morgan le clavaría el cuchillo en el cuello. Fríamente hablaban de “hacerlo rápido” mientras su víctima dormía plácidamente, ajena al peligro. Sin embargo, llegado el momento, algo falló: las niñas también estaban exhaustas por la emoción del día. Cuando la alarma sonó en la quietud de la madrugada, simplemente no tuvieron energías (o valor) para llevar a cabo el plan. Morgan apagó el despertador. “Me sentía muy cansada”, diría después, restándole importancia al hecho de que posponer el crimen le había salvado la vida a Payton unas horas más. Decidieron aplazar el asesinato para la mañana siguiente. Y así llegó el amanecer del 31 de mayo. Los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana cuando las tres chicas se despertaron. Morgan y Anissa, lejos de desistir, solo refinaron su plan. Actuaron como si nada extraño pasara: incluso se disfrazaron de princesas con ropa vieja para seguir jugando. Un rato después, Morgan le pidió a su madre permiso para ir con sus amigas a jugar al parque cercano. David’s Park era una zona boscosa amplia, perfecta para sus propósitos. La madre no vio inconveniente; después de todo, eran tres niñas juntas en un sábado por la mañana. Antes de salir, sin embargo, Morgan escondió un cuchillo de cocina (la “galleta”) bajo su chaqueta. Angie Geyser no se dio cuenta de ese detalle. Las dejó ir, ajena al terrible plan que se ponía en marcha bajo su techo.
Diecinueve puñaladas en el bosque
Una vez en David’s Park, lejos de miradas adultas, las niñas comenzaron a jugar entre los árboles. Al principio todo parecía un simple juego infantil: propusieron jugar al escondite. Según relataron después, inicialmente Morgan y Anissa consideraron atacar a Payton en los baños públicos del parque (pensaron que allí la sangre podría escurrir por el drenaje del suelo y habría menos posibilidades de que alguien viera algo). Pero a último momento cambiaron de idea; quizá la presencia de otras personas las contuvo. Así que se internaron más en la arboleda, donde la sombra era más densa y reinaba la soledad. Empezaron la partida de escondite. Morgan se la “ligaba”, es decir, le tocaba contar mientras las otras dos se escondían. Payton confiaba plenamente en sus amigas y obedeció cada indicación sin dudar. Anissa, fingiendo entusiasmo por el juego, logró convencer a Payton de que se tumbara sobre el suelo entre unos matorrales para esconderse mejor. “Ponte aquí debajo y cúbrete con hojas, así no te verá”, le dijo, incluso ayudándola a echar ramitas y follaje por encima. Payton se acostó boca arriba en la tierra, ingenuamente creyendo que era parte de la diversión. En realidad, estaba tendiéndose en su propia tumba improvisada. Morgan terminó de contar y anunció su búsqueda. Sigilosamente, apareció corriendo entre los árboles mientras Payton seguía oculta bajo las hojas. En ese instante, Anissa se abalanzó sobre Payton y se sentó sobre su abdomen, inmovilizándola contra el suelo. Payton debió quedarse helada sin entender. Antes de que pudiera reaccionar, Anissa gritó la orden convenida a Morgan, la señal para atacar: “¡Ahora, enloquecete!”. Al oír eso, Morgan sacó el cuchillo de la chaqueta y, sin titubeo alguno, apuñaló a Payton una y otra vez. Una, dos, tres veces… así hasta 19 estocadas feroces. Brazos, piernas, torso: la hoja penetró repetidas veces la carne de la víctima indefensa. Payton gritó, pataleó, intentó zafarse, pero tenía a Anissa sentada encima sujetándola, mientras su mejor amiga la estaba acuchillando frenéticamente. Debió ser un infierno de segundos interminables en aquel rincón aislado del bosque. (Al describirlo después, una de las agresoras diría que Payton gritaba y gritaba pidiendo ayuda mientras era acuchillada). Hubo dos puñaladas especialmente graves: una le atravesó el diafragma perforándole el estómago y el hígado; otra se quedó a milímetros de cortar una arteria cerca del corazón. Si esa cuchillada hubiese ido un pelo más profunda o un par de centímetros más a la izquierda, Payton habría muerto en el acto allí mismo. Pero increíblemente, ninguna herida alcanzó puntos fatales de inmediato. Cuando Morgan se detuvo, jadeante, Payton seguía viva, aunque al borde del desmayo por la pérdida de sangre. Las niñas agresoras tomaron entonces una decisión atroz: dejarla allí tirada, a que se desangrara lentamente. En un último acto de crueldad infantil, le mintieron: le dijeron que iban a ir a buscar ayuda. Payton, herida de muerte, las escuchó alejarse pisando la hojarasca. Imaginemos por un momento su situación: 12 años, sola en el suelo frío del bosque, con el cuerpo acribillado de puñaladas propinadas por quienes creía sus amigas, y viendo cómo la abandonan a su suerte. Es un milagro que no sucumbiera en ese instante a la desesperación. Morgan y Anissa, por su parte, se internaron más en el bosque con la mochila y el cuchillo ensangrentado guardado. ¿Su destino? Según nos contaron luego, iban en busca de la supuesta mansión de Slenderman, que creían situada en algún lugar del inmenso bosque nacional Nicolet, al norte de Wisconsin. Tenían la fantasía de que Slenderman las estaría esperando con los brazos abiertos, satisfecho por haberle ofrecido el sacrificio que “pedía”. Pensaban –y así lo dijeron sin atisbo de duda– que se convertirían en sus sirvientas o “apoderadas” (proxies), que vivirían con él y así ya no tendrían que volver a sus casas donde, en su mente distorsionada, sus familias corrían peligro. Aquella caminata infantil hacia un bosque profundo, con la ingenua idea de encontrarse con un ser imaginario, es uno de los detalles más tristes y perturbadores del caso. Eran dos crías huyendo de la realidad, perdidas en la fantasía del monstruo protector que jamás existió.
