Vuelves a casa sola. Una figura con capa y sombrero de copa te sigue. Tú decides cómo sobrevivir
La calle Reina
Sales del turno de noche a las doce menos cuarto. La oficina de administración del hospital cierra tarde los jueves, y el autobús que debías coger pasó hace dieciocho minutos sin que pudieras alcanzarlo. No es la primera vez que caminas sola por la calle Reina a esta hora, y siempre has pensado que era una calle razonablemente segura: farolas de sodio amarillo, escaparates, algún bar todavía abierto en las bocacalles. Dos manzanas. Cuatro minutos a paso rápido.
Llevas los auriculares puestos, escuchando un podcast sobre historia medieval que te resulta justo lo bastante aburrido para relajarte después de ocho horas de pantalla y formularios. Las llaves ya están en tu mano, costumbre de años, el llavero apretado entre los dedos. El pavimento brilla un poco por la lluvia de antes. Un taxi pasa sin detenerse. El aire huele a piedra mojada y al aceite de una freiduría que ya ha cerrado pero que impregna la acera.
Lo ves en el escaparate de una zapatería. El cristal actúa como espejo imperfecto, devolviendo la imagen de la calle detrás de ti en colores apagados y geometría ligeramente distorsionada. Al principio lo interpretas como un poste, como algo arquitectónico. Pero los postes no se mueven. Te sacas un auricular.
Te giras, solo un poco, lo justo para mirar por encima del hombro izquierdo. A sesenta metros, quizás menos, hay una figura. Alta de una manera que no encaja con ninguna persona que hayas visto en tu vida: casi dos metros y medio de altura, delgada hasta lo imposible, como si alguien hubiera estirado una silueta humana hacia arriba sin añadir anchura. Una capa negra larga le cae desde los hombros y arrastra por el suelo mojado, pero no hace ningún sonido al hacerlo. Un sombrero alto, victoriano, de copa, recortado contra el halo amarillo de la farola más cercana.
No corre. Camina. Paso medido, constante, sin apresurarse. Y sin embargo parece cubrir la distancia con una eficiencia que no corresponde al ritmo que observas. Como si el espacio entre vosotras se comprimiera de manera independiente a sus zancadas. La cara está en sombra. No porque la luz no llegue hasta allí, sino porque la sombra parece instalada en ese espacio de forma permanente, resistente a cualquier fuente de iluminación.
Tu edificio está a dos manzanas. Calle Reina 14. Conoces el código de memoria: 2547. Las llaves ya están en tu mano. El único sonido en la calle es el tráfico lejano de la avenida y, si escuchas con suficiente atención, nada más. La capa arrastra el pavimento en silencio. Te preguntas cuánto tiempo lleva siguiéndote.
El portal
Caminas rápido, sin llegar a correr, porque algo en ti sabe que correr cambiaría algo. No sabes qué, pero lo sientes con la misma certeza con que sabes que no debes mirar atrás. La acera parece más larga que de costumbre. Los escaparates te devuelven tu propia imagen apresurada, los ojos demasiado abiertos, el aliento visible en el aire frío de marzo.
Llegas a Calle Reina 14. La fachada de piedra gris, el panel metálico de seguridad con su teclado numérico y la pequeña luz verde que indica que el sistema funciona. Tu edificio. Tus veintisiete metros cuadrados en el cuarto piso. La distancia entre este teclado y tu cama es exactamente lo que te separa de sentirte a salvo.
Te permites una fracción de segundo para mirar por encima del hombro. La figura ha cubierto la mitad de la distancia. Sigue sin correr. Sigue con ese paso uniforme, sin variación, sin esfuerzo aparente. El sombrero oscila levemente, solo un poco, como si la figura estuviera compensando una brisa que no existe.
A tu izquierda, a apenas dos metros, está el bar El Tranquilo. Un local de veinticuatro horas con luz amarilla cálida filtrándose por el cristal empañado de la fachada. Puedes ver la silueta del barman detrás de la barra y la de una pareja sentada en la mesa del fondo. Vida ordinaria. Luz. Gente. Está a dos pasos.
