Me invitaron a una cena con compañeros de trabajo. Durante la noche fui notando que todos sabían cosas muy personales sobre mí
La invitación
No sé si esto va a sonar raro. Supongo que desde fuera tiene explicación, pero llevo tres semanas dándole vueltas y cada vez que intento explicárselo a alguien me quedo a medias porque no sé por dónde empezar sin parecer paranoico. Así que lo voy a escribir de principio a fin y que cada uno piense lo que quiera.
Hace tres semanas me llegó un mensaje de una compañera de trabajo, Natalia. Nos conocemos de vista, llevamos quizá un año en la misma empresa, pero nunca hemos hablado de nada más allá de lo estrictamente laboral. El mensaje decía que organizaba una cena en su piso ese viernes y que había invitado a gente del trabajo. Que si me apuntaba.
Estuve a punto de decir que no. Tengo treinta y dos años y cada vez me cuesta más salir de mi zona de confort, ya sé que suena fatal pero es así. Pero pensé que igual me vendría bien socializar un poco más en el trabajo, que últimamente iba, hacía lo mío y me volvía a casa sin hablar con casi nadie. Así que le dije que sí.
Llegué al piso de Natalia. Había otras seis personas, todas de la empresa. Conocía a algunos de cara, a otros no los había visto nunca. Uno de ellos, un tío que se presentó como Marcos, trabajaba en otro departamento y en mi vida habíamos cruzado más de dos palabras.
La cena fue bien. Comida normal, conversación normal, la típica noche de compañeros de trabajo que intentan conocerse fuera de la oficina. Todo correcto hasta que, cosa de una hora después de llegar, Marcos dijo algo de pasada. Estábamos hablando de no sé qué, de cambios de ciudad o de algo así, y él soltó: «Claro, con todo lo de tu padre, imagínate».
Me paré en seco. Mi padre murió hace dos años. Infarto. No hablo de eso en el trabajo. No lo he mencionado nunca. No es algo que haya contado en ninguna reunión ni en ninguna conversación de pasillo. No hay ninguna razón por la que Marcos, que no conozco de nada, supiera que mi padre había muerto.
Le pregunté: «¿Cómo sabes lo de mi padre?». Él me miró un momento con una expresión un poco confusa, como si la pregunta le pillara por sorpresa, y dijo: «No sé, creo que alguien lo comentó en algún momento». Luego siguió con la conversación como si nada. Yo lo dejé pasar. En ese momento pensé que igual sí se lo había contado a alguien en el trabajo y no lo recordaba, o que alguien había dicho algo. No le di más vueltas.
Durante la cena
Pero después vino lo demás.
Una mujer que se llama Cristina, creo que es del departamento de contabilidad, mencionó en un momento de la conversación que ella había vivido en Salamanca de pequeña. Y yo dije que yo también. Entonces ella dijo, como si fuera lo más normal: «Sí, hasta los nueve años, ¿no?». Exacto. Me mudé con nueve años. Nunca lo he dicho en el trabajo. Ni siquiera sé cómo encajó eso en la frase sin que yo lo hubiera dicho antes.
Empecé a prestar más atención. Estaba intentando no notar cosas pero las estaba notando. Otro de los que estaban allí, uno que se llama Iván y que es nuevo en la empresa, hizo un comentario sobre los ascensores. Dijo algo como «hay gente que los odia de verdad, que no pueden ni verlos» y se rio. Nada fuera de lo normal. Pero la forma en que lo dijo, mirando vagamente en mi dirección, con las palabras exactas que habría usado para describir lo que me pasa a mí. Tengo claustrofobia. Nunca lo he dicho en el trabajo. Evito los ascensores siempre que puedo y cuando no queda más remedio entro y no digo nada.
Me quedé callado y empecé a contar. Mi padre. La ciudad. La fobia. Antes de que acabara la cena había sumado cinco referencias distintas a cosas de mi vida que nadie en esa mesa debería saber. Cosas de antes del trabajo, cosas personales, cosas que saben mis amigos de hace años pero que en la empresa no le he contado a nadie.
Lo más raro de todo es que nadie parecía estar haciéndolo a propósito. Nadie me miraba cuando lo decían. No había ninguna sensación de que estuvieran observando mi reacción. Era como si simplemente supieran esas cosas de la misma manera que saben que me llamo como me llamo. Como información de fondo. Normal.
En algún momento, entre el segundo plato y el postre, me excusé diciendo que tenía que madrugar. Nadie puso pegas. Natalia me dijo que me alegraba de que hubiera venido. Marcos me dio la mano. Todo completamente normal. Salí a la calle y estuve un rato parado en la acera sin saber muy bien qué pensar.
Después
La semana siguiente intenté buscarlo de forma lógica. Miré los perfiles de todos los que estaban en esa cena. Ninguno tiene conexión con mis amigos de antes. No hay amigos en común en ninguna red social, ninguna universidad compartida, ningún grupo, nada. No hay ninguna cadena que los conecte con las personas que sí saben esas cosas de mí.
Le pregunté a Natalia, de forma casual, de dónde había sacado mi número para invitarme. Me dijo que se lo había pasado alguien del trabajo. Le pregunté quién. Cogió el teléfono y buscó en el hilo del mensaje original donde le habían reenviado mi contacto. Me lo enseñó. El número que le había mandado mi contacto no estaba guardado. No tenía nombre. Ella tampoco lo reconoció. Intenté llamarlo yo. Número no disponible.
En el trabajo los veo y se comportan con normalidad. Ninguno actúa como si aquella noche hubiera pasado nada. Le pregunté a Marcos, con cuidado, cómo había sabido lo de mi padre. Me miró sin entender. Dijo: «No sé de qué me hablas, tío. No sé nada de tu padre». No era una respuesta evasiva. Era una respuesta genuinamente en blanco. Como si no recordara haber dicho eso.
No tengo explicación. La cena ocurrió. Yo estuve allí. Nadie organizó nada de forma oficial. Nadie sabe quién mandó mi número. Nadie recuerda haber dicho lo que dijo.
Hay una cosa más. Durante la cena fui al baño y en el camino de vuelta pasé por delante de la cocina, que tenía la puerta entornada. Había dos personas dentro hablando en voz baja. No sé quiénes eran porque no los vi, solo oí las voces. Cuando pasé al lado de la puerta pillé una frase antes de que se callaran.
Dijeron: «Aún no lo sabe».
En ese momento no le di importancia. Pensé que igual hablaban de algún cotilleo de la empresa, de algo entre ellos, de cualquier cosa. Ahora no sé. No sé a qué se referían. No sé qué es lo que yo todavía no sé. Y lo peor es que tampoco sé si quiero saberlo.