Un joven mensajero es enviado a través de un campo abandonado, sin saber que algo lo está esperando entre los maizales
Capítulo 1
No sé cuántas veces he escuchado esta historia en mi familia, pero nunca deja de ponerme los pelos de punta. Se la contaron a mi madre cuando era niña, y aunque con los años algunos detalles pueden haber cambiado, la esencia sigue siendo la misma: esto realmente ocurrió. Le pasó a mi hermano mayor, Samuel, hace más de 50 años, cuando todavía era un niño de trece. Vivíamos en un rancho al sur de Texas, cerca del río Bravo, en un lugar donde los caminos de tierra se extendían por kilómetros sin ver otra cosa que campos secos, árboles retorcidos y de vez en cuando alguna cabaña vieja y abandonada. En esos tiempos, la vida en el rancho era dura. No había teléfonos en todas partes, y la única forma de comunicarse entre los ranchos y pueblos cercanos era enviando a alguien con un recado o un paquete. Siempre debía ser alguien de confianza, y en nuestro caso, mi hermano Samuel era perfecto para el trabajo. Samuel era ágil, rápido y no le tenía miedo a nada. Desde que tenía diez años, nuestro patrón lo mandaba a hacer encargos, pagándole con algunas monedas o un buen plato de comida caliente. Pero ese día, el encargo era diferente. —Necesito que lleves este paquete al rancho de los McAllister antes del atardecer —le dijo el capataz mientras le entregaba una pequeña caja de madera atada con una cuerda—. Es importante. No lo pierdas. El rancho de los McAllister estaba a unas dos horas de camino a pie, cruzando una zona desolada donde no había nada más que matorrales, maizales viejos y algunos arroyos secos. Un sendero largo, polvoriento y solitario. Antes de que Samuel partiera, nuestra madre lo llamó aparte y le dio su cantimplora llena de agua. —No hables con nadie en el camino. Si ves algo raro, sigue de frente y no mires atrás. Samuel rodó los ojos y se colgó la cantimplora al hombro. —Ya sé, mamá. —No, Samuel. Escúchame bien. Hace unos días desapareció un hombre en esa zona. Salió a caballo y nunca volvió. No encontraron ni su cuerpo ni al animal. Dicen que algo lo atrapó. Mi hermano soltó una risa. —Seguro se cayó en un arroyo o algo. Nuestra madre no sonrió. —Solo ten cuidado. Y no te salgas del camino. Samuel no se lo tomó en serio, pero obedeció El sol estaba en su punto más alto cuando partió. Las botas de mi hermano se hundían en el polvo del sendero mientras avanzaba, con la cantimplora golpeando contra su cadera y el paquete bien sujeto bajo el brazo. El paisaje era el mismo de siempre: árboles secos a los lados del camino, campos de maíz marchito y algún que otro espantapájaros roto, colgando de postes viejos. Samuel iba tranquilo, disfrutando de la brisa caliente, cuando vio algo más adelante en el sendero. Al principio pensó que era un espantapájaros más, pero conforme se acercó, se dio cuenta de que no era un muñeco. Era una persona. Estaba completamente inmóvil, de pie justo en medio del camino. Llevaba ropa vieja, de manta color crema, como la que usaban los campesinos de la zona. Pero lo que realmente inquietó a Samuel fue su cabeza: estaba completamente cubierta por un velo blanco, como un manto que caía hasta su pecho. El cuerpo de la figura no se movía, no parecía respirar. Samuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Hola? —dijo