Tus dedos ya están sobre el teclado del portal. El código es 2547. Lo has marcado cientos de veces. La luz verde parpadea, esperando. Si entras, la puerta metálica es pesada y el cierre es automático; tardará tal vez tres segundos en asegurarse después de que pases. Si te metes en el bar, hay gente, hay testigos, hay teléfonos.
El vestíbulo
Marcas el código. La cerradura cede con un clic metálico satisfactorio. Empujas la puerta, entras, y la dejas cerrar detrás de ti con un golpe sordo y definitivo que retumba en el vestíbulo vacío. El silencio interior es inmediato, distinto al silencio de la calle: aquí el sonido de la ciudad queda amortiguado por veinte centímetros de piedra y metal.
Te giras y miras a través del cristal de la puerta. La figura se ha detenido en la esquina. No ha acelerado el paso. No ha intentado alcanzar el portal antes de que cerrara. Está allí, inmóvil, a unos cuarenta metros, recortada contra la calle vacía como algo pintado sobre el fondo de la noche. Mirándote. O lo que sea que haga con esa cara que no puedes ver.
El vestíbulo de tu edificio huele a fluorescente zumbante, a buzones de correos pintados de verde que nadie ha tocado desde los años noventa, y al guiso de alguien del tercero que siempre cocina tarde. Es un espacio que conoces bien: diez metros cuadrados, suelo de mármol viejo, la escalera a la derecha y el ascensor en el centro.
El ascensor. La jaula de rejilla metálica con su puerta de acordeón que lleva funcionando cuarenta años y suena a ello. El indicador de planta sobre la puerta muestra un número iluminado. Lo miras. Cuarto piso. El ascensor está arriba, en el cuarto, tu planta. Alguien lo ha llamado desde arriba, o ha subido hasta allí. O algo lo ha llamado. Por las ranuras de la jaula metálica no puedes ver nada, solo el pozo de sombra del hueco.
La escalera de la derecha: seis tramos de mármol gastado con barandilla de hierro forjado. Siempre cruje un poco en el segundo descansillo, pero es silenciosa si sabes dónde pisar. A través del cristal del portal, la figura sigue sin moverse. No va a ningún sitio. Tiene todo el tiempo del mundo.
Cuarto piso
Subes pegada a la pared, contando los escalones en silencio para no pisar los que crujen. Primero. El fluorescente del descansillo parpadea una vez y se estabiliza. Segundo piso: el olor a guiso es más fuerte aquí, procedente del piso de los Martínez, que siempre tienen la televisión encendida hasta tarde. A través de la puerta se escucha el murmullo apagado de las noticias.
Tercer piso. El fluorescente de este descansillo está fundido, lleva semanas fundido, has enviado tres emails a la administración de la finca sin respuesta. Subes los últimos escalones en oscuridad casi completa, con la mano izquierda sobre el pasamanos de hierro frío, los dedos de la derecha apretando las llaves hasta que el metal se clava en la palma.
Cuarto piso. La luz funciona aquí. Seis puertas de apartamento a lo largo de un pasillo de unos quince metros. La tuya es la cuarta a la izquierda: 4D. La conoces como conoces tu propia cara. Ves la mirilla, el felpudo de esparto, el número dorado ligeramente torcido que llevas dos años sin enderezar.
Estás a menos de diez metros de tu puerta cuando el teléfono vibra en el bolsillo. Lo sacas y miras la pantalla. Marco. Una foto de los dos en un festival de hace tres años, él con una cerveza, tú con una ristra de banderas de plástico en la cabeza que encontrasteis en el suelo. Es la foto de contacto que él mismo eligió. No habéis hablado desde hace una semana. Marco nunca llama a esta hora. Son las doce y veinte de la noche.
El teléfono vibra. Tu puerta está a nueve metros. Puedes entrar, encerrarte, y llamarle desde dentro. O puedes contestar ahora, aquí, en el pasillo, con la espalda al descansillo y seis puertas cerradas a tu alrededor.