Siete años dentro de una caja debajo de una cama. El caso real de la chica de la caja
Capítulo 1: La furgoneta azul
La primera vez que vi la caja fue en una fotografía del expediente judicial. No parecía gran cosa: un cajón de madera contrachapada, hecho a mano, con las juntas mal lijadas y una tapa que cerraba con un pasador y un candado. Alguien había dejado una regla al lado para dar la escala. Dentro de ese cajón, debajo de una cama de agua, en una casa móvil de Red Bluff, California, una mujer pasó hasta veintitrés horas al día durante casi tres años seguidos. Se llamaba Colleen Stan. Tenía veinte años cuando subió a la furgoneta equivocada y veintisiete cuando volvió a casa de su madre.
El 19 de mayo de 1977 Colleen salió de Eugene, Oregón, y bajó haciendo autostop por la Interestatal 5. Iba al cumpleaños de una amiga en Westwood, California. Era una chica prudente: aquel día dejó pasar dos coches porque los conductores le dieron mala espina. El tercero fue una furgoneta azul. Al volante iba un hombre de veintitrés años con aspecto de no haber roto un plato en su vida: Cameron Hooker, nacido el 5 de noviembre de 1953, empleado de un aserradero. A su lado iba su mujer, Janice, de diecinueve. Y en el asiento de atrás había un bebé. Colleen declararía después que subió precisamente por el bebé. Nadie que viaje con un bebé va a hacerte nada.
Pararon en una gasolinera. Colleen entró al baño y se quedó allí dentro más tiempo del necesario, dándole vueltas a una sensación que no sabía nombrar. Pensó en no salir. Pensó en buscarse otro coche. Al final volvió a la furgoneta. Ese detalle, esa decisión de tres minutos en el baño de una gasolinera cualquiera, iba a ser repetido ocho años más tarde delante de un jurado por un abogado defensor, una y otra vez, como si demostrara algo. Veinte kilómetros después, Cameron se desvió por una pista secundaria, detuvo la furgoneta y le puso un cuchillo en el cuello.
Capítulo 2: La primera noche
Lo que le puso en la cabeza no era una bolsa ni una capucha. Era una caja. Cameron Hooker la había construido él mismo con madera y material aislante, en dos mitades que se cerraban alrededor del cuello y quedaban sujetas por debajo. Pesaba alrededor de diez kilos. Estaba diseñada con un único propósito: anular. Sin luz, sin sonido nítido, sin aire limpio. Con esa caja puesta, una persona deja de saber dónde está, qué hora es y cuánta gente hay en la habitación. La llevaba preparada en el coche. Lo que viene ahora no es una reconstrucción periodística ni el relato de un documental. Es lo que el Tribunal de Apelación de California dio por probado en 1988 al revisar la condena, redactado con la sequedad administrativa de una resolución judicial, que es exactamente lo que lo hace insoportable.
Aquella primera noche, en el sótano de la casa de Red Bluff, Hooker la desnudó y la colgó por los brazos de las vigas del techo. Cuando Colleen se puso a llorar, la azotó. La mantuvo colgada entre diez y quince minutos. Después le colocó una caja debajo de los pies para que apoyara el peso. Y a continuación le quitó la caja y la dejó colgando otra vez. Al terminar la metió en un cajón del sótano. Le encadenó las muñecas, le puso la caja en la cabeza y le ató los pies a la madera. Al día siguiente la sacó, la tumbó sobre un potro de fabricación casera y le encadenó las muñecas y los tobillos a las cuatro esquinas. La dejó así hasta el día siguiente. Los primeros siete o diez días transcurrieron de esa manera: desnuda, encadenada al potro y con la caja en la cabeza. Los cinco primeros meses los pasó en el sótano desnuda, atada, con los ojos vendados y amordazada.