El rescate milagroso de Payton
Entretanto, contra todo pronóstico, Payton no murió en aquel claro del bosque. La niña reunió fuerzas imposibles: pese al dolor lacerante y la debilidad extrema, logró arrastrarse como pudo fuera de la arboleda. Rodó y gateó, centímetro a centímetro, siguiendo un ruidito lejano de tráfico hasta que llegó a un camino cercano dentro del parque. Su ropa estaba empapada de sangre; dejaba un rastro rojo sobre las hojas. Apenas emergió a la vereda, el destino quiso que un ciclista que pasaba temprano por allí la viera. “¡Ayuda!”, alcanzó a decir Payton antes de desplomarse. El hombre, horrorizado al ver a aquella niña cubierta de sangre y con heridas punzantes en el pecho, llamó de inmediato al 911 y trató de consolarla. En la grabación de emergencia quedó registrada su voz temblorosa diciéndole: “Resiste, por favor. Ya viene la ayuda, aguanta, pequeñita”. Es estremecedor pensar que, de haber tardado unos minutos más en encontrarla, Payton seguramente no lo habría contado. Los equipos de emergencia llegaron rápido. Payton estaba al borde del shock hipovolémico pero aún consciente. Antes de que los paramédicos la subieran a la ambulancia, alcanzó a susurrarle a un agente lo esencial: “Morgan y Anissa me hicieron esto”. Identificó a sus agresoras con nombre y apellido. Eso nos permitió a la policía actuar con celeridad, emitiendo la búsqueda que, como relaté antes, dio fruto en menos de una hora. Mientras Payton era trasladada al quirófano –donde un equipo de cirujanos se batió durante siete horas para repararle órganos perforados y detener las hemorragias–, nosotros ya teníamos bajo custodia a las dos perpetradoras caminantes. Una vez en la comisaría, al retirarles sus pertenencias, encontramos en la mochila de Morgan no solo el cuchillo, sino fotografías impresas y garabatos que había llevado consigo: dibujos de Slenderman, recortes de historias de terror. Parecía que aquellas niñas huían de la escena del crimen rumbo a una alucinación, literalmente. Durante los interrogatorios, Morgan se mantuvo inquietantemente indiferente casi todo el tiempo. Contó con frialdad cómo habían engañado a su amiga para llevarla al bosque y acuchillarla. Recuerdo que en un momento, con la voz plana, me dijo algo que me heló la sangre: “Las personas que confían en ti se vuelven muy crédulas”. Básicamente admitía que Payton cayó en la trampa porque confiaba en ellas ciegamente. Morgan describió los hechos sin inmutarse, detallando incluso que tuvo cuidado de no mirar a los ojos a su víctima mientras la apuñalaba. “No hay que mirar a la víctima a los ojos, y es mejor hacerlo cuando está inconsciente o dormida”, afirmó con una serenidad pasmosa, como si recitara la lección más importante que había aprendido. Me costaba trabajo concebir tanto desapego en una niña. Solo una vez vi resquebrajarse su compostura: cuando, por enésima vez, le pedí que me explicara cómo exactamente había atacado a Payton, Morgan de pronto perdió los nervios. Se tapó los oídos y gritó fuera de sí: “¡¡Apuñalé, apuñalé, apuñalé!!”. Repetía esa palabra casi aullando, hasta que rompió a llorar. Aquel estallido duró unos segundos; después volvió a su mutismo inexpresivo. Pero en ese instante vislumbré a la niña asustada que seguramente coexistía con la parte de ella que había hecho algo tan atroz. Anissa, por su lado, durante su interrogatorio estuvo más emocional. Lloró, pidió varias veces disculpas y dijo sentirse culpable, aunque insistía en que “tenía” que hacerlo, que era necesario para que Slenderman no las castigara. Parecía genuinamente conflictuada: por un lado, horrorizada de lo que habían hecho; por otro, todavía convencida de la fantasía que la motivó. Cuando le informamos que Payton había sobrevivido, Anissa rompió en llanto de alivio; Morgan, en cambio, apenas parpadeó, como si la noticia no tuviera importancia para ella.
