Llevaba meses notando cosas raras en mi piso. Puse cámaras para descubrir qué era
Lo que fui notando
Me llamo Pablo, tengo treinta y cuatro años y llevo tres años viviendo solo en el piso que ahora ya no piso. No sé cómo empezar esto. Supongo que empezando por el principio, que es lo que recomendaría cualquier persona razonable, pero el problema es que durante mucho tiempo no supe que había un principio. Creí que todo era casualidad. Creí que me estaba volviendo un poco paranoico. Os juro que si alguien me hubiera contado esto hace seis meses le habría dicho que estaba exagerando.
El piso es grande para una persona sola. Está en un edificio de los años cuarenta en el centro, techo alto, suelos de madera, paredes con un grosor que ya no se ve. Cuando lo alquilé pensé que era perfecto. Tranquilo, sólido, con ese carácter que tienen los edificios viejos. Ahora pienso en esas paredes gruesas de otra manera.
Lo primero que noté fue la comida. Soy bastante metódico con la compra, hago lista, sé más o menos lo que tengo. A finales de septiembre empecé a notar que cosas desaparecían antes de lo esperado. Galletas. Fruta. Una vez un brick de leche que estaba prácticamente lleno. Me dije que me había despistado, que había comido más de lo que recordaba. Trabajo desde casa, hay días que picoteo sin prestar atención. Lo dejé pasar.
Luego fue el champú. Tengo uno de esos botes grandes y tengo la costumbre de fijarme en el nivel cada vez que lo pongo en la estantería de la ducha, no sé por qué, es un tic. Un martes lo encontré claramente más bajo de lo que debería. No mucho, quizá el equivalente a dos o tres usos. Pensé que quizá se había derramado un poco, que la tapa no cerraba bien. Lo revisé, la tapa cerraba perfectamente. Compré otro bote. Pasé página.
El olor fue lo que más me costó racionalizar. Apareció en octubre, creo. No siempre, no en todas partes. A veces al llegar del supermercado, a veces a primera hora de la mañana antes de abrir ventanas. Un olor difícil de describir. Tierra húmeda, algo ligeramente dulce, ligeramente rancio. Como ropa guardada durante demasiado tiempo en un sitio sin ventilación. Lo asocié con las tuberías, con el edificio viejo, con la humedad de la temporada. Le dije al casero que quizá había algún problema con la fontanería. Vino, revisó, no encontró nada. Me dijo que los edificios de esa edad a veces huelen así. Me lo creí.
Las dos veces que me desperté de noche fueron en noviembre. La primera, sobre las tres de la madrugada. Me desperté con la certeza absoluta de que había escuchado algo, ese tipo de despertar repentino donde ya no hay sueño, solo alerta. Me quedé quieto en la cama escuchando durante varios minutos. Nada. El edificio, las cañerías, la calle. Me convencí de que había sido un sueño y tardé una hora en volver a dormirme.
La segunda vez fue tres semanas después, y esta vez el sonido fue más claro. Un movimiento. Pasos no exactamente, más como un desplazamiento de peso, algo que se mueve con cuidado pero no con suficiente cuidado. Venía de la parte trasera del piso, de la zona del trastero. Me senté en la cama. Escuché durante cinco minutos largos, contando los segundos. No se repitió. Cogí el móvil, encendí la linterna, fui hasta el pasillo. Nada. La puerta del trastero cerrada. Todo en su sitio. Me dije que era el edificio. Los edificios viejos crujen y se mueven y hacen ruidos que no tienen explicación razonable. Me lo repetí hasta que lo creí.
El trastero es una habitación grande, lo suficiente para tener dentro una butaca y no agobiarte. Está al fondo del pasillo, pasando el baño. Cuando me mudé metí dentro todo lo que no cabía en los otros cuartos: cajas de libros, maletas, cosas de la mudanza que llevo tres años sin necesitar. Todo etiquetado, todo apilado. Nunca entro porque nunca tengo motivo para entrar.
En algún momento de esos cuatro meses intenté abrir la puerta. No recuerdo exactamente cuándo, creo que fue a raíz del primer despertar nocturno, cuando quise revisar el piso entero para quedarme tranquilo. La puerta estaba más dura de lo habitual, había que empujar con el hombro. Asumí que la madera se había hinchado por la humedad. No entré. No sé por qué no entré. Supongo que no quería desordenar todo para no encontrar nada.
