Volví al convento donde me criaron. Debajo hay una fábrica, y la materia prima somos nosotras
La Casa Madre
En mi Orden nos enseñan que una velatriz se gasta como una vela y que ese es su honor. Tardé seis años en descubrir que la frase no era una metáfora. Me llamo Ísel Marañón, callo a los muertos por oficio, y viajo desde hace dos semanas con el hombre al que juré matar. Nos une un yugo: una atadura vieja que hicimos en un barranco para cerrar una grieta y salvar a un pueblo. Desde entonces, lo que él siente lo siento yo, no podemos alejarnos más de dos leguas sin que nos duela por dentro, y nuestra fuerza pasa por la piel. Se llama Corvián. Es de sangre negra, el linaje que mi Orden lleva trescientos años quemando en las plazas. Y hasta hace dos semanas yo creía que había matado a mi maestra. Vamos al norte por dos motivos. El primero es que aquella grieta no era natural: alguien la abrió, y dejó grabado su sello, y el sello era el de mi propia Orden. El segundo es que, al cerrarla, oí por la puerta que deja abierta el yugo la voz de Beltrana Sáez, mi maestra, muerta hace cuatro años, diciéndome que no está muerta. Las diecinueve grietas abiertas con el sello de la vela y la ceniza dibujan un círculo. En el centro de ese círculo hay una sola cosa: la Casa Madre de Vellón. Yo me crie allí. Entré con nueve años y salí con diecisiete. Es un edificio de piedra gris del tamaño de un pueblo, con cien capillas laterales y un claustro donde aprendí a arrodillarme junto a un muerto sin temblar. Y en los ocho años que viví dentro nunca subí a la tercera planta del ala norte, porque a la tercera planta del ala norte suben las hermanas viejas cuando ya no dan más de sí, y de allí no bajan, y a eso lo llaman el Descanso. Entramos la noche del jueves por la carbonera, y en cuanto pisé el pasillo supe que algo iba mal. En la Casa Madre siempre ha habido un rumor. Yo lo achacaba de niña al río, o a las vigas. Con el yugo puesto lo oí de verdad, y no era el río. Era ese ruido de feria lejana que hacen los muertos al otro lado, solo que aquí no estaba lejos. Aquí estaba debajo. Miles de voces bajo mis pies, en las paredes, en los cimientos, y todas hablando a la vez. Me falló la rodilla y Corvián me sujetó por la cintura y me pegó a él. —Piel —dijo con los dientes apretados—. Ahora. Le metí las manos por dentro de la camisa y le abracé la espalda desnuda, y el ruido bajó de golpe hasta hacerse soportable. Eso hace el yugo: mientras nos tocamos, la puerta se cierra a medias.
—Bienvenida a casa —murmuró él contra mi pelo, y a través de la atadura noté que no lo decía por burlarse. Lo decía porque estaba asustado y no sabía decir otra cosa. La tercera planta del ala norte tiene ciento cuatro celdas. En noventa y una había una mujer. Están vivas. Eso es lo primero que hay que decir y lo que me tumbó al suelo: están vivas, sentadas en un catre, con el hábito limpio y las manos en el regazo. Y no queda nada dentro. A una velatriz se le gasta la memoria para hacerle sitio a las muertes que traga. Yo he perdido el olfato, la voz de mi madre y la casa donde nací. Estas mujeres lo han perdido todo. No tienen nombre, ni idioma, ni cara propia: se les ha ido hasta el gesto. Miran al frente. Se les da de comer. Y dos veces al día, por un canalón de piedra que atraviesa la pared de cada celda, les llega la muerte de otro. Porque eso es lo que hay debajo de la Casa Madre. Bajamos por el pozo del claustro y lo vimos: una nave enorme, de bóveda, y en la nave, tumbados en filas de cien, muertos. Miles. Frescos, viejos, niños, ancianos, traídos de todo el reino en carros con lonas. No los queman. Los almacenan. Y por un sistema de canalones, embudos y bocas de piedra, sus muertes suben a la tercera planta y se reparten entre noventa y una mujeres que llevan décadas tragando. —Es una fábrica —dijo Corvián, y le noté la náusea en mi propia boca—. ¿De qué? Lo encontramos en el taller del fondo. Cubas de sebo hirviendo, moldes de latón y estanterías con miles de velas de cera amarilla, atadas en manojos de doce y etiquetadas. Velas de descanso. Las conoce todo el mundo en el reino. Se compran en cualquier parroquia por lo que cuesta una gallina, se encienden junto a un cadáver y el cadáver no se levanta. Yo he encendido cientos. Toda mi vida me han dicho que llevan dentro una oración. Llevan dentro mujeres. Se hacen con la grasa de los muertos almacenados abajo y se cargan con lo que una velatriz gastada traga arriba. Cada vela es una noche de la vida de una mujer sin nombre encerrada en la tercera planta. Estuve un rato largo sin poder respirar, agarrada al borde de una cuba. —Ísel. —Corvián me giró la cara con las dos manos, obligándome a mirarle—. No es tu culpa. —Entré con nueve años.
—Por eso —dijo—. Por eso se os coge con nueve.