El largo proceso judicial y la pregunta de la locura
El caso pronto acaparó titulares nacionales e internacionales. Dos niñas de 12 años acusadas de intento de asesinato en primer grado: la historia era tan inusual que el país entero fijó su mirada en Waukesha. La presión sobre la fiscalía y las autoridades judiciales fue enorme. A los pocos días, Morgan Geyser y Anissa Weier fueron imputadas formalmente. Dada la gravedad del delito y pese a su corta edad, la fiscalía decidió elevar el caso a tribunales de adultos (en Wisconsin los crímenes como el homicidio intencional, aunque sea en grado de tentativa, obligan por ley a iniciar el proceso en instancia adulta si el acusado tiene 10 años o más). Ver a dos niñitas entrar a la corte esposadas y vestidas con uniforme de reclusas fue un espectáculo sobrecogedor. Como policía, he escoltado a muchos acusados a la sala, pero escoltar a unas preadolescentes me revolvió el estómago. Muy pronto quedó claro que la defensa se centraría en el estado mental de las acusadas. ¿Estaban estas niñas en su sano juicio cuando cometieron el acto? ¿Entendían que lo que hacían estaba mal? Eran cuestiones fundamentales. La propia narrativa del caso –“lo hicimos por un personaje ficticio”– sugería alguna alteración psicológica profunda. Los abogados de Anissa optaron por llegar a un acuerdo de culpabilidad: ella se declararía culpable de tentativa de homicidio en segundo grado (un cargo menor al de primer grado inicialmente imputado) a cambio de que se reconociera oficialmente su trastorno mental transitorio durante el suceso. En septiembre de 2017, un jurado evaluó su caso y efectivamente declaró a Anissa “no culpable por enfermedad mental”. Fue una manera legal de decir: sí, participó en el crimen, pero su mente estaba tan perturbada por una ilusión compartida que no podemos considerarla plenamente responsable en términos penales. Morgan Geyser, por su parte, tuvo un camino similar. Su defensa alegó desde el principio que Morgan padecía esquizofrenia de inicio muy precoz y un trastorno psicótico severo que le provocaba delirios. (De hecho, el padre de Morgan tenía antecedentes de esquizofrenia; la genética quizás jugó un papel). La estrategia de Morgan fue aceptar un acuerdo en el que se evitaba un juicio con jurado: ella se declararía culpable, pero se la evaluaría psiquiátricamente para determinar el tratamiento en lugar de la prisión. En octubre de 2017, Morgan formalizó su admisión de los hechos. Acto seguido, el juez la declaró no culpable por razón de demencia o trastorno mental en el momento del crimen. Diversos peritajes confirmaron que Morgan, de 12 años, ya mostraba síntomas de psicosis: vivía alucinaciones auditivas y visuales, tenía amigas imaginarias (luego nos enteramos de detalles asombrosos, como que Morgan decía hablar con unicornios o hasta con Lord Voldemort –el villano de Harry Potter– en su cabeza). Para ella, Slenderman no era el único ser fantástico real; su mente infantil lidiaba con múltiples “presencias” que solo ella percibía. Con estos diagnósticos, las condenas tomaron un cariz diferente al de un caso criminal común. En lugar de prisión juvenil o adulta, ambas fueron sentenciadas a internamiento en instituciones de salud mental de alta seguridad por tiempo indeterminado. Para Anissa Weier, la juez fijó un máximo de 25 años de confinamiento en un hospital psiquiátrico, con un mínimo de 3 años encarcelada antes de poder siquiera solicitar libertad supervisada. Para Morgan Geyser, considerada la autora material principal, la pena fue más severa: 40 años de internamiento máximo en un centro mental, igualmente con al menos 3 años de reclusión iniciales obligatorios. En ambos casos, las jóvenes permanecerían bajo supervisión de la justicia hasta los 37 años en el caso de Anissa, y hasta los 53 en el caso de Morgan, que es aproximadamente cuando vencerían esas penas máximas. Esto incluía controles periódicos, reevaluaciones psiquiátricas y la posibilidad de extender tratamientos según evolución. Recuerdo estar presente en la audiencia donde se dictaron esas sentencias en 2018. El juez describió el ataque como “un crimen brutal y terrible”, difícil de equiparar con ningún precedente dado la edad de las implicadas. Al mismo tiempo, dejó claro que se trataba de un caso de enfermedad mental severa. En el estrado, Morgan y Anissa –ya con 14 o 15 años– se mostraban cabizbajas. En sus declaraciones finales, ambas pidieron perdón entre lágrimas a Payton (quien no estaba presente, pero cuya familia sí). No había odio ni ira en la sala, solo una profunda tristeza compartida. Con los años, hubo novedades. Anissa Weier, tras pasar casi 4 años interna y cumplir 19 años de edad, solicitó a la corte su libertad condicional. En 2021, un juez de Waukesha determinó que Anissa podía salir