Después vino el primer cajón con forma de ataúd, también en el sótano. De ahí salía una vez al día para comer, beber, orinar y defecar, siempre delante de Hooker. El resto de las veinticuatro horas estaba dentro. La sentencia enumera lo que le hacía con la frialdad de un inventario de almacén: suspenderla de las vigas, restringirle la respiración, azotarla, mantenerle la cabeza dentro de la caja, atarla al potro, aplicarle descargas con cables eléctricos, quemarle el pubis con una lámpara de calor y sumergirla en la bañera hasta que no podía respirar. Colleen calculó ante el tribunal que, solo en los seis primeros meses, la colgó y la azotó entre noventa y cien veces. El potro le dejó lesiones de hombro y espalda que arrastró el resto de su vida. En octubre de 1977 Hooker construyó una segunda caja, esta triangular, encajada en el hueco de debajo de la escalera. La llamaban «el taller». Colleen pasaba los días encerrada y encadenada ahí dentro, y las noches cosiendo o sometida a las sesiones de su captor. Llevaba cinco meses secuestrada. Le quedaban seis años y medio.
Conviene fijar aquí un dato que explica todo lo demás: Janice Hooker estaba delante. No era una testigo ocasional ni una mujer engañada que descubrió la verdad al final. Estaba delante desde el primer día. Cameron y ella se habían conocido siendo adolescentes. Él tenía fantasías muy concretas y muy tempranas sobre atar, colgar y someter a mujeres, y se las contó antes de casarse. Según la versión que Janice dio a la policía y repitió en el juicio, llegaron a un acuerdo: él podría hacer esas cosas con otra mujer siempre que no tuviera relaciones sexuales con ella. A cambio, Janice tendría un hijo. Ese pacto es la razón por la que la investigación no empieza en 1977, sino un año antes.
Capítulo 3: La Compañía
La violencia física, por sí sola, no retiene a nadie durante siete años. Lo que retuvo a Colleen Stan fue una mentira. Cameron Hooker le explicó que él no actuaba por su cuenta. Le dijo que existía una organización clandestina llamada simplemente «la Compañía», dedicada a comprar y vender esclavos, con miembros en todas partes, vigilando permanentemente a las esclavas por si intentaban escapar y torturando a las que lo intentaban. Y le dijo lo único que de verdad importaba: que si escapaba, la Compañía iría a por su familia. Hooker no se limitó a contarlo. Lo demostraba. Cuando Janice tuvo que operarse de una rodilla, le explicó a Colleen que su mujer había sido esclava años atrás, que había intentado huir, que la Compañía la había cazado y que aquellas piernas eran el resultado del castigo. Colleen tenía delante, cada día, a una mujer coja que confirmaba la historia.
En enero de 1978 le puso delante un contrato. Era un texto copiado de un periódico clandestino que la convertía en su esclava de por vida y establecía, con esas palabras, que él era dueño de su alma. Colleen se resistió a firmarlo. Hooker le dijo que más le valía hacerlo, porque había un representante de la Compañía esperando fuera. Firmó llorando. A partir de ese momento dejó de tener nombre. Pasó a llamarse «K» —en el acta figura también como «Kay»—, tenía que dirigirse a él como «Amo» o «Señor» y a Janice como «Señora», y estaba obligada a arrodillarse, bajar la cabeza y pedir permiso antes de hacer cualquier cosa: hablar, levantarse, beber agua. Hooker le puso un collar alrededor del cuello como símbolo de su condición. Cuando aquel collar se desgastó, lo cambió por otro. Y cuando el segundo también se desgastó, lo sustituyó por un pendiente que le perforó él mismo, en una parte del cuerpo que ella no podía enseñarle a nadie. Esa es la lógica que hay debajo de todo el caso: no la trataba como a una prisionera, sino como a un objeto de su propiedad al que había que marcar.