en voz baja, aunque parte de él esperaba no recibir respuesta. Nada. El extraño permaneció en silencio, como si ni siquiera lo hubiera escuchado. Aceleró el paso para rodearlo, pero cuando estuvo a pocos metros, sintió una presión en el pecho, un instinto primitivo que le gritaba no te acerques más. Algo en esa persona, en su postura rígida, en la forma en la que el velo ocultaba completamente su rostro, le ponía los nervios de punta. Samuel cruzó al otro lado del sendero y pasó lo más rápido posible, con la mirada fija en el suelo. Pero a medida que avanzaba, el aire se hizo más pesado, más caliente. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, no pudo evitar mirar hacia atrás. La figura seguía ahí, en el mismo lugar. Pero ahora su cabeza estaba ligeramente inclinada en su dirección. Como si lo estuviera mirando a través del velo. Samuel sintió un escalofrío y se alejó aún más rápido. Después de varios minutos, el camino se abrió a un campo de maíz abandonado, donde siempre veía a los cuervos merodeando. Pero esta vez no eran cuervos. Eran buitres. Las enormes aves negras daban vueltas sobre el campo, revoloteando sobre algo que Samuel no alcanzaba a ver. Como cualquier niño travieso, aprovechó la soledad del lugar para tomar algunas mazorcas del suelo. No había nadie alrededor. Nunca había visto a un dueño cuidando ese campo. Pero justo cuando metía las mazorcas en su morral, un sonido lo hizo congelarse. Era un silbido. Fuerte. Afilado. Como el de una lechuza… pero demasiado humano. Samuel sintió el pulso en la garganta. Alguien lo estaba mirando. Volteó en todas direcciones, pero no había nadie. Nadie excepto el espantapájaros. Era un muñeco viejo y destartalado, con ropas de manta sucias y un sombrero de paja roto. Pero lo que más llamó la atención de Samuel fue que no tenía cara. O, mejor dicho, su rostro estaba oculto. Cubierto con un sombrero y un velo blanco… Exactamente igual que la figura en el camino. Samuel tragó saliva. Algo dentro de él le decía que no debía quedarse allí. Pero cuando se dio la vuelta para irse, el silbido sonó de nuevo, esta vez mucho más cerca. Y entonces, una voz ronca susurró algo. —Ayúdame. Samuel sintió que el corazón se le detenía. Volteó lentamente hacia el espantapájaros, con el cuerpo completamente tenso. Nada se movía. No había nadie alrededor. Solo el muñeco en su poste, con su sombrero ladeado, como si lo estuviera mirando a través del velo. Samuel tragó saliva. “Fue mi imaginación”, pensó. Aún así, sus dedos temblorosos buscaron en el suelo una rama gruesa. Cuando la encontró, la levantó y con el extremo de la madera empujó el pecho del espantapájaros. Nada. Exhaló aliviado. Pero cuando se giró para irse, la voz volvió a sonar, esta vez más clara. —Ayúdame… Samuel sintió que la sangre le dejaba la cara. Volvió la vista hacia el espantapájaros. Y en ese instante, algo cayó del sombrero. Una cabeza de cerdo seca y podrida, con los ojos abiertos y cubiertos de moscas. La mandíbula se desencajó con un crujido, y en un susurro apenas audible, la boca muerta murmuró de nuevo. —Ayúdame… Samuel salió corriendo sin mirar atrás. No se detuvo hasta que llegó a la puerta del rancho McAllister. Cuando alzó la vista, sintió un nudo en el estómago. Su cantimplora y el paquete no estaban con él. Se los había dejado… junto al espantapájaros.
