Todo el mundo sabe, que el trabajo de niñera puede ser un poco terrorífico
Capítulo 1
El cielo estaba cubierto de un manto de nubes oscuras cuando Clara bajó del autobús en una zona residencial apartada de la ciudad. La casa de los Soler, una construcción moderna con enormes ventanales y una fachada minimalista, se alzaba en medio de un extenso jardín perfectamente cuidado. Respiró hondo, ajustándose la mochila en el hombro. Era su primera vez cuidando niños, y aunque la paga era generosa, no podía ignorar el leve escalofrío que le recorría la espalda al contemplar aquella casa. Algo en ella la hacía sentir… pequeña. Subió los escalones de la entrada y tocó el timbre. Unos segundos después, la puerta se abrió y apareció Mariana Soler, una mujer de unos cuarenta años, delgada y elegante, pero con el rostro cansado. Su esposo, Leonardo, se asomó detrás de ella, revisando su reloj con impaciencia. —Gracias por venir, Clara —dijo Mariana con una sonrisa tensa—. Los niños ya cenaron y están listos para dormir. Solo necesitan que alguien los cuide mientras estamos fuera. —No hay problema, señora Soler —respondió Clara, esforzándose por sonar tranquila. —Llámame Mariana —corrigió la mujer mientras la hacía pasar. El interior de la casa era todavía más impresionante que el exterior: un enorme salón con sofás de cuero, un televisor de más de 70 pulgadas montado en la pared y una escalera flotante que llevaba al segundo piso. La iluminación era tenue, proyectando sombras largas y distorsionadas sobre el suelo de mármol. Había demasiados espacios abiertos, demasiadas esquinas oscuras. Los niños, Sofía (6 años) y Tomás (4 años), estaban en pijama en la sala, con sus pequeños cuerpos hundidos en el sofá mientras veían una película animada. Sofía la miró con desconfianza, mientras que Tomás apenas le prestó atención. —No suelen tener niñera —explicó Mariana al notar la incomodidad—, pero hoy es una noche especial. Clara no preguntó más. Solo sonrió a los niños y les saludó con voz amable. —Bueno, tenemos que irnos —dijo Leonardo, impaciente. Se acercó a su esposa y le susurró algo que Clara no alcanzó a escuchar. Mariana asintió, luego miró a la joven. —Si necesitas algo, el teléfono fijo está en la cocina. Hay cámaras de seguridad en la casa, pero a veces fallan, así que no te preocupes si ves algo raro en las pantallas. La frase quedó flotando en el aire. Clara sintió un escalofrío, pero forzó una sonrisa y asintió. —No hay problema. Los Soler se despidieron rápidamente y salieron. Clara escuchó el motor del coche alejarse hasta que todo quedó en un silencio absoluto. 9:30 p. m. Los niños se fueron a la cama sin protestar demasiado. Clara los arropó, les dejó una pequeña luz encendida y cerró la puerta con cuidado. Bajó las escaleras, deslizándose los dedos por el cabello, y se dejó caer en el sofá del salón. Demasiado silencio. Solo se escuchaba el leve zumbido del refrigerador en la cocina y el ocasional crujido de la madera en la estructura de la casa. Sacó su teléfono y empezó a scrollear en redes. Un mensaje de su amiga Paula apareció en la pantalla: 💬 ”¿Cómo te va en la mansión embrujada? 😂” Clara sonrió y respondió: 💬 “Todo tranquilo. Una casa enorme y dos niños dormidos. Fácil dinero.” Encendió el televisor, buscando alguna película. Justo cuando la música de inicio llenó la habitación, el teléfono fijo sonó. El repentino ruido le hizo dar un brinco. Volteó hacia la cocina, donde el teléfono inalámbrico parpadeaba con una luz roja. ¿Quién llamaría a esta hora? Se levantó, dudando por un segundo antes de contestar. —¿Hola? Silencio. Luego, una respiración agitada. Clara frunció el ceño. —¿Hola? ¿Quién es? Entonces, la voz: —¿Has subido a ver a los niños? La sangre de Clara se congeló. Su primera reacción fue reír con nerviosismo. Seguro era Paula o algún amigo gastándole una broma. —Muy gracioso —dijo, colgando con un suspiro. Volvió al sofá, tratando de ignorar el ligero temblor en sus manos. No te sugestiones, Clara, se dijo. Es solo una broma. Pero el teléfono sonó de nuevo. Se giró bruscamente, el pecho oprimiéndosele. Caminó con lentitud hacia la cocina y contestó, con un tono más seco: —¿Quién es? —¿Has subido a ver a los niños? Clara sintió un escalofrío recorrerle la columna. La voz era seca, burlona, y esta vez, más nítida. —¿Qué quieres? —dijo con voz tensa. La risa que escuchó al otro lado de la línea no era humana. Era áspera, irregular… como si alguien tratara de imitar una risa pero no supiera hacerlo bien. Clara colgó bruscamente y se abrazó a sí misma. No es nada. Es solo una broma. Su teléfono móvil vibró en la mesa. Era un mensaje de Paula. 