Un estudiante se obsesiona con una compañera que guarda secretos inhumanos en su apartamento
Capítulo 1
Era mi segundo semestre en la Universidad de Michigan cuando apareció en mi vida. Se llamaba Clara Whitaker, una estudiante transferida de algún pueblo perdido en los bosques de Maine. Recuerdo perfectamente el primer día que la vi - sentada sola en el aula, con sus manos pálidas entrelazadas sobre el escritorio, mