Una SCP 'Infernal'
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En las sombras de un laboratorio olvidado, oculto en las profundidades de una instalación secreta, acechaba una entidad insidiosa conocida únicamente como SCP-666. El aire dentro de la cámara de contención era espeso por una malevolencia opresiva, una aura palpable de mal ancestral que parecía impregnar hasta los muros. Aquellos que se atrevían a entrar describían una sensación de pánico asfixiante que se les pegaba a la piel como un sudario. SCP-666 no se parecía a ninguna otra anomalía que la Fundación hubiera encontrado. Sus orígenes estaban envueltos en misterio y su propósito era desconocido. Los protocolos de contención eran estrictos e inflexibles, pues el más mínimo descuido podía desatar horrores indescriptibles sobre el mundo. La cámara que albergaba a SCP-666 estaba decorada con símbolos y sigilos blasfemos, grabados en carmesí sobre los muros de piedra fría. El aire era pesado y olía a azufre y podredumbre, y se podía escuchar un tenue canto resonando por los corredores en plena noche. Los investigadores que estudiaban a SCP-666 informaban de pesadillas vívidas, cada una más espantosa que la anterior. Hablaban de ser perseguidos por figuras sombrías con ojos negros como el carbón, de quedar atrapados en laberintos interminables de pasillos retorcidos que solo conducían más profundamente hacia la oscuridad. Pero el verdadero horror de SCP-666 no residía en las pesadillas que inducía, ni en la inquietante atmósfera de su cámara de contención. No, el verdadero horror estaba en la revelación de su propósito. Una noche fatídica, durante una inspección rutinaria de la cámara de contención, un joven investigador tropezó con un compartimento oculto detrás de un falso muro. Dentro de esta cámara secreta yacía un tomo encuadernado en piel humana, cuyas páginas estaban escritas con sangre y tinta que guardaba los oscuros secretos de un antiguo y olvidado culto. Mientras el investigador examinaba las páginas, con los ojos desencajados por el terror, comprendió la verdadera naturaleza de SCP-666. No era simplemente una entidad malévola confinada en una cámara; era un portal, una puerta de entrada a un reino más allá de la comprensión humana, un reino gobernado por entidades indescriptibles de pura oscuridad y caos. La mente del joven investigador daba vueltas ante las implicaciones de su descubrimiento. La Fundación no había contenido a SCP-666; se habían convertido, sin saberlo, en sus sirvientes involuntarios, cumpliendo la voluntad del antiguo culto que lo había creado. Cuando la verdad se le hizo evidente, un miedo frío y corrosivo se apoderó de su corazón. Supo que no podía permitir que este conocimiento cayera en las manos equivocadas, que el destino del mundo ahora descansaba únicamente sobre sus hombros. Con manos temblorosas, buscó los protocolos de contención, con los dedos suspendidos sobre el interruptor de liberación de emergencia. Y entonces, conteniendo la respiración y encomendándose a no sé qué dios, cerró los ojos y lo accionó. Las puertas de la cámara se abrieron de golpe con un estruendo ensordecedor, y una ráfaga de viento helado llenó la habitación. La oscuridad en su interior pareció condensarse y tomar forma, arremolinándose y retorciéndose como una entidad viva que respirara. Y entonces, de las sombras emergió una figura vestida con harapos, con los ojos ardiendo con una luz malévola. Habló con una voz que retumbó en la cámara como un trueno, una voz que heló la sangre del investigador. "Lo has hecho bien, hijo mío", entonó. "Ahora, ven y abraza tu destino." Y mientras el investigador daba un paso al frente, con la mente consumida por el terror y el sobrecogimiento, supo que había desatado sobre el mundo un horror que nunca podría ser contenido. Porque SCP-666 no era simplemente una brecha de contención; era el heraldo del fin de los tiempos, un anunciador de la oscuridad que pronto consumiría toda la creación. Y cuando las puertas de la cámara se cerraron tras él, sellándolo dentro del abrazo de la entidad, supo que se había convertido en parte de algo mucho más grande y mucho más aterrador de lo que jamás hubiera podido imaginar.