del Instituto Mental en régimen de libertad vigilada, dado que sus médicos informaban de una notable mejoría y consideraban que ya no representaba un peligro para sí misma ni para los demás. Eso sí, su salida vino acompañada de fuertes restricciones: a Anissa se le colocó un localizador GPS en el tobillo las 24 horas, se le prohibió usar internet sin supervisión (especialmente nada de foros de terror), no puede mudarse del condado sin permiso, debe vivir con su padre bajo estricta supervisión y tomar medicación antipsicótica regularmente. Básicamente, sigue bajo custodia de la sociedad aunque duerma en casa y no en una celda. Recuerdo leer la carta que Anissa escribió al juez ese año: decía estar “profundamente arrepentida por el dolor y el miedo que causé, no solo a Payton sino a mi comunidad”. Afirmaba: “odio mis acciones de aquel día, pero gracias a años de terapia ya no me odio a mí misma por ellas”. Esas palabras me impactaron; mostraban a una joven consciente y atormentada a la vez. En cuanto a Morgan Geyser, ha permanecido más tiempo en tratamiento debido a su esquizofrenia diagnosticada. Cada cierto tiempo, su abogado ha pedido revisiones para su posible liberación condicional. Finalmente, a comienzos de 2024, el tribunal aprobó un plan para que Morgan también pudiera reinsertarse gradualmente en la sociedad. Tenía ya 21 años cuando un juez valoró que, después de casi una década de terapia intensiva, podía intentarse su vida fuera del hospital con condiciones similares a las de Anissa: seguimiento diario, medicación estricta, vivir en algún centro tutelado o con familia bajo vigilancia, sin acceso a contenidos violentos. El juez Bohren –el mismo que la había sentenciado años atrás– dijo en la audiencia algo que me quedó resonando: “La rehabilitación completa de Geyser requiere su reintegración en la sociedad. Ella ha hecho todo lo que se esperaba de ella en el tratamiento.” A Morgan se le dio esa oportunidad a pesar de la oposición de algunas voces en la comunidad que temían que aún fuese peligrosa. Puedo entender esos temores; yo mismo, al enterarme de que Morgan pronto estaría fuera del instituto mental, sentí un escalofrío. ¿Y si aún albergaba fantasías oscuras? ¿Y si sin medicación volvía a ser la niña que blandió el cuchillo 19 veces? Son preguntas que como policía y como padre me hago. Pero también vi la otra cara: Morgan entró al manicomio con 12 años siendo prácticamente una niña poseída por sus delirios, y salió en sus veintitantos, ya una mujer joven que había recuperado la razón y expresaba remordimiento. Quiero creer que la sociedad no la tendrá que temer más, aunque nunca se pueda estar 100% seguro.
La recuperación de la víctima y su increíble entereza
¿Y qué fue de Payton Leutner, la niña que sobrevivió milagrosamente? Por fortuna, Payton sanó de sus heridas físicas tras unas semanas. Siete días después del ataque ya pudo salir del hospital caminando por su propio pie (aunque muy débil). Pasó el verano de 2014 en casa de sus padres, recibiendo curas y apoyo psicológico. En septiembre de ese año, con un valor admirable, volvió a la escuela para empezar séptimo grado. Tenía cicatrices en el pecho y extremidades, pero estaba viva, determinada a seguir adelante con su vida. Todo el vecindario la arropó: a finales de agosto, antes de su regreso a clases, se organizó una feria benéfica al aire libre. Recuerdo ver la calle principal llena de gente con camisetas moradas (el morado se convirtió en el color símbolo de su recuperación). Se vendieron hot dogs y bratwursts, y logramos recaudar más de 70.000 dólares para costear los gastos médicos de Payton. Fue emocionante ver a más de 250 voluntarios trabajando en aquello; nuestro gobernador incluso declaró el 13 de agosto de 2014 como el “Día de los Corazones Púrpura para la Curación” en Wisconsin, en honor a la valentía de Payton. Ese día muchos vistieron de púrpura en sus escuelas y trabajos. Con los años, Payton trató de mantenerse lejos de la atención pública. Su familia protegió mucho su intimidad durante la adolescencia, algo comprensible después de tan traumática experiencia. Recién en octubre de 2019 Payton, ya con 17 años, accedió a dar una entrevista televisiva y contar su historia al programa 20/20 de ABC. Yo vi esa entrevista y confieso que solté alguna lágrima al escucharla. Payton mostró unas cicatrices tenues en brazos y torso –huellas de aquellas puñaladas– y dijo con sorprendente serenidad: “No pienso mucho en ellas. Probablemente desaparecerán y se desvanecerán con el tiempo”. Contó que durante años sufrió pesadillas recurrentes donde era atacada de nuevo; confesó que dormía con unas tijeras bajo la almohada por seguridad, presa del miedo a que algo así volviera a ocurrir. Uno no puede culparla: la sombra del trauma la acompañó en cada