El salón de invierno
Y aquí es donde tengo que contar lo del salón de invierno, aunque me cueste. Necesitábamos esperar al cambio de guardia y no podíamos estar más de un cuarto de hora sin tocarnos, porque el ruido de abajo entraba y te partía. Nos metimos en un salón cerrado, con la chimenea muerta, y nos sentamos en el suelo frente a frente, con las piernas cruzadas, las manos unidas y las frentes juntas, que es la postura que habíamos aprendido para aguantar. Y llevábamos dos semanas así. Dos semanas de dormir a media vara, de rozarnos al montar, de sentir cada uno lo que sentía el otro sin poder mentir ni disimular, que es la cosa más brutal que le puede pasar a dos personas que empezaron queriendo matarse. —Sé lo que estás pensando —dije, porque lo sabía. Lo notaba subiendo por la atadura como sube el calor por un hierro. —Y yo lo que tú —contestó él, con la voz muy baja—. Llevas cuatro días pensándolo. —Cinco. Se rio, y su risa me llegó por dentro, y ahí se me acabó el aguante. Le besé yo. Quiero que quede claro, porque él nunca lo cuenta bien: le besé yo, y le mordí, y él me devolvió el mordisco con una desesperación que me llegó doblada, la suya y la mía a la vez, y esa es la trampa del yugo: no sientes solo lo que haces. Sientes lo que le haces. Cuando le pasé las manos por la espalda desnuda noté su piel bajo mis dedos y a la vez mis dedos sobre su piel. Cuando le besé el cuello supe exactamente cómo le recorría eso la columna. No hay manera de esconderse, no hay manera de fingir, no hay un solo pensamiento que puedas guardarte, y todo lo que uno de los dos sentía volvía multiplicado. Nos quitamos la ropa a tirones en el suelo de un salón helado, en el edificio donde me criaron para no tener nada mío, y me abrí entera por primera vez en mi vida. Y con la piel entera contra la piel entera, el yugo se abrió del todo. El ruido de abajo desapareció. Los miles de muertos del sótano se callaron de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta al otro lado del mundo, y en aquel silencio no quedamos más que nosotros dos, temblando, con la boca de él en mi garganta y mis manos en su pelo, y una fuerza corriendo entre los dos cuerpos que no era mía ni suya y que hacía vibrar los cristales del salón. Duró horas. Y en algún momento, con la cara escondida en su hombro, le dije al oído la única cosa fea y verdadera que tenía dentro: —Sigo queriendo matarte. Y él, sin dejar de moverse, con la voz destrozada, contestó: —Ya lo sé. Sigue queriéndolo. Pero no esta noche. Quemamos la Casa Madre de Vellón al amanecer. Sacamos a las noventa y una mujeres de la tercera planta y las bajamos de una en una por la escalera del ala norte, y ninguna preguntó adónde iba, y eso fue lo peor. Once se murieron en el camino, sin más, como se apaga una vela que ya no tiene mecha.
Prendimos el taller, las cubas y las estanterías, y con el fuego subiendo por el pozo del claustro bajé por última vez a la nave de los muertos, y ahí hice lo que llevaba seis años entrenando para hacer y nunca había hecho a esa escala. Corvián me sostuvo desde atrás, con las dos manos abiertas sobre mi vientre, y ordenó. Y yo tragué. Tres mil cuatrocientas once muertes en once minutos. Fue como beberse un río. Salí de allí sangrando por la nariz y por los oídos, y he perdido, esta vez, todo lo que aprendí en la Casa Madre: los ocho años enteros. No sé rezar. No me sé las oraciones que recité mil veces. No recuerdo la cara de ninguna de las niñas con las que crecí. Corvián me sacó en brazos por la carbonera y las noventa mujeres nos siguieron por el camino, en fila, calladas, con el edificio ardiendo detrás. Y luego encontramos el libro. Lo llevaba yo. Lo había cogido del despacho del preboste sin mirarlo, por instinto: un registro de tapas negras con la vela y la ceniza grabadas. Es el registro de las aperturas. Diecinueve grietas. Con su fecha, su lugar, su coste en muertos y su autorización. Sela del Hondo, donde nos conocimos, tiene ochenta y siete muertos anotados en la columna de la derecha con la misma caligrafía cuidadosa con la que se anota una compra de trigo. Y todas, las diecinueve, llevan la misma firma al pie. No es un nombre. Es un cargo, escrito en la lengua vieja: la Primera. —¿Quién es la Primera? —preguntó Corvián. —La fundadora de mi Orden —dije—. La primera velatriz. Lleva muerta trescientos años. Desde la Mudanza. Él se quedó mirando el fuego mucho rato. —En mi lengua —dijo al fin— a esa mujer la llamamos de otra manera. La llamamos la Madre de Todos los Muertos. Y no le rezamos: le tenemos miedo. Nos fuimos al alba, con las noventa mujeres camino del monasterio del valle, donde monjas de verdad se harán cargo de ellas. Yo iba la última, comprobando la fila, y en el recuento me faltaba una. Volví. Corvián me gritó que no volviera y volví igual, porque el ala norte todavía no había caído y porque yo había contado noventa y una y en el camino solo iba noventa. Estaba en la celda ciento cuatro, la última del pasillo, la única con cerradura por dentro. No era una celda. Era un cuarto con alfombras, con libros, con una lumbre encendida y una tetera puesta, y en el sillón, de espaldas a la puerta, había una mujer con el hábito de las hermanas mayores y unos guantes rojos. Los guantes rojos que yo llevo cuatro años llorando. Beltrana Sáez giró la cabeza, me miró por encima del hombro con esos ojos que me enseñaron todo lo que sé, y me sonrió como me sonreía cuando yo era una cría y hacía bien un cierre. Y detrás de mí, en el marco de la puerta, oí a Corvián desenvainar.
—Llegas tarde, niña —dijo mi maestra—. Y te he echado muchísimo de menos. Siéntate, que tenemos que hablar de tu madre.