Capítulo 2
Samuel sintió cómo se le helaba la sangre. Estaba de pie frente a la puerta del rancho McAllister, con la boca seca y el corazón latiéndole en los oídos. No tenía el paquete. No tenía su cantimplora. Los había dejado junto al espantapájaros. Sabía que no podía regresar a casa sin haber cumplido su encargo. El patrón le daría una paliza por irresponsable, y su madre… su madre lo miraría con decepción. Pero más allá del miedo a las consecuencias, lo que realmente le aterraba era otra cosa. Tendría que volver a ese campo. Donde lo estaba esperando el espantapájaros. Donde lo estaba esperando… lo que fuera que estuviera dentro de él. El sol ya comenzaba a descender cuando Samuel tomó aire y regresó por el sendero, esta vez con pasos cautelosos. Cuando llegó al maizal, notó algo extraño. Todo estaba en completo silencio. Ni el viento soplaba entre las hojas secas, ni se escuchaban los buitres graznando. Era un silencio muerto. Samuel se adentró entre las plantas, siguiendo la línea del sendero pisoteado que había dejado antes. Cuando llegó al claro donde estaba el espantapájaros, sintió un escalofrío subiéndole por la nuca. El muñeco ya no estaba en su poste. La estaca seguía en su lugar, con algunos trapos colgando de ella. Pero el espantapájaros había desaparecido. Samuel tragó saliva y se obligó a seguir adelante. Apenas había dado dos pasos cuando vio su cantimplora. Estaba colgada de una de las ramas secas de un árbol cercano, balanceándose suavemente como si alguien la hubiera dejado allí a propósito. Samuel se acercó con la piel de gallina, sintiendo cada músculo de su cuerpo tenso, listo para salir corriendo si algo pasaba. Con dedos temblorosos, agarró la cantimplora y la descolgó. En ese instante, algo cayó del árbol y golpeó el suelo con un ruido sordo. Era el sombrero de paja del espantapájaros. Samuel sintió un nudo en el estómago. Miró a su alrededor. Y entonces, vio el paquete. Estaba en el suelo, justo en la entrada de una cabaña vieja y carcomida que antes no había notado. Samuel sintió un escalofrío. La cabaña parecía abandonada desde hacía años, con las paredes cubiertas de moho y la puerta apenas sostenida por sus bisagras oxidadas. Pero lo que realmente lo inquietó fue un detalle que hizo que su piel se erizara por completo. Justo frente a la puerta, había huellas en el polvo. No parecían de botas ni de zapatos. Eran huellas descalzas. Huellas de alguien grande. Y se dirigían hacia adentro de la cabaña. Samuel tragó saliva. No quería acercarse. No quería entrar. Pero el paquete estaba justo ahí. Si lo dejaba, sería un fracaso. Su madre le había enseñado que un hombre cumplía su palabra, sin importar el miedo que tuviera en el corazón. Así que, con los puños cerrados, se obligó a avanzar. Subió los tres escalones de madera podrida, que crujieron bajo su peso. La puerta estaba apenas entrecerrada. Con una mano temblorosa, Samuel la empujó. El olor lo golpeó como un puñetazo. Un hedor espeso, pesado, a carne podrida y sangre rancia. Samuel contuvo la respiración y dio un paso dentro de la cabaña. La luz del atardecer apenas iluminaba el interior. Solo alcanzó a ver la mesa en el centro de la habitación… y lo que había sobre ella. Cabezas de cerdo. Docenas de ellas, apiladas unas sobre otras. Algunas estaban frescas, con sangre seca goteando de sus hocicos abiertos, mientras que otras estaban secas y podridas, con las moscas zumbando sobre ellas. Samuel sintió que el estómago se le revolvía. El suelo estaba pegajoso, cubierto de sangre seca. No quiso mirar más. Agarró el paquete de la mesa con la intención de salir corriendo de inmediato. Pero entonces, escuchó algo detrás de él. Un ruido de pasos en la tierra afuera de la cabaña. Y luego, un golpe seco en la puerta. Samuel sintió que su cuerpo entero se tensaba. Apenas podía respirar. Algo estaba afuera. Y estaba esperando que saliera. Se giró lentamente, con el pulso golpeándole en los oídos. Y allí, de pie en la puerta, vio a alguien. Un hombre alto, con ropas de manta blanca manchadas de sangre