La historia de una religion un chico y su fiel amigo ¿que podria salir mal?
el fin y el inicio
La lluvia caía como una cortina espesa sobre el pueblo invadido por el silencioso, un golpeteo constante contra los techos de láminas. Entre las sombras de las casas, algo se arrastraba. No eran pasos, era el roce húmedo de carne contra piedra, como si un cuerpo desgarrado todavía intentara moverse aferrándose a la vida que le quedaba Martín había llegado buscando refugio, pero apenas cruzó el umbral de la iglesia, un olor de podredumbre le golpeó. La iglesia estaba iluminada por velas derretidas hasta la raíz, todo muy silencioso como si ese lugar fuera un lugar tranquilo. En el altar no había crucifijo: alguien había colgado a un perro abierto en su estómago, sus entrañas desbordadas. Él se acercó poco a poco, temblando, mirando esa escena a duras penas por el dolor que tenía al mirar esa brutal escena -to..b.bi que te hicieron La escena se rompió con un crujido, como de articulaciones forzadas. De las bancas se levantaron figuras que parecían hombres, mujeres, niños, pero sus rostros estaban cosidos como muñecos sin vida y en sus bocas una sonrisa tranquila, demasiado tranquila… Sus ojos se sentían como si miraran a su alma con lágrimas de tristeza. ¿Desesperación? No parpadeaban, algo que era aterrador. Uno de ellos se acercó a Martín arrastrando los pies, su túnica manchada con capas secas de sangre. Otro llevaba una cadena de la que colgaban dedos humanos aún frescos, goteando como fruta recién cortada. Martín, paralizado, miraba eso con miedo absoluto. Al mirar atrás descubrió que la puerta había desaparecido: sólo quedaban las paredes de ladrillos húmedos. El grupo comenzó a alabar sin importar que sus labios se desgarraban. No eran voces, eran gritos alargados, un sonido sacado del mismo infierno que salía de gargantas rotas, y con cada nota las velas ardían más fuerte, proyectando sombras que se engrandecían. Entre ellas apareció la silueta de algo más grande, más repulsivo: una masa de carne que palpitaba como un corazón gigante. Del centro de aquel cuerpo emergieron manos, muchas manos, todas con uñas arrancadas, que se estiraban buscando piel nueva que devorar. Martín quiso gritar, pero la voz se le rompió. Entonces, desde el altar, el perro desangrado decía una y otra vez —sangre que quema. Carne que odia Cuando las manos lo alcanzaron, la carne no desgarró: lo aplastó poco a poco, centímetro a centímetro, como si fuera aplastando un pequeño insecto. La iglesia, antes tranquila, se llenaba de un grito hilarante y lamentable hasta que ya no se escuchó más que el cántico infernal. A la mañana siguiente, un carro deportivo se estacionaba enfrente de la iglesia. Una chica entraba con tranquilidad Un nuevo visitante había llegado