💬 “Oye, ¿estás bien? ¿Por qué me llamaste?” Clara sintió un nudo en el estómago. 💬 “Yo no te llamé.” El teléfono fijo sonó otra vez. El estruendo la hizo dar un brinco. Sus dedos temblaban cuando tomó el auricular. —Por favor, deja de llamar —dijo con voz entrecortada. —Ya me he ocupado de los niños… ahora voy a por ti. El teléfono se le cayó de las manos. El silencio que siguió fue peor que la voz. Clara sintió el frío recorrerle la piel. Giró la cabeza lentamente hacia la escalera. Las puertas de los cuartos estaban abiertas. Ella misma las había cerrado. Los niños no hacían ruido. Con el corazón martilleándole el pecho, subió los escalones con pasos temblorosos. Primero revisó el cuarto de Tomás: el niño dormía plácidamente en su cama, arropado hasta la barbilla. Luego miró hacia la habitación de Sofía. La niña estaba despierta, sentada en la cama, mirando fijamente hacia el armario. Clara tragó saliva. —Sofía… ¿qué pasa? Sofía no la miró. Solo susurró: —No está solo. Clara sintió que la realidad se le encogía en el pecho. Detrás de ella, el teléfono volvió a sonar. Y esta vez, el sonido era más fuerte, más estridente… y venía del piso de arriba.
Capítulo 2
Capítulo 2: No Estás Sola El sonido del teléfono resonaba en la oscuridad como un grito afilado, vibrando en las paredes, en los huesos de Clara. Pero ese teléfono no debería estar sonando. El único aparato de la casa estaba en la cocina, en la planta baja. Esto venía de arriba. Sintió que el estómago se le hacía un nudo. Su respiración se volvió superficial y entrecortada. No podía moverse. No quería moverse. Pero entonces Sofía la miró con los ojos muy abiertos y susurró, temblorosa: —Va a bajar. Clara sintió un espasmo de terror puro recorrerle la espalda. Va a bajar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se inclinó rápidamente, tomó a Sofía en brazos y corrió al cuarto de Tomás. El niño seguía dormido, ajeno a la creciente pesadilla que los envolvía. —Tomás, despierta… —susurró con urgencia, sacudiéndolo. El niño gimió, removiéndose en la cama, pero el teléfono seguía sonando. Y sonando. Y sonando. Hasta que se detuvo. Silencio. El tipo sabía que ella había escuchado. Clara se mordió el labio hasta casi sangrar. No había tiempo para pensar. Agarró a Tomás en brazos y salió de la habitación. Debía salir de esa casa. Ya. Pero cuando llegó al pasillo, la luz parpadeó… y se apagó por completo. El mundo quedó envuelto en un negro absoluto. Entonces, pasos. Un sonido amortiguado, lento… desde arriba. Clara sintió que sus piernas se paralizaban. No puede ser. No hay un tercer piso. Arriba solo está el ático. Otro paso. Más cerca. Sofía comenzó a sollozar contra su cuello. Entonces, un golpe seco en el techo, justo encima de ellos. Como si algo pesado hubiera caído sobre la madera. Clara corrió. Bajó las escaleras tropezando con los peldaños, su corazón golpeando su pecho con violencia. Tenía que salir. Llegó a la puerta principal. Giró la manija con todas sus fuerzas. No se abrió. Giró otra vez. Bloqueada. El panel digital de la casa mostraba una notificación parpadeante: 🔒 PUERTAS BLOQUEADAS DESDE EL SISTEMA CENTRAL 🔒 —¡No, no, no, no! —susurró, golpeando la puerta con desesperación. No había activado ninguna alarma. Entonces, su teléfono vibró en su bolsillo. 📩 MENSAJE DE NÚMERO DESCONOCIDO Con los dedos temblorosos, desbloqueó la pantalla. El mensaje contenía una imagen adjunta. Clara sintió que la piel se le erizaba mientras la abría. Era una foto… tomada desde dentro de la casa. En la imagen, ella aparecía de espaldas, sosteniendo a los niños frente a la puerta.
