Mi madre murió en marzo. Su teléfono fue enterrado con ella. En octubre empecé a recibir llamadas de su número
Las primeras llamadas
No sé muy bien cómo empezar esto. Llevo semanas dándole vueltas y no encuentro una manera que no suene como locura. Pero ya no me importa. Necesito que alguien lo lea.
Mi madre, Carmen, murió el 14 de marzo. Cáncer de páncreas. Tenía 61 años. El diagnóstico fue en noviembre y no llegó a la primavera. Eso es lo que tiene este tipo de cáncer: no negocia. Yo tengo 29 años y soy hijo único, bueno, casi, tengo una hermana mayor, Lucía, que vive en Valencia. Yo estaba en Madrid cuando me llamaron del hospital. Tardé cuatro horas en llegar. No llegué a tiempo.
Mi madre era de esas personas que llaman todos los domingos a mediodía sin falta. No importaba si habíamos hablado el jueves o si yo le había dicho que iba a estar liado. A las doce del mediodía, sonaba el teléfono. Era ella. Siempre. Tenía esa costumbre de los domingos clavada en los huesos. Cuando murió, los primeros domingos miraba el teléfono y esperaba sin querer esperarlo. Eso es el duelo, supongo. Tu cuerpo tarda más en enterarse que tu cabeza.
Lo del teléfono fue idea suya. Unos días antes de morir, cuando todavía podía hablar aunque con mucho esfuerzo, me dijo que quería que lo enterraran con ella. Su móvil. No me dio una razón. Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, como cuando te pide que riegues las plantas o que no dejes la luz encendida. "Mete el teléfono en el ataúd, Javier. El mío." Lo hice. No lo cuestioné. Era lo último que me pedía.
El número sigue dado de alta. El plan sigue activo. Sé que debería haberlo cancelado hace meses, pero cada vez que intento llamar a la compañía me quedo a medias. La última vez colgué antes de que me atendieran. No sé explicarlo. Cancelar el número se siente como algo definitivo que todavía no soy capaz de hacer. Así que sigue ahí. Su número. Guardado en mi móvil como "Mamá".
Las primeras llamadas llegaron en octubre. La primera fue un viernes a las 11 y pico de la noche. Vi la pantalla, vi el nombre, y se me fue el aire. La dejé ir al buzón. Me dije que era un error técnico, que a veces los números de personas fallecidas pueden generar llamadas fantasma por algún fallo del sistema, no sé, me inventé algo que sonara razonable porque la alternativa no tenía ningún sentido.
La segunda llamada fue tres días después, pasada la medianoche. Tampoco cogí. Me quedé mirando la pantalla hasta que paró. Esta vez no me convencí tan fácilmente, pero seguí sin querer pensar en lo que significaba.
La tercera vez cogí.
No hubo voz. Hubo silencio, y luego respiración. No fuerte, no dramática, solo el sonido de alguien respirando al otro lado. Colgué a los cuatro segundos. No dormí nada esa noche.
A la mañana siguiente llamé al cementerio. Sé lo raro que suena. Le pregunté a la mujer que atendió si había habido algún incidente, algo inusual cerca de la tumba de mi madre. Me preguntó el apellido, buscó, y me dijo que no, que todo estaba en orden. No sé qué esperaba que me dijera.
Llamé a un amigo que trabaja en telecomunicaciones. Le pregunté si era técnicamente posible que un móvil enterrado hiciera llamadas. Se quedó callado un momento. Me dijo que para que un teléfono haga una llamada necesita estar encendido, con batería, y con cobertura. Que bajo tierra la señal no llega. Que no era posible.
Las llamadas continuaron. Siempre de su número.
Lo que dice
Actualización. Han pasado tres semanas desde que escribí lo primero. Sé que no tiene mucho contexto porque nunca llegué a publicarlo, lo tenía en borradores, pero ahora necesito seguir porque las cosas han cambiado.
Las llamadas han continuado. Dos o tres veces por semana, siempre entre las once de la noche y las dos de la madrugada. He empezado a cogerlas todas. No sé si es valentía o si es que ya no me importa tanto protegerme.
Las primeras veces: solo respiración. El mismo sonido de antes, pausado, regular, como alguien que duerme o como alguien que espera. He aprendido a no colgar de inmediato. Me quedo al otro lado, escuchando, intentando encontrar algo que me diga que es una llamada normal de un número que alguien encontró, o un error de la compañía, o cualquier cosa que tenga sentido.
En la cuarta llamada que cogí, escuché algo más. Un sonido que podría haber sido voz. Muy débil, como cuando alguien habla al otro lado de una pared gruesa o como cuando escuchas algo a través del agua. Indistinguible. Pero definitivamente no era solo respiración.
Empecé a grabar las llamadas con un segundo móvil. Ponía el altavoz y acercaba el otro teléfono para capturar el audio. Luego subía el volumen todo lo que podía y escuchaba. En la mayoría no hay nada claro. Ruido de fondo, interferencias, ese sonido de respiración.
En una de las grabaciones, al subir el volumen al máximo, escuché mi nombre.
"Javier."
En la voz de mi madre.
La escuché cuatro veces seguidas para estar seguro. Me fui a la cocina, me serví agua, volví y la escuché cuatro veces más. No estaba imaginándolo. Era su voz. La voz que me ha llamado todos los domingos de mi vida, la voz que me leía cuentos cuando era pequeño, la voz que me dijo que metiera su teléfono en el ataúd.
Le mandé el audio a Lucía sin decirle nada, solo le pregunté qué escuchaba. Me llamó desde la calle cinco minutos después. No podía hablar. Solo lloraba. Al final me dijo: "Es mamá." Y colgó.
Tengo un amigo que se llama Marcos, trabaja mezclando audio para cine. Le pasé tres de las grabaciones. Las analizó durante dos días. Me llamó y me dijo que el ruido de fondo era consistente con un espacio pequeño y cerrado: reverberación alta, rango de frecuencias limitado, como si algo estuviera grabado en un lugar pequeño con paredes duras. Dijo que era como grabar dentro de una caja. Que no sabía qué explicación técnica darle. Que no era un fallo de compresión de audio ni interferencia de radio. Que lo que escuchaba era alguien hablando en un espacio muy, muy pequeño.