seca. Pero su rostro estaba cubierto con una cabeza de cerdo. Los ojos muertos del animal miraban sin ver, con la piel endurecida y seca. El hocico estaba abierto en una mueca grotesca. Samuel sintió que las piernas se le aflojaban. El hombre cerdo sostenía un machete en su mano derecha. Y sin moverse, sin hablar, solo respiraba pesadamente detrás de la máscara podrida. Samuel no podía moverse. Cada parte de su cuerpo le gritaba que corriera, que huyera de inmediato, pero su cerebro no reaccionaba. Hasta que el hombre cerdo inclinó ligeramente la cabeza. Como si lo estuviera mirando de verdad. Entonces, con un gruñido bajo, dio un paso hacia adentro. Y Samuel salió corriendo. Saltó la mesa, pisoteando los restos de cerdo, y se lanzó hacia la parte trasera de la cabaña. La puerta trasera estaba abierta de par en par, como si lo hubiera estado esperando. Samuel salió disparado hacia el maizal, con las plantas altas azotando su rostro y piernas. Detrás de él, escuchó los pasos pesados del hombre cerdo persiguiéndolo. El sonido del machete rasgando las plantas, cortándolas con facilidad. Samuel apenas podía ver por dónde iba. La luz de la luna se filtraba entre las hojas secas, proyectando sombras largas y retorcidas. Corrió y corrió, pero el maizal parecía no tener fin. Daba vueltas en círculos. Cada vez que giraba, terminaba de nuevo frente a la cabaña. Como si algo lo estuviera guiando hacia allí. Hasta que, en un descuido, tropezó con algo y cayó de bruces en la tierra. Miró hacia atrás… Y lo vio. El espantapájaros. Tirado en el suelo, con sus brazos extendidos… como si intentara agarrarlo. Samuel gritó y lo pateó con todas sus fuerzas. Pero entonces, sintió algo más. El aire se volvió helado. Y justo a su lado, a solo unos metros de distancia, estaba él. El hombre cerdo. Parado en la oscuridad, con la cabeza inclinada, con el machete goteando sangre de las plantas que había cortado. Samuel se quedó sin aliento. El hombre cerdo levantó la mano… y señaló hacia él. Samuel se levantó de un salto y echó a correr con todas sus fuerzas. Pero mientras huía, escuchó su voz por primera vez. Era una voz baja, rasposa, como un susurro ahogado detrás del hocico de cerdo. —Te veo…
Capítulo 3
Samuel corrió con todas sus fuerzas, sintiendo cómo su respiración se volvía errática y sus piernas ardían del esfuerzo. Detrás de él, los sonidos del maizal siendo destrozado eran cada vez más cercanos. El hombre cerdo lo estaba alcanzando. No entendía cómo, pero cada vez que trataba de salir del campo, terminaba de nuevo en el mismo lugar. Era como si el maizal lo estuviera encerrando, como si cada sendero torcido lo empujara de vuelta a donde todo comenzó. La cabaña. El espantapájaros. El hombre cerdo. La idea de estar atrapado allí para siempre lo hizo correr aún más rápido, aunque el suelo irregular y la falta de luz hacían casi imposible avanzar sin tropezar. La luna apenas iluminaba el sendero y cada sombra a su alrededor parecía moverse, como si algo más lo acechara en la oscuridad. Pero entonces, en medio de su desesperación, vio una salida. A lo lejos, más allá del campo, distinguió la silueta de una cerca de madera. Era el límite del maizal. Si lograba cruzar, estaría en campo abierto, lejos de los pasillos sin fin de la milpa. Samuel apretó los dientes y corrió hacia la cerca, forzando sus piernas cansadas a moverse más rápido. Los pasos detrás de él también aumentaron el ritmo. Podía escuchar el machete golpeando las hojas, cortándolas con violencia. El hombre cerdo ya estaba a pocos metros de distancia. Samuel sentía su presencia, su respiración entrecortada, el sonido de la cabeza de cerdo podrida sacudiéndose con cada movimiento. Tres metros. Dos metros. Samuel saltó hacia la cerca, agarrándose del borde con todas sus fuerzas. Sintió un dolor ardiente en la pantorrilla. El machete había rozado su piel, dejando un corte superficial, pero lo suficientemente profundo como para que la sangre caliente escurriera por su pierna. Ignoró el dolor y, con un último esfuerzo, trepó la cerca y cayó