Y justo detrás de ella, en la penumbra del pasillo… una figura alta y delgada se asomaba desde las escaleras. El móvil se le cayó de las manos. —¡Clara, corre! —gritó Sofía, abrazándose a su cuello. Un crujido en la escalera la hizo reaccionar. Sin pensarlo, corrió a la cocina. Los niños lloraban, pero Clara solo podía pensar en buscar una salida. Las ventanas tenían persianas eléctricas cerradas. No podía romperlas. Tomó un cuchillo de la encimera y trató de marcar al 911. Pero el teléfono no tenía señal. —Mierda… mierda… —susurró, mirando a su alrededor. De pronto, un sonido detrás de ella. Un pequeño “clic”. La puerta del pasillo de servicio, que antes estaba cerrada… ahora estaba entreabierta. Alguien la había abierto desde afuera. Entonces, la voz. Suave. Burlona. Cerca. —Ya no puedes salir, Clara. Los niños gritaron. Ella se giró de golpe, cuchillo en mano. Pero el pasillo estaba vacío. Silencio absoluto. Solo el eco de la última palabra flotando en la oscuridad. “Clara.” Un susurro en la casa vacía. Y entonces, el teléfono sonó otra vez. Esta vez, no era el teléfono fijo. Era su móvil. Vibrando en el suelo, iluminando la cocina con su pantalla parpadeante. LLAMADA ENTRANTE 📞 911 Clara sintió un alivio tan profundo que casi lloró. Se apresuró a recoger el teléfono y contestó con voz entrecortada. —¡Por favor, ayúdenme! Hay alguien en la casa, no puedo salir, él está aquí, está— La voz en la otra línea la interrumpió con una orden cortante: —¡Clara, sal de la casa inmediatamente! ¡Las llamadas vienen desde dentro! La sangre se le heló. —¿Qué… qué dijiste? —susurró. —¡Corre, Clara, sal ya! ¡Él está en la casa contigo! Un ruido en la sala. Algo grande y pesado cayendo al suelo. Clara levantó la vista. En la penumbra del salón, una silueta oscura emergió detrás del sofá. Alta. Flaca. Desproporcionada. La cabeza ladeada en un ángulo antinatural. Y Clara juraría que sonreía.
Capítulo 3
El mundo se redujo a un instante de pánico absoluto. La figura se movió. No caminó. Deslizó los pies en la oscuridad, un movimiento antinatural, como si su cuerpo no siguiera las reglas normales de la física. Clara sintió que su mente se partía en dos. Los niños gritaban. Ella corrió. Atravesó la cocina, sintiendo el peso de los pequeños en sus brazos, su respiración entrecortada, el cuchillo todavía en su mano. Se metió en la despensa, una habitación pequeña y sin ventanas. La única luz provenía de su teléfono, que parpadeaba con la llamada de emergencia aún abierta. 📞 911 - En línea —¿Hola? —susurró con desesperación—. ¡Por favor, ayúdenme! ¡Está aquí! —Las patrullas están en camino, Clara. Mantente escondida. No hagas ruido. Clara se llevó una mano a la boca, intentando calmar su respiración. Sofía se abrazaba a su pecho, sollozando en silencio, mientras Tomás temblaba entre sus brazos. Entonces, se escucharon pasos en la cocina. Suaves. Lentos. Explorando. Clara contuvo el aliento. El sonido del piso crujía bajo el peso de aquello. Unos segundos de silencio absoluto. Después, la perilla de la despensa comenzó a girar lentamente. Clara sintió que se le detuvo el corazón. —Ya te encontré. La voz era un susurro húmedo, justo detrás de la puerta. Clara no podía más. Soltó a los niños y apretó el cuchillo con fuerza, lista para atacar en cuanto la puerta se abriera. Pero entonces… Un sonido en la entrada. El clic de una cerradura abriéndose. El sonido de una llave girando en la puerta principal. Una voz. —¿Clara? El tiempo se detuvo. Era la voz de un hombre. Familiar. Leonardo Soler. El padre de los niños. Clara sintió un vacío en el estómago. ¿Qué estaba