atardecer. Sin embargo, lo más asombroso fue su ausencia de odio. En esa entrevista, Payton declaró que no sentía rencor hacia Morgan ni Anissa. Dijo, palabras textuales: “Solo por lo que ella hizo tengo la vida que tengo ahora. (…) No tenía un plan cuando tenía 12 años, y ahora lo tengo debido a todo lo que pasé. No sería quien soy hoy en día. Ese ataque me hizo madurar”. Incluso afirmó que, si volviera a ver a Morgan, le daría las gracias, porque sobrevivir a aquel horror le inspiró el deseo de convertirse en médico y salvar vidas. Era su manera de darle sentido a la tragedia: transformar el dolor en vocación. Esa madurez y compasión en alguien tan joven me dejó impactado. Payton se graduó del instituto y, según su familia, entró a la universidad buscando estudiar una carrera en el campo de la medicina. En 2021, cuando Anissa fue liberada, Payton y sus padres decidieron mudarse fuera de Waukesha para que ella pudiera empezar de cero en un lugar donde pocos la asociaran con el caso. No han revelado públicamente dónde vive ni dónde estudia, lo cual me parece acertado. Merece toda la paz y privacidad posible. Al final, Payton Leutner se transformó en una superviviente ejemplar, símbolo de resiliencia. Su perdón público hacia quienes la hirieron demuestra una grandeza que a todos nos enseña algo. Como policía, pocas veces he visto a víctimas de delitos violentos encontrar tanta luz después de la oscuridad.
Impacto social: Internet bajo escrutinio y pánico moral
El caso de “las niñas de Slenderman” desató inmediatamente un debate nacional sobre la influencia de Internet en los niños. Recuerdo que apenas se difundió la noticia, nuestra jefatura de policía emitió un comunicado inusual. Russell Jack, el jefe de policía de Waukesha, declaró que este caso debería ser “una llamada de atención para todos los padres”. Dijo algo muy cierto: Internet es una herramienta maravillosa para educar y entretener, “pero también puede estar lleno de cosas oscuras y perversas”. Era un mensaje para subrayar que así como cuidamos con quién hablan nuestros hijos en la calle, debemos cuidar lo que consumen en la red. Muchos se preguntaban cómo era posible que unas niñas no distinguieran realidad de ficción de esa manera. Psicólogos infantiles y expertos en tecnología inundaron los medios con análisis. Un ex-agente del FBI, John Egelhof, comentó en un periódico que Internet se había convertido en un “agujero negro” capaz de exponer a mentes jóvenes a mundos siniestros antes impensables. Sus consejos fueron básicos: que los padres presten más atención a las obsesiones de sus hijos, que hablen con ellos sobre lo que es real y lo que es fantasía, que supervisen en qué rincones de la web navegan. Por otro lado, educadores y académicos defendieron que la culpa no era de las historias de terror en sí. Recuerdo una profesora de la Universidad de Georgia, Shira Chess, que argumentó en una entrevista que los creepypasta (historias de terror en internet) no eran más peligrosos que las leyendas urbanas o los cuentos de vampiros de toda la vida. Que incluso podían estimular la creatividad y la escritura en los jóvenes. Claro, la enorme diferencia aquí es que estas niñas llevaron la ficción a la acción. Pero ¿fue solo por leer historias de terror? Probablemente no; se mezclaron también factores de salud mental y dinámicas de amistad tóxica. Aun así, muchos padres entraron en pánico. Recibimos llamadas en la comisaría de progenitores alarmados: “¿Qué es eso de Slenderman? ¿Cómo protejo a mi hijo de eso?” Tuvimos que explicar que Slenderman no era un criminal real rondando Wisconsin, sino un cuento macabro de internet que había afectado a estas niñas sugestionables. En Waukesha, la reacción fue inmediata: el distrito escolar bloqueó el acceso a la Wiki de Creepypasta (un sitio web donde se publicaban historias como la de Slenderman) en todas las escuelas públicas. Más vale prevenir. Asimismo, Eric Knudsen, el hombre que originalmente había inventado al personaje para aquel concurso online en 2009, hizo una declaración pública pocos días después del ataque. Dijo: “Estoy profundamente entristecido por la tragedia en Wisconsin y mi corazón está con las familias de los afectados por este terrible acto”. Se notaba su preocupación de que su creación artística hubiese derivado en algo así, aunque fuera de forma indirecta. La comunidad de aficionados al terror en internet también reaccionó. Lejos de celebrar el suceso (como algunos malpensados sugirieron), los fans de las creepypastas mostraron empatía por Payton. Un usuario conocido como “Sloshedtrain”, administrador de la Creepypasta Wiki, publicó que lo ocurrido era un caso aislado que “no representaba a la comunidad de escritores de terror”. Recalcó que su sitio era un espacio literario de ficción, no una plataforma que