Para diciembre dormía mal con regularidad. Me costaba conciliar el sueño, me despertaba a horas raras, me levantaba a revisar que la puerta de entrada estuviera cerrada. Lo revisaba una vez y luego volvía a la cama y pensaba en si lo había comprobado bien y tenía que levantarme a comprobarlo otra vez. Sabía que era una espiral irracional pero no conseguía pararla.
Compré las cámaras en un impulso un domingo por la tarde. Dos cámaras pequeñas de seguridad, de esas que se conectan al wifi y graban en la nube. Una para el pasillo principal, una para el salón. Las compré diciéndome que era una medida de seguridad razonable para alguien que vive solo, que mucha gente las tiene, que no tenía nada de raro. Pero sí tenía algo de raro, porque yo sé lo que pensaba mientras las instalaba. Pensaba que quería prueba de que no estaba perdiendo la cabeza. Que si no había nada en las grabaciones, podría dormir tranquilo. Que si había algo, al menos sabría que no estaba inventándome nada.
Las dejé grabando tres días. Tres días en los que intenté comportarme con normalidad, en los que me dije que cuando revisara el vídeo vería horas de pasillo vacío y me reiría de mí mismo. El miércoles por la tarde me senté con el portátil, abrí la aplicación y empecé a ver las grabaciones desde el principio.
Las cámaras
La primera noche no había nada. Pasillo vacío, salón vacío, el contador de horas corriendo en la esquina inferior derecha. Me tomé una cerveza mientras lo veía, saltando en bloques de veinte minutos, buscando cualquier cosa. Nada. Dormí mejor esa noche que en semanas.
La segunda noche apareció a las 2:47 de la madrugada.
Al principio pensé que era un fallo de la cámara, un error de compresión, algo. La figura entró al encuadre desde el fondo del pasillo, desde la dirección del trastero. Se movía despacio. No de la forma en que uno se mueve despacio porque tiene sueño o porque no quiere hacer ruido. De la forma en que algo se mueve cuando el movimiento rápido no es una opción, cuando cada desplazamiento es deliberado y calculado.
Llevaba un hábito negro. Eso fue lo primero que procesé. Un hábito religioso, largo, de esos que llegan hasta el suelo, con tocado. Como el de una monja. Pero no era exactamente como el de una monja, y tardé un momento en entender por qué. Era demasiado largo. El borde de la tela arrastraba por el suelo más de lo que debería para cualquier persona de altura normal, y cuando la figura se movía la tela no se comportaba del todo bien, no caía con la gravedad correcta, como si hubiera algo mal en la relación entre el cuerpo que la llevaba y la ropa que lo cubría.
La cara era una máscara. Blanca, de porcelana o algo que lo parecía, con facciones muy finas, casi infantiles. Los pómulos altos, la nariz pequeña, los ojos representados por curvas suaves sin profundidad. Y la boca. La boca tenía los labios cosidos, unidos por algo oscuro y regular, hilo o alambre, no podía determinarlo desde la cámara. No había apertura. No había expresión. Era una superficie lisa con el único detalle de esa costura en el sitio donde debería haber labios.
Fui a la cocina. Eso lo entendí porque desapareció del encuadre del pasillo y segundos después aparecí en la grabación de la cámara del salón, que tiene ángulo parcial hacia la entrada de la cocina. Sabía dónde estaba la cocina. Sabía el camino sin titubear, sin buscar con la mano la pared, sin detenerme. Conocía el piso.
Abrió la nevera. Lo vi en el ángulo de la cámara del salón, la luz del interior proyectándose hacia fuera. Cogió algo, no pude ver qué exactamente. Y entonces se quedó quieta. De pie frente a la nevera abierta, cuarenta segundos exactos, sin moverse. Os juro que estaba mirando esa grabación en mi portátil, en mi sofá, a mediodía con luz natural, y sentí un frío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Entonces se giró.
La máscara miró directamente a la cámara.
No se movió durante ocho minutos. Ocho minutos con la cámara corriendo y la figura inmóvil y la máscara blanca apuntando exactamente al objetivo. No parpadea, claro que no parpadea, es una máscara. Pero la ausencia de parpadeo le daba algo a esa mirada que no sé cómo describir. Como una fijeza que va más allá de lo anatómico. Como algo que te mira de una forma en que los ojos no son el instrumento principal.
A los ocho minutos volvió al pasillo. La cámara de allí la recogió pasando de nuevo hacia el fondo, hacia el trastero. La puerta se cerró. En la grabación se oye, un clic suave, controlado.