pasando? —Clara, ¿estás aquí? —la voz de Mariana, la madre, también sonó en el salón—. ¿Por qué las luces están apagadas? No. No. No. Esto no tenía sentido. Los Soler no podían estar aquí. Ellos no eran el peligro. Entonces, ¿quién había estado llamándola? ¿Quién estaba en la casa? Y en ese instante, la puerta de la despensa se abrió de golpe. El pánico explotó dentro de Clara como un relámpago. No lo pensó. Se lanzó con el cuchillo en alto, apuñalando con todas sus fuerzas. La hoja se hundió en algo blando y caliente. Un gruñido de dolor. Un jadeo. El cuchillo se le resbaló de las manos, y la sangre caliente le salpicó los brazos y el rostro. Y entonces, la luz del pasillo se encendió de golpe. El rostro del señor Soler se reveló en la penumbra, con los ojos abiertos de par en par, incrédulo, desgarrado por el horror, mirando el cuchillo clavado en su pecho. —Clara… ¿qué…? Su cuerpo cayó pesadamente hacia atrás, chocando contra los estantes de la despensa, derribando frascos de vidrio y paquetes de comida. El silencio fue absoluto. Clara se quedó paralizada. La respiración se le atascó en la garganta. Las manos le temblaban. Sofía gritó con todas sus fuerzas, su voz un aullido de terror puro. Y entonces, Mariana apareció en la puerta… y lo vio todo. —¡NO! —el grito de la mujer llenó la casa entera. Clara soltó un jadeo ahogado, mirando la escena con los ojos fuera de sus órbitas. No. No. Esto no podía estar pasando. Había matado al padre de los niños. Los Soler habían vuelto temprano. Habían entrado en silencio, sin hacer ruido para no despertar a los niños. Y ella, creyendo que era el intruso, lo había matado con sus propias manos. El cuchillo todavía brillaba en su pecho. La sangre formaba un charco negro en el suelo. Las sirenas de la policía llenaron la calle. Luces rojas y azules parpadearon a través de los ventanales. —¿Qué hiciste? —susurró Mariana, su rostro completamente roto por la desesperación. Pero Clara no podía responder. Porque allí, en el rincón de la despensa, vio algo más. Una sombra. Alta. Desproporcionada. La figura del hombre de la voz, de la respiración áspera, del jadeo burlón. Estaba de pie en la esquina oscura, mirándola fijamente, con los ojos brillando como dos linternas en la oscuridad. Y entonces, sonrió. —Yo no hice nada, Clara. —susurró, inclinando la cabeza en un ángulo imposible—. Tú lo hiciste. Y comenzó a reír. Una risa distorsionada. Inhumana. Los policías entraron corriendo. Los gritos de Mariana. Los niños llorando. Las manos de los oficiales sujetándola, arrebatándole el cuchillo de las manos. Pero Clara no apartó la vista de la esquina de la despensa. Porque él seguía ahí. Solo que nadie más podía verlo. —Nos volveremos a ver, Clara. Y todo se volvió negro.
Epílogo
Un año después… Un hospital psiquiátrico. Habitación 302. Clara estaba sentada en la cama, la mirada perdida, con las muñecas marcadas por las esposas que alguna vez le pusieron los policías. Su cabello estaba más largo. Más descuidado. Sus labios se movían en silencio. Los médicos decían que tenía delirios persecutorios. Que lo que había visto no era real. Que ella había imaginado todo. Pero Clara sabía la verdad. A veces, en las noches, cuando las luces parpadeaban y la habitación se oscurecía, podía escucharlo. Jadeando. Riéndose. Susurrando su nombre. —Clara… Ella cerraba los ojos con fuerza. Se tapaba los oídos. Se repetía a sí misma que no estaba ahí. Pero entonces, el viejo teléfono en la pared sonaba. Riiiiing… Riiiiing… Ella nunca contestaba. Pero sabía lo que diría la voz si lo hacía. ”¿Has subido a ver a los niños?”
FIN. 🔪📞😱