incitara a la violencia real ni a rituales satánicos ni nada semejante. Incluso organizaron una transmisión en vivo de 24 horas en YouTube un par de semanas después del incidente, para recaudar fondos para la víctima. Recuerdo que se sumaron cientos de jóvenes desde distintas partes, leyendo historias (ahora con un tinte agridulce) y expresando su apoyo a Payton. Esa maratón benéfica mostró que la inmensa mayoría entendía la diferencia entre ficción y realidad, y les dolía que alguien hubiese resultado herido por una confusión tan terrible. El impacto cultural también fue notable. Slenderman, el personaje, saltó del nicho de internet al ojo público mundial a raíz del caso. Se hicieron reportajes, artículos en revistas prestigiosas analizando el fenómeno de las “leyendas de internet”. Y, cómo no, se produjeron contenidos audiovisuales inspirados en lo ocurrido. En 2016, HBO Film empezó a rodar un documental titulado “Beware the Slenderman” (“Cuidado con Slenderman”), en el cual incluso entrevistaron a los padres de Morgan y Anissa, a psicólogos, a investigadores (varios colegas nuestros participaron brindando información). Dicho documental se estrenó en 2017, dando a conocer los pormenores del caso a un público aún más amplio, con reflexiones sobre la sugestión colectiva en la era digital. Recuerdo verlo y sentir de nuevo escalofríos al escuchar las grabaciones de los interrogatorios de las niñas, ahora como espectador. Series populares de televisión también incorporaron tramas basadas en esto: Law & Order: SVU emitió un episodio (“Glasgowman’s Wrath”) claramente inspirado en el ataque de Waukesha, donde unas chicas cometen un delito por una figura ficticia de internet. Mentes Criminales hizo otro tanto en un episodio llamado “The Tall Man” (El hombre alto). Incluso hubo películas de ficción: en 2018, el canal Lifetime lanzó “Terror in the Woods”, dramatizando un caso similar al de Slenderman; y en 2019 apareció en Netflix una película de terror psicológico llamada “Mercy Black” con una premisa de niñas que intentan un sacrificio a un ser imaginario (claramente alimentada por la historia real). Así, este incidente llevó a Slenderman a convertirse en una especie de símbolo de los peligros (reales o percibidos) de las fantasías online. Paradójicamente, Slenderman mismo “sobrevivió” a todo esto: sigue protagonizando juegos, historias y videos en la web, pero ahora siempre con la sombra del caso real acompañando su mito. En foros de horror, cada vez que alguien comparte un relato de Slenderman, suele haber quien comente “ojalá nadie más haga locuras por esto”. La comunidad se autocensura un poco más, con responsabilidad.
Teorías conspirativas y ecos en la cultura popular
Como suele ocurrir con hechos tan notorios, el caso Slenderman generó su buen número de teorías conspirativas y especulaciones descabelladas en los rincones de internet. Al ser yo parte del equipo investigador, confieso que en los meses posteriores al ataque me sumergí a ratos en foros y comentarios online, tratando de comprender la percepción pública. Lo que encontré fue un maremágnum de ideas, algunas creativas y otras francamente disparatadas. Por un lado, hubo gente que se negó a creer que dos niñas actuaran así solo por leer historias de terror. Algunos conspiracionistas sugirieron que detrás de Morgan y Anissa podría haber habido una influencia adulta más siniestra: teorías sobre un “hombre misterioso” que las habría contactado en línea haciéndose pasar por Slenderman y manipulándolas para cometer el crimen. Básicamente insinuaban que las niñas eran peones de algún pederasta o miembro de una secta oculta. Incluso leí especulaciones de que podría tratarse de una red clandestina que reclutaba niños a través de creepypastas. Estas teorías nunca tuvieron un solo indicio real que las apoyara. Revisamos los dispositivos de las menores y sus comunicaciones electrónicas, y no apareció ningún extraño diciéndoles qué hacer. Todo apuntaba a que la idea de matar surgió 100% de sus conversaciones entre amigas obsesionadas. Aun así, los amantes de las conspiraciones tejieron historias rocambolescas con eso. Recuerdo un comentario en un foro que decía algo así: “Nadie cree de verdad que lo hicieron por un cuento. Seguro que es una tapadera de algo más turbio, como MK-Ultra o control mental del gobierno”. Sí, hubo quienes metieron el caso en la bolsa de “experimentos secretos del gobierno” y cosas así, sugiriendo que todo era un montaje para generar pánico moral. Decían que quizás el incidente se había exagerado en prensa como excusa para que las autoridades vigilaran internet o censuraran contenido. Francamente, desde adentro puedo asegurar que nada de eso ocurrió: no hubo agentes federales moviendo hilos detrás, ni sectas satánicas ofreciendo niñas al diablo. Pero en