Mi marido volvió del viaje. Luego la policía llamó para decirme que llevaba tres días desaparecido
El martes que volvió
Voy a escribir esto porque necesito que alguien más lo lea. Necesito que alguien me diga que hay una explicación que no he visto. Llevo semanas dándole vueltas y no duermo bien. Sergio está bien, está aquí, y aun así no duermo bien.
Mi marido se llama Sergio. Llevamos once años casados. Tenemos dos hijos, Hugo de nueve años y Martina de seis. Vivimos en un piso en Getafe, trabajamos los dos, los niños van al colegio a dos calles de casa. Nuestra vida es absolutamente normal. Era absolutamente normal.
A finales de octubre Sergio tenía un congreso de tres noches en Bilbao. Cosa de trabajo, algo de logística industrial, no le prestaba mucha atención honestamente. Salió el domingo por la mañana en coche porque prefería conducir a coger el AVE. Le dije que era una locura, casi seis horas de ida. Me dijo que le gustaba conducir solo, escuchar podcasts. Le di un termo con café y se fue.
Los tres días que estuvo fuera fueron completamente normales. Me mandaba mensajes, hablamos por teléfono el lunes por la noche. Me contó que el hotel era mediocre pero que la cena del primer día había estado bien. El martes me mandó un audio corto a mediodía diciéndome que salía hacia las seis, que llegaría tarde, que no le esperara despierta. Le dije que le dejaba la cena guardada. Eso fue lo último que supe de él directamente.
El martes por la noche, sobre las once y cuarto, oí la llave en la puerta. Los niños ya dormían. Yo estaba en el sofá con el móvil, casi dormida yo también. Entró, dejó la maleta en el recibidor, me dio un beso. Le pregunté qué tal el viaje. Me dijo que bien, que largo, que estaba muerto. Le calenté la cena, lentejas que habían sobrado del lunes. Se sentó a la mesa y comió.
Todo parecía normal. Y sin embargo.
Hay cosas que notas de tu marido después de once años que no sabrías explicar a nadie pero que están ahí, en el cuerpo. La forma en que suspira cuando está cansado de verdad. La forma en que come cuando tiene hambre de verdad frente a cuando come por compromiso. Esa noche algo no cuadraba y no sabía decir qué.
Le pregunté por los niños, como hace siempre cuando vuelve de viaje: oye, ¿cómo fue el examen de Hugo el jueves pasado? Tardó un segundo más de lo normal en responder. Solo un segundo. Me dijo que no me había enterado, que cómo le había ido. Sergio siempre pregunta él primero. Siempre. Es una cosa suya, le importan mucho los detalles del colegio, es más pendiente de eso que yo. Ese martes esperó a que yo dijera algo.
Me dije que estaba cansado. Seis horas de coche, tres días fuera. Normal.
Luego lo vi comer. Sergio es diestro. Lleva toda la vida siendo diestro, hay fotos de cuando tenía cuatro años con el tenedor en la mano derecha. Esa noche cogió el tenedor con la mano izquierda. Lo usó así todo el tiempo, con naturalidad, sin darse cuenta. Yo lo miraba sin decir nada. Me dije que a lo mejor le dolía la muñeca, que a lo mejor se había hecho algo en el viaje. No le pregunté.
Después de cenar se levantó a fregar el plato. Sergio frega siempre que puede, es una cosa que agradezco de él. Se remangó la camisa para no mojársela. Y yo miré su antebrazo derecho.
Sergio tiene una cicatriz en el antebrazo derecho. Se la hizo con ocho años, cayó de la bici y se clavó algo en el asfalto, tuvo puntos. Es una cicatriz larga, como de cuatro centímetros, un poco más clara que el resto de su piel. La he visto miles de veces. La conozco tan bien como conozco su cara.
Esa noche no estaba.
La piel de su antebrazo derecho era completamente lisa.
Me quedé mirando sin decir nada. Me dije que la luz de la cocina era mala, que era tarde, que estaba yo cansada. Él no me miraba. Fregaba el plato tranquilamente. Me levanté, le dije que me iba a la cama, que estaba agotada. Me dio otro beso. Su boca sabía igual que siempre. Eso me perturbó más que cualquier otra cosa.
Esa noche me quedé en la cama mirando el techo durante horas. Él dormía a mi lado. Respiraba. Olía a Sergio. Y yo tenía un miedo que no podía nombrar, ahí tumbada al lado de mi marido de once años en nuestra cama de siempre, con mis hijos durmiendo al otro lado del pasillo. Un miedo absurdo. Un miedo sin objeto.
Por la mañana me convencí de que había sido la imaginación. Llevé a los niños al colegio. Cuando volví él seguía en casa, dijo que la empresa le había dado el miércoles libre para compensar el viaje. Yo tenía que hacer un recado, ir al banco, algo así. Me subí al coche.
Sonó el teléfono cuando estaba en el primer semáforo. Número desconocido. Lo cogí.
Era la Guardia Civil.
Me dijeron que habían localizado el vehículo de mi marido abandonado en la N-1, a cuarenta kilómetros de Burgos. Dentro estaban su cartera, su teléfono móvil y el termo que yo le había llenado de café el domingo. La empresa había dado parte de su desaparición el lunes por la noche, cuando no se presentó a la segunda jornada del congreso. Llevaba tres días desaparecido. Le preguntaron si había tenido noticias de él. Yo era el contacto de emergencia.
Me quedé sin palabras en ese semáforo tanto tiempo que el de detrás me pitó.
Lo que pasó después
Volví a casa inmediatamente. El piso estaba vacío. La maleta seguía en el recibidor pero la habitación del baño estaba como siempre, sin rastro de que nadie se hubiera duchado esa mañana. La cama estaba hecha, cosa que Sergio nunca hace. Nunca. En once años no ha hecho la cama una sola vez porque dice que no tiene sentido si la vas a deshacer por la noche.
No llamé a la policía de inmediato. Sé que suena mal pero necesito que entendáis el estado en el que estaba. Me senté en el sofá y me quedé mirando la pared durante no sé cuánto tiempo intentando construir una explicación que tuviera sentido. Que hubiera dos Sergios. Que hubiera un error en la llamada. Que me estuviera volviendo loca.