Capítulo 4: Debajo de la cama de agua
En abril de 1978 la familia se mudó a una casa móvil. Cameron construyó allí la pieza que le daría nombre al caso. Levantó un pedestal de madera para sostener la cama de agua en la que dormían él y Janice, y dentro de ese pedestal, justo debajo del colchón, encajó un cajón para Colleen. Según las descripciones publicadas del habitáculo, medía alrededor de metro ochenta de largo por sesenta centímetros de ancho y setenta y cinco de alto. Doble pared, relleno aislante, cierre de pasador y candado por fuera, y unos pocos agujeros pequeños para que entrara aire. Por dentro no había manera de abrirlo. Durante el resto de aquel año, Colleen pasó ahí dentro todo el día y casi toda la noche. La dejaban salir de madrugada, un rato. Le permitieron tener papel higiénico, una cuña para orinar y una radio. La cuña la colocaba con los pies, porque no había espacio para incorporarse y usar las manos.
Hay un párrafo en la sentencia que resume este caso mejor que cualquier titular de los que se escribieron después. En septiembre de 1978, Janice Hooker dio a luz a su segundo hijo en casa, sobre la cama de agua. Colleen estaba en el cajón de debajo. Encima de ella nacía una niña, y la vida de esa familia seguía adelante con una mujer encerrada bajo el somier a la que había que sacar de madrugada para que se lavara. El resto se cuenta solo. Entre marzo de 1981 y mayo de 1984, según recoge el tribunal, Colleen vivió dentro de ese cajón. Durante la mayor parte de ese tiempo, Hooker la dejaba salir únicamente ratos cortos cada noche, y solo algunas noches sueltas pudo pasarlas fuera. Tres años. Dentro de una caja. Bajo una cama.
En febrero de 1978, un mes después de la firma del contrato, Hooker mantuvo la primera relación sexual con ella, en presencia de Janice. El pacto conyugal saltó por los aires y a partir de ahí ya no hubo ningún límite. Colleen declaró que, desde marzo de 1980, la violaba una o dos veces por semana. Las seis violaciones por las que acabó siendo condenado corresponden a episodios concretos, fechados uno a uno en la resolución judicial. En varios de ellos ella estaba suspendida en el aire o atada al potro de estiramiento. Y con todo esto encima, Colleen empezó a tener lo que en el juicio se llamó «privilegios». Salía del cajón para hacer las tareas de la casa, para coser, para cuidar de las niñas. Comía en la mesa. Y después volvía a meterse dentro. No la encerraban a la fuerza cada noche. Se metía ella. Cualquiera que lea esto desde fuera va a hacerse la misma pregunta que se hicieron el jurado, los periodistas y buena parte de California en 1985. Es la pregunta que persigue a este caso desde hace cuarenta años, y volveremos a ella.
Capítulo 5: Dos días en casa
En marzo de 1981, casi cuatro años después del secuestro, Cameron Hooker hizo algo que ningún criminólogo habría previsto: metió a Colleen en un coche y la llevó a ver a su familia, a Riverside. La visita duró dos días. Colleen entró en la casa de los suyos, se sentó a la mesa, habló con su padre y con su hermana. Cameron esperó fuera y luego entró presentándose como su novio. Se hicieron fotografías. En una de ellas él aparece de pie detrás de ella, con la mano apoyada en su hombro.
Colleen no dijo absolutamente nada. Estuvo a metros de un teléfono, rodeada de la gente a la que quería, y no dijo nada, porque estaba convencida de que hablar equivalía a firmar la sentencia de muerte de todos los que estaban en esa habitación. Su familia se quedó con la impresión de que la chica se había metido en alguna secta. Al volver a Red Bluff, Hooker la encerró en el cajón de debajo de la cama de agua. Ahí empezaron los tres años peores. Ese viaje de dos días es, probablemente, el punto más discutido de todo el caso. Para la fiscalía demostraba hasta dónde llegaba el control psicológico. Para la defensa iba a demostrar exactamente lo contrario.