tiempos de fake news, siempre habrá quien vea marionetas donde solo hay tragedias humanas. Otra vertiente de especulación fue la sobrenatural. En ciertos blogs esotéricos y videos de YouTube, personas muy convencidas afirmaron que Slenderman sí era real, un ente demoníaco que de alguna forma poseyó a las niñas. Se llegó a comparar el caso con los de posesiones demoníacas de la vida real: “igual que el diablo antes usaba la ouija para colarse en las almas, ahora usa internet”, decían. Un término que apareció fue el “efecto Tulpa”. Según esta teoría pseudomística, si suficientes personas creen fervientemente en un ser imaginario, le dan existencia en el plano real o al menos en la mente colectiva. Así, Slenderman sería una especie de “Tulpa” creado por la energía de miles de internautas, un “demonio informático” nacido del miedo compartido. Los partidarios de esta idea sugerían que Morgan y Anissa no actuaron solas, sino bajo la influencia psíquica directa de Slenderman, casi como si este ente las hubiera obligado o controlado mentalmente. Desde mi escepticismo policial, estas teorías resultan inverosímiles; pero es cierto que ofrecen una narrativa “cómoda” para algunos: la culpa recae en un monstruo externo, no en dos niñas. Sin embargo, la explicación real que arrojó el juicio –trastorno mental inducido y compartido– es suficientemente esclarecedora sin necesidad de invocar fantasmas literales. No faltaron tampoco los que vincularon el caso con el satanismo. Viejos fantasmas de la “panicada satánica” de los años 80 resurgieron en algunos comentarios: gente afirmando que Slenderman era “la cara del diablo” y este crimen parte de un ritual satánico juvenil. Un rumor particularmente descabellado que leí en redes sociales aseguraba que Morgan y Anissa se habían reunido en secreto con una “logia oscura” de internet, y que matar a Payton era su ceremonia de iniciación. Otros decían que Slenderman era en realidad un alias del Anticristo, y que este caso era una señal de los últimos tiempos. En fin, nada que difiriera mucho de las antiguas teorías conspirativas que ven al diablo detrás de cada manifestación cultural poco comprendida. La policía, por supuesto, no halló ningún símbolo ni rastro de ritual satánico en todo esto; ni pentagramas, ni misas negras, ni conexiones con cultos. Solo hallamos, repito, dibujos de un ser ficticio en libretas escolares. Pero en la imaginación popular, las historias toman vida propia. Dentro de la comunidad gamer y de creepypastas también hubo debates internos. Algunos fanáticos defensores a ultranza de Slenderman casi insinuaron que las niñas habían arruinado la reputación de su querido personaje. Recuerdo leer un comentario airado: “¡Slenderman nunca les pediría a sus proxies que mataran a alguien así, lo interpretaron mal!” Irónicamente, discutían la “psicología” de un ser que no existe, como tratando de despegarlo del suceso real. Otros usuarios más sensatos respondían que lo importante era entender la salud mental, no si el “canon” de Slenderman incluía matar o no. En definitiva, el caso provocó que muchas comunidades online reflexionaran sobre los límites entre fantasía y realidad. Moderadores de foros empezaron a poner advertencias más visibles: “No apto para impresionables”, “Recuerden: esto es ficción”. Algo positivo salió de todo ello, si se quiere ver así: un llamado de atención sobre cómo hablamos de horror con menores presentes. Finalmente, hubo quienes especularon sobre la responsabilidad de los padres de las agresoras. Esta es una parte dolorosa. En cualquier crimen cometido por menores, la sociedad tiende a mirar a la familia buscando explicaciones. ¿Hubo negligencia? ¿No notaron nada raro? ¿Qué falló en casa? Los padres de Morgan y Anissa fueron muy criticados en foros locales. Se llegó a rumorear, sin pruebas, que Morgan quizá sufría malos tratos o abusos en su hogar y que eso contribuyó a su violencia. Un tabloide insinuó (citando a supuestos “amigos de la familia”) que el padre de Morgan, además de su enfermedad mental, era inestable y causaba un mal ambiente familiar. La madre de Anissa fue acusada por algunos de dejarla navegar por páginas de terror sin supervisión. Sin embargo, tras investigar, no hallamos indicios de abuso físico ni de negligencia extrema en sus casas. Eran familias comunes lidiando con problemas comunes. Muchos querían encontrar un adulto villano detrás de todo –“los padres monstruos que criaron un monstruo”–, pero la realidad no ofreció tal salida simple. Entrevisté a Angie, la mamá de Morgan, y fue devastador: una madre amorosa que jamás vio venir aquello, que lloraba pidiendo perdón a la familia de Payton pese a no saber qué había hecho mal. A veces no hay un porqué fácil ni un único culpable a quien apuntar; eso hace este caso más difícil de digerir.
