Una madre cuenta lo que le pasó a su hija de nueve años el verano pasado
Parte 1
No sé ni por qué escribo esto. Supongo que necesito que alguien más lo lea y me diga que tiene una explicación lógica, porque yo ya no sé qué pensar. Me llamo Elena, tengo 38 años, vivo en Málaga, y tengo una hija de nueve años que se llama Lucía.
Todo empezó en junio. Al principio pensé que era cosa del calor, o del cambio de curso, o de cualquiera de esas cosas que las madres nos decimos para no preocuparnos. Lucía dejó de comer bien. No del todo, pero lo suficiente como para notarlo. Se quedaba mirando el plato y luego decía que no tenía hambre. Ella, que antes se pedía repetir la pasta casi todas las noches.
También empezó a dormir mal. La oía moverse por la noche, y un par de veces la escuché hablar sola. Le pregunté qué soñaba y me dijo que no recordaba nada. La llevé a la pediatra, a la doctora Morales, que la lleva desde pequeña. Me dijo que podía ser ansiedad por el inicio del verano, que los niños también la tienen, que le diera magnesio y que volviera en un mes si seguía igual.
Volví antes de un mes.
Lo que lo cambió todo fue un sábado a finales de junio. Estábamos en el jardín trasero plantando tomateras. Yo cavaba y Lucía me ayudaba a poner las plantas en los agujeros, como siempre hacemos. En un momento dado, la pala golpeó algo duro. Pensé que era una piedra grande, pero cuando lo saqué vi que era una figura. Una figurita pequeña, de barro o arcilla, de unos diez centímetros. Tenía forma humana pero los detalles eran raros, como si la hubieran hecho deprisa o con herramientas muy bastas.
Antes de que pudiera mirarla bien, Lucía la agarró. Solo recuerdo que la tenía en la mano, apretada, y que me dijo: 'Es mía.' Con una voz completamente normal, tranquila. No agresiva. Solo... segura. Como si lo supiera. Le pedí que me la dejara ver y ella dijo que sí, pero cuando extendí la mano ya se había metido al interior de la casa.
Esa noche me desperté a las tres de la mañana. No sé qué me despertó. Fui al baño y al pasar por el pasillo vi luz en la habitación de Lucía. Abrí la puerta muy despacio y la encontré sentada en el suelo, al pie de la cama, mirando la pared. De espaldas a mí. Quieta como una estatua.
Le dije su nombre. No reaccionó. Le dije otra vez, más fuerte. Entonces giró la cabeza muy despacio, y me miró. Sus ojos estaban abiertos del todo. No lloraba, no tenía miedo en la cara. Nada. Me dijo, con una voz que sonaba como la suya pero también no, algo más grave, algo más lenta: 'Está despierto ahora.'
Lo juro por lo que más quiero. Eso es exactamente lo que dijo.
La metí en la cama, le puse la mano en la frente, no tenía fiebre. En unos minutos se quedó dormida como si nada. Yo no pegué ojo. A la mañana siguiente busqué la figura por toda la habitación. Por toda la casa. Revisé cajones, la mochila, debajo de la cama, el armario entero. No estaba. Nunca apareció.
La semana siguiente fue cuando empezó a hablar en ese idioma.
No era algo continuo. Era por momentos, casi siempre cuando estaba distraída o justo antes de dormirse. Sonidos que no eran español, ni inglés, ni ninguna de las lenguas que yo pueda reconocer. Sílabas que se repetían, con un ritmo raro, como si estuviera recitando algo de memoria. Lo grabé con el móvil. Tengo cuatro o cinco audios.
Le mandé uno a Marcos, un amigo mío del instituto que estudió filología clásica, latín y griego. Tardó dos días en contestarme. Su respuesta fue básicamente: 'Elena, no sé qué es esto, pero algunos sonidos me recuerdan vagamente a arameo antiguo. No estoy seguro. Nunca he oído arameo antiguo hablado. Pero hay algo en la cadencia.' Marcos no es de exagerar. Marcos es el tipo más escéptico que conozco.
Lucía tiene nueve años. No ha salido de España. En el colegio estudia inglés y algo de francés desde este año. Nunca ha tenido contacto con ningún idioma semítico ni antiguo ni moderno.
Sigo sin saber qué hacer. Os cuento esto porque necesito que alguien me diga que tiene una explicación. Que los niños hacen cosas raras. Que hay alguna razón médica. Lo que sea. Actualizaré si pasa algo más.
Actualización — lo que pasó después
Han pasado unas semanas desde que escribí lo anterior. Muchos me pedisteis que actualizara. Ojalá tuviera buenas noticias.
Lo primero: el audio. Siguiendo el consejo de varios de vosotros, lo subí a un foro de lingüística con una explicación breve. La mayoría de respuestas fueron de gente que no lo reconocía o que decía que podía ser cualquier cosa, que los niños inventan idiomas. Pero un usuario, que tiene perfil de académico y lleva años en ese foro, me respondió de forma privada. Me dijo que había identificado dos secuencias que podrían corresponder a palabras en una variante muy arcaica del arameo oriental. Las palabras, traducidas de forma aproximada, serían algo como 'recuerda' o 'lo recuerda', y 'la puerta'.
No sé qué hacer con esa información. No sé qué significa. Solo sé que desde que lo leí no he dormido bien ninguna noche.
Lucía ahora dibuja. Antes dibujaba lo que dibujan todos los niños: casas, perros, su familia, el mar. Ahora dibuja el mismo símbolo una y otra vez. Es un círculo con algo en el interior. No sé cómo describirlo bien. No es una cara, no es ninguna letra que yo reconozca. Es una forma que parece cambiar un poco según cómo la mires, aunque sé que eso probablemente sea cosa mía. Lo que sí puedo decir es que cuando lo miro demasiado tiempo me siento mal. Un mareo, un malestar en el estómago. He tirado varios de los dibujos. Ella no dice nada cuando los tira. Al día siguiente hay más.
A través de una amiga contacté con un cura. No de forma oficial, que quede claro. No llamé a ninguna parroquia ni pedí ningún exorcismo. Mi amiga conoce a alguien que conoce a este hombre, que es sacerdote pero que al parecer tiene cierta experiencia en casos... raros. No sé cómo llamarlos. Vine a casa el jueves por la tarde. Estuvo con Lucía casi una hora en su habitación, solos, con la puerta entornada. Yo esperé en el salón.
Cuando salió estaba pálido. No exagero. Tenía la cara de alguien que acaba de ver algo que no esperaba ver. Se sentó en el sofá y tardó un momento en hablar. Lo que dijo fue exactamente esto: 'Esto no es lo que estudiamos en el seminario.' Nada más. Me dijo que necesitaba hablar con algunas personas y que me llamaría.
No ha vuelto a coger el teléfono. Le he dejado cuatro mensajes. Mi amiga tampoco sabe nada de él desde entonces.
El martes pasado fue la noche más extraña de todo esto, y eso es mucho decir. Lucía estuvo completamente normal durante todo el día. Y cuando digo completamente normal me refiero a la Lucía de antes, la de antes de junio. Se rio, comió bien, me ayudó a poner la mesa, me pidió ver un episodio de su serie antes de dormir. Parecía ella. Era ella. Yo me estaba convenciendo de que todo había pasado, de que fuera lo que fuera había terminado.