Capítulo 6: Agosto de 1984
En mayo de 1984 Colleen empezó a trabajar como limpiadora en el King's Lodge, un hotel de Red Bluff situado a unos pocos kilómetros de la casa móvil. Salía sola, cobraba un sueldo, hablaba con sus compañeras. Y volvía. Cada día volvía. Lo que rompió el equilibrio no fue ella, ni la policía, ni una casualidad. Fue Janice. Cameron había empezado a hablar de tomar a Colleen como segunda esposa, y algo en esa idea resultó insoportable para la mujer que llevaba siete años sosteniendo el montaje. En julio de 1984, Janice empezó a contarle al pastor de su iglesia cómo habían estado viviendo. Para agosto creía estar sufriendo una crisis nerviosa. El 9 de agosto de 1984 llevó a Colleen a trabajar al hotel y se fue a ver al pastor. Él le dijo que las dos mujeres debían marcharse de esa casa. Janice volvió al hotel, buscó a Colleen y le dijo, por primera vez en siete años, que la Compañía no existía. Al día siguiente, en cuanto Cameron salió a trabajar, Janice y Colleen cogieron a las niñas y se fueron a casa de los padres de Janice. Desde allí Colleen llamó por teléfono a Hooker para comunicarle que se marchaba y cogió un autobús a casa de su familia.
Y entonces no hizo nada. Durante tres meses no denunció. Llamó por teléfono a los Hooker una y otra vez, hasta veintinueve veces según el recuento que haría la defensa en el juicio; una de esas llamadas duró más de una hora. Declaró después que quería darle a Cameron la oportunidad de rehabilitarse. Quien acabó entrando en una comisaría fue Janice Hooker. El 7 de noviembre de 1984 se sentó delante del teniente Jerry Brown, de la policía de Red Bluff, y contó lo de Colleen. Y a continuación contó otra cosa, mucho peor, que nadie esperaba oír.
Capítulo 7: El juicio
Cameron Hooker fue detenido en noviembre de 1984 y juzgado en 1985 en el condado de Tehama. La fiscal Christine McGuire llevó el caso.
La defensa no negó el secuestro. Hizo algo más eficaz: aceptó que Colleen había estado allí y sostuvo que se quedó porque quiso. Que se enamoró de él. Que las relaciones sexuales fueron consentidas o que Hooker creyó razonablemente que lo eran. Y desplegó, uno detrás de otro, los hechos incómodos: el baño de la gasolinera, el trabajo en el hotel, los dos días con su familia sin decir una palabra, las veintinueve llamadas después de marcharse. Era la única estrategia posible y estuvo cerca de funcionar. Por eso la acusación construyó su caso sobre un terreno que en 1985 todavía era casi experimental en un tribunal: la coerción psicológica. Llamó a declarar al psicólogo forense Chris Hatcher, que explicó al jurado cómo se fabrica la sumisión, por qué una persona sometida durante años deja de calcular fugas y empieza a calcular castigos, y qué queda de una voluntad cuando alguien lleva siete años creyendo que su familia morirá si habla. La prensa lo resumió con la etiqueta que ya circulaba entonces: síndrome de Estocolmo. El jurado lo condenó por siete de los ocho cargos: secuestro con uso de arma blanca, seis violaciones, sodomía forzada, felación forzada y penetración con objeto extraño. Un cargo de violación quedó sin veredicto por falta de acuerdo y fue retirado. La sentencia, tal y como la describe la resolución de apelación de 1988, fue una pena indeterminada de uno a veinticinco años por el secuestro, más cinco a diez años por el uso del cuchillo, más una pena determinada de sesenta y nueve años. La prensa lo tradujo a una cifra redonda que se quedó para siempre: ciento cuatro años. Según recogieron los medios que cubrieron el juicio, el juez lo describió como el peor psicópata con el que se había encontrado. Janice Hooker declaró contra su marido a cambio de inmunidad. No pasó un solo día en prisión.