Epílogo: Lecciones de un caso insólito
Han pasado más de once años desde aquella fatídica mañana. Las cicatrices físicas de Payton se han ido borrando y hoy es una joven adulta que, espero, encontrará felicidad y éxito lejos de las sombras del pasado. Las dos agresoras, Morgan y Anissa, han dejado de ser niñas; son mujeres jóvenes cargando con el peso de lo que hicieron a los doce años. Siempre serán “las chicas de Slenderman” ante la opinión pública, por más que rehagan sus vidas. Ese es un estigma con el que tendrán que lidiar para siempre. Como narrador de esta crónica, admito que este caso me cambió profundamente. En mi carrera policial había visto violencia, sí, pero nada se compara al enigma de este expediente: el cruce de inocencia infantil con terror ficticio desembocando en sangre real. A veces me pregunto si en algo fallamos nosotros, los adultos alrededor. ¿Podríamos haber prevenido lo ocurrido? ¿Había señales de alerta en Morgan y Anissa que pasamos por alto? Quizá la obsesión desmedida de Morgan por Slenderman (dibujaba sus figuras, hablaba de él a diario) debió encender alarmas en la escuela o en casa. Tal vez si alguien les hubiera explicado con claridad “Slenderman NO existe, no puede hacerte daño” de forma convincente, las cosas serían distintas. O si hubieran recibido ayuda psicológica antes, al notar que su miedo era tan real para ellas… Son hipótesis a toro pasado, difíciles de calibrar. Al final, entendí que la mente de un niño puede ser un lugar vulnerable y misterioso. Cuando algo poderoso se cuela en su imaginación –sea un amigo invisible, un trauma o un monstruo de cuento–, puede arraigar con fuerza incontenible. Y en la era de Internet, esas semillas imaginarias pueden provenir de cualquier rincón del mundo digital, sin filtros. Este caso también me enseñó sobre compasión y perdón. Ver a Payton sobreponerse sin odio, ver a las familias tratando de sanar, incluso ver a las propias agresoras expresando remordimiento tras recibir tratamiento… todo ello me recordó que, dentro de lo terrible, hubo destellos de humanidad. Dos niñas hicieron algo monstruoso, pero no eran monstruos: eran personas quebradas que, al ser reconducidas, mostraron tener conciencia y sentimientos. Es complejo de asimilar, pero es la realidad. Ahora, en 2025, camino a veces por aquel parque donde casi se cometió un asesinato en nombre de un personaje ficticio. Miro los altos árboles meciéndose con el viento y no puedo evitar estremecerme. Slender Man sigue allí, metafóricamente: no porque sea real, sino porque nuestro recuerdo colectivo lo plantó para siempre en ese bosque. Sin embargo, ya no le tengo el mismo temor abstracto. Hoy le temo más a la desinformación, a la soledad emocional que muchos niños sufren en silencio, a las fantasías que se vuelven peligrosas cuando no se contrastan con la realidad. El llamado de atención de mi jefe aquel año sigue vigente: debemos escuchar más a nuestros hijos, interesarnos en lo que leen, juegan y fantasean. No para coartar su creatividad, sino para guiarlos cuando algo ficticio amenaza con consumirlos. La historia de Morgan Geyser y Anissa Weier es un lúgubre recordatorio de lo que puede pasar si esa guía falla. También es un ejemplo extremo, desde luego; no es que cualquier niño fan de un creepypasta vaya a cometer una locura así. Este fue un caso atípico entre millones de chicos que leen historias de terror por pura diversión y jamás lastimarían a nadie. Pero basta una vez, un caso entre un millón, para que entendamos que la realidad puede superar la peor ficción. Cierro esta crónica con un pensamiento final: a veces el enemigo más peligroso no es un monstruo sin rostro saliendo de la pantalla, sino el vacío que puede habitar en un niño incomprendido. Slenderman fue el nombre que le pusieron al miedo y la obsesión que llenaban el vacío de estas dos niñas. Ojalá aprendamos, como sociedad, a detectar esos vacíos y a darles luz antes de que algo así vuelva a ocurrir. Porque monstruos ficticios habrá muchos, pero la inocencia perdida jamás se recupera.