pesadamente del otro lado. Se revolcó en la tierra seca, sintiendo el polvo meterse en su boca y nariz. Se giró de inmediato, esperando ver al hombre cerdo saltando tras él. Pero no. El hombre cerdo estaba de pie al otro lado de la cerca, completamente inmóvil. Apenas respiraba, su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si estuviera jadeando. Samuel no podía ver sus ojos, solo el horrible hocico de cerdo y la piel podrida de la cabeza que usaba como máscara. Y entonces, el hombre cerdo levantó lentamente su brazo libre y apuntó su dedo huesudo directamente hacia Samuel. Un susurro salió de la boca muerta del animal. —No debiste tocarlo. Samuel sintió cómo su cuerpo entero se congelaba. Antes de que pudiera procesar esas palabras, el hombre cerdo dio un paso atrás y, sin apartar la vista de él, se desvaneció entre las sombras del maizal. Samuel no esperó más. Se puso de pie como pudo y corrió sin mirar atrás. No supo cuánto tiempo corrió, pero cuando finalmente vio las luces del rancho McAllister en la distancia, sintió que podía respirar de nuevo. Al llegar, el patrón McAllister estaba en la entrada, con una lámpara en la mano y el ceño fruncido. —¿Qué demonios te pasó, muchacho? —preguntó, notando su ropa sucia y la sangre seca en su pierna. Samuel se apoyó en sus rodillas, intentando recuperar el aliento. —El paquete… —logró decir entre jadeos—. No lo tengo. McAllister frunció más el ceño. —¿Se te cayó en el camino? Samuel negó con la cabeza. No tenía fuerzas para explicar lo que había pasado. No tenía fuerzas para contarle sobre el espantapájaros, sobre el hombre cerdo, sobre la cabaña llena de cabezas podridas. McAllister suspiró y puso una mano en su hombro. —No te preocupes por eso ahora. Entra, muchacho. Vamos a limpiarte esa pierna. Samuel apenas pudo asentir. Pero cuando entró a la casa, notó algo que le hizo estremecerse de pies a cabeza. Sobre la mesa del comedor, envuelto en una tela oscura… Estaba el paquete que había dejado en la cabaña. Samuel sintió que su estómago se revolvía. —¿Cómo…? —Un hombre lo trajo hace unos minutos —dijo McAllister con tranquilidad—. No lo vi bien, pero era alto. Vestía de blanco. No dijo ni una palabra, solo dejó esto aquí y se fue. Samuel sintió que el aire se volvía pesado a su alrededor. No quería tocar el paquete. No quería ni siquiera mirarlo. Pero McAllister lo tomó sin problema y lo abrió con cuidado. Dentro, había una cabeza de cerdo seca y podrida. McAllister dejó escapar un gruñido. —Maldito bastardo. Samuel sintió un escalofrío. —¿Quién? McAllister cerró la caja de golpe. —Alguien que no quieres conocer, muchacho. Samuel quiso insistir, pero el viejo patrón solo negó con la cabeza. —Escucha bien esto —dijo, con la voz más seria que Samuel le había escuchado jamás—. Nunca vuelvas a ese campo. Nunca. Samuel no respondió. No necesitaba que se lo dijeran dos veces. Esa noche, McAllister le permitió quedarse en el rancho para recuperarse. Samuel no pegó el ojo. Cada vez que cerraba los ojos, veía la silueta del hombre cerdo parado frente a la cerca. Cada vez que el viento soplaba contra la ventana, su mente le hacía creer que escuchaba un susurro en la oscuridad. No debiste tocarlo. A la mañana siguiente, Samuel partió de regreso a casa con la primera luz del sol. Nunca volvió a tomar un encargo que lo llevara por esa zona. Con los años, trató de convencer a la familia de que quizás todo había sido una alucinación causada por el cansancio y el miedo. Pero en el fondo, sabía la verdad. Algo vivía en ese campo. Algo que no quería ser visto. Algo que no quería ser tocado. Y aunque nunca regresó al maizal, hubo una cosa que jamás dejó de atormentarlo. Porque una semana después, McAllister mandó a un grupo de hombres armados a quemar la cabaña hasta los cimientos. Cuando los trabajadores regresaron, McAllister los recibió con una sola pregunta: —¿Encontraron el espantapájaros? Los hombres intercambiaron miradas nerviosas. —No, patrón —respondió uno de ellos, después de tragar saliva—. No había ningún espantapájaros.