Un profesor de Islamabad trabaja en la tesis de final de proyecto de un alumno sobre la figura del Rakshasa en la mitología
La tesis maldita
Nunca pensé que terminaría escribiendo esto. Llevo más de veinte años enseñando Historia Antigua en la Universidad Nacional de Islamabad. He dedicado mi vida a desmontar mitos, a desentrañar leyendas, a mostrar a los estudiantes cómo las historias cambian según el poder que las cuente. Nunca fui creyente. Ni en dioses, ni en demonios. Y sin embargo, ahora tengo miedo de cerrar los ojos. Todo comenzó de la forma más banal: con una tesis doctoral. Salman Khan era uno de mis mejores alumnos. Callado, preciso, un lector voraz. Me pidió tutoría para su trabajo final y acepté sin pensarlo. Su propuesta me pareció original: una revisión comparativa de la figura del Rakshasa en la mitología védica y las leyendas populares del Punjab moderno. Un enfoque ambicioso, pero manejable. El folclore demoníaco siempre ha fascinado a los académicos, sobre todo cuando se puede reinterpretar como símbolo político o cultural. La tesis avanzaba sin incidentes. Hasta que Salman comenzó a alejarse. Primero dejó de asistir a las tutorías presenciales. Decía estar trabajando en el archivo del Instituto de Estudios del Sur de Asia, donde le habían facilitado el acceso a manuscritos antiguos gracias a una beca. Luego, empezó a mandarme correos cada vez más erráticos. Uno hablaba de un texto en sánscrito que “describía con detalle la carne y el aliento de los que se alimentan del alma”. Otro decía que había sentido “una presencia” mientras copiaba los símbolos del manuscrito. Pensé que era exceso de estrés. Nada fuera de lo común en un doctorando obsesionado con su tema. Pero algo no cuadraba. Una noche, me llegó un correo. El asunto era: “No abras esto si estás solo”. Dude si leerlo… deje el ordenador durante un tiempo mientras tomaba un te y meditaba… Sentí la curiosidad y necesidad de leerlo, asi que volví a mi correo electrónico y busque de nuevo aquel e-mail entre todos los correos desordenados de mi buzón...
El avance
Efectivamente, no hice caso a la advertencia. Abrí el archivo adjunto. Era una imagen escaneada de un fragmento de manuscrito, copiado en hoja vegetal. Estaba deteriorado, pero se distinguía un símbolo que no había visto antes. Tres líneas cruzadas, como ramas retorcidas, con una especie de ojo al centro, o algo que se parecía a un ojo, aunque malformado, con una pupila hendida hacia abajo. El correo solo decía: “No lo mires por mucho tiempo.” Sentí un escalofrío ridículo. Atribuí mi reacción al cansancio. Cerré el portátil y me fui a dormir. Esa fue la primera noche que soñé con los dientes. Soñé que me mordían. Los días siguientes fueron… confusos. Salman no respondió a mis correos ni a mis llamadas. Pedí informes a la dirección del instituto. Me dijeron que no lo veían desde hacía más de una semana. Volví a mirar el archivo del manuscrito. Intenté identificar el origen. Comparé símbolos con glifos védicos, tantras marginales, incluso rastros de escritura Brahmi. Nada coincidía. El estilo era vagamente gupta, pero… había algo erróneo en el trazo. Como si la mano que lo escribió supiera demasiado y no debiera haberlo sabido. Empecé a sentirme observado en mi propia casa. Escuchaba pasos fuera de mi puerta por las noches. Una mañana, la lámpara de mi despacho apareció rota en el suelo, con marcas de quemadura en la madera. Pensé en llamar a la policía, pero ¿qué les iba a decir? ¿Que un estudiante desaparecido me mandó una imagen rara y ahora tengo miedo? Entonces vino lo de la biblioteca. Un estudiante del turno nocturno fue encontrado desmayado junto a la sección de antropología. Decía haber visto una figura alta, de brazos desproporcionados, que lo olía desde detrás de los estantes. No recordaba cómo perdió el conocimiento. La dirección lo atribuyó a drogas. Yo no. Esa misma noche, en mi buzón físico del despacho, encontré un sobre sin remitente. Dentro había una hoja arrancada del manuscrito. Pero esta vez, había sangre en los bordes. Y garabateado al reverso, una frase en urdu mal escrita: “No estaba dormido. Solo esperaba que alguien lo llamara por su nombre.” Estoy empezando a pensar que Salman lo llamó. Estoy empezando a pensar que lo despertó. Esto no es folclore. No es un símbolo. No es un mito. Hay algo en Islamabad. Algo que tiene hambre. Y creo que me ha visto.
El hambre despierta
No dormí esa noche. Ni la siguiente. Empecé a notar cosas pequeñas primero. Ruidos que no encajaban con los de la casa. Un zumbido leve, como de electricidad mal conectada, justo antes de que las luces parpadearan. Las ventanas se empañaban por dentro, a pesar del calor. Una mañana encontré marcas en el pasillo, como si algo húmedo hubiera cruzado el suelo desde la cocina hasta mi dormitorio. Pensé que me estaba volviendo paranoico. Pero no me estaba volviendo nada. Ya lo estaba. Volví a la universidad. La reja estaba abierta más temprano de lo normal. El conserje no estaba en su garita. No había nadie en los pasillos del edificio de Humanidades. Parecía un domingo, pero era miércoles. Subí al tercer piso. Entré a mi despacho. Todo estaba como lo dejé… o eso creí. Hasta que noté que el archivador de madera, ese que nadie usaba desde hacía años, tenía el cajón más bajo entreabierto. Adentro, entre papeles viejos y fichas amarillentas, había una carpeta con el nombre de Salman Khan escrito a mano. Era su letra, reconocible, pero más temblorosa, más densa. Dentro había varias hojas sueltas. Algunas parecían notas de campo. Otras eran frases repetidas, escritas con una urgencia que me puso la piel de gallina. Algunas estaban manchadas de tinta o… algo más espeso.
Pensamientos
No sé cuánto tiempo pasé leyéndolas. En una de las hojas, Salman había dibujado el símbolo del manuscrito… una y otra vez, en distintos tamaños, en márgenes, en líneas sin sentido. En otra, había una advertencia escrita en mayúsculas:“NO PRONUNCIES EL NOMBRE. NI EN PENSAMIENTO.” Y luego, abajo, en una caligrafía más suave, casi rendida: “Si estás leyendo esto, es porque ya está en ti también.” Me levanté con las manos temblando. Sentí náuseas. El despacho estaba más frío de lo que recordaba. Salí, intentando no mirar atrás, pero juro que escuché un susurro justo antes de cerrar la puerta. Una palabra en un idioma que no conozco. No regresé esa noche a casa. Me quedé en el auto, en el estacionamiento de un centro comercial cerrado. Dormí con la cabeza contra el volante y el corazón latiendo como si me persiguieran. A la mañana siguiente, volví a la universidad. El conserje había muerto. Lo encontraron en el sótano. Dicen que fue un infarto. Pero había algo raro en cómo lo describieron los de seguridad: ojos abiertos, pupilas dilatadas, la mano extendida como si hubiera intentado escribir algo con su propio dedo en el suelo. Pero no había polvo. Solo sangre, formando una espiral incompleta. Esto ya no es una historia sobre una tesis. Ni sobre folclore. Esto es una advertencia. Algo se ha soltado. Y creo que me está usando para ver.
Contagio
Dormí en el coche por tercera noche consecutiva. No quiero volver a mi casa. Ya no estoy seguro de que siga siendo solo mía. Los espejos están cubiertos con sábanas. No por miedo a ver algo, sino porque a veces no me devuelven lo mismo. Fui a recoger mis cosas a la universidad. Pensaba renunciar, desaparecer, irme al norte. Pero cuando abrí la puerta del despacho, alguien ya había estado ahí. No había señales de violencia. Nada roto. Pero faltaba algo. El sobre. El que contenía el fragmento con sangre y la nota en urdu. Me aseguré de que estuviera en el segundo cajón antes de irme. Ahora solo había polvo. Y una palabra escrita en él, como con el dedo: “Recuerda.” Me temblaban las piernas. Salí del edificio sin cerrar la puerta. En la calle, nadie me miraba directamente. Sentí como si estuviera en un lugar que la realidad está empezando a rechazar. Me dirigí al campus central, necesitaba ver a alguien con vida. Cualquier persona. Encontré a Aarif, uno de los asistentes del laboratorio de restauración. Le llamé por su nombre. Se detuvo. Me miró raro. No respondió. Solo dijo: —Ya se te nota en los ojos. Y siguió caminando. Pasé horas deambulando por el campus como un fantasma. Nadie parecía verme realmente. Al anochecer, decidí revisar los mensajes en mi móvil. Esperaba tener alguna señal de Salman, una última pista. Fue entonces cuando me di cuenta. Había conversaciones recientes en mi teléfono. Mensajes enviados desde mi número. Pero no eran míos. No recordaba haber escrito nada de eso. Ni siquiera conocía a uno de los destinatarios. Abrí uno de los chats, y ahí estaba. Una imagen del símbolo, enviada a las 3:12 AM. Y el texto: “¿Te parece hermoso?” No hay registro en mi galería. Y sin embargo, está en el historial de enviados. Fue en ese momento cuando recibí otro mensaje nuevo… otro chat nuevo que aún tengo abierto, y que no debería existir.
Grieta
Cuando volví en mí, el chat ya no estaba abierto. La pantalla del móvil era negra, pero reflejaba una figura que no era exactamente la mía. No recordaba haber escrito la última frase de la conversación... Estaba en mi casa. Alguien—algo—había dejado la puerta abierta. O quizás nunca se cerró del todo. Caminé hasta el escritorio. El portátil estaba encendido. Un archivo nuevo había aparecido en el escritorio. Sin nombre. Solo un símbolo: 𐑒𐑕𐑙 Lo abrí sin pensar. O sin querer pensar. Era un vídeo. De pocos segundos… Sin título. Sin origen. Sin opción de eliminarlo. Inserté auriculares. Subí el brillo. Lo vi entero. El vídeo comienza con una cámara temblorosa, encendida sin intención. Es una sala. Las paredes están agrietadas, pero no por humedad. Hay un sonido de respiración húmeda, como si algo estuviera demasiado cerca del micrófono. La cámara se mueve sin manos visibles. Algo pasa corriendo al fondo, descompuesto, borroso, sin forma fija. Reconcí el lugar… probablemente fuera yo el que sostenía el telefono que lo grabó. Y aquella figura… no se si pudiera ser el Rakshasa o quizá la poca humanidad que faltara de Salman….
Apagué el ordenador. No pude volverlo a encender. Esa noche dormí en el suelo. No por cansancio. Por gravedad. Como si el suelo fuera lo único que aún reconocía de este mundo. No volví a dar clase. No volví a buscar a Salman. Algunas mañanas, despierto con palabras nuevas escritas en los bordes del colchón. No las escribí yo. Pero reconozco mi caligrafía. Una de ellas decía: “Lo que fue invocado no quiere salir. Quiere pasar.” Y otra, en letras más oscuras: “Esto que estás leyendo no fue escrito. Fue recordado.” Hoy me han sangrado las encías de nuevo. Sé lo que eso significa. Volverá a olerme. Y esta vez… no miraré hacia otro lado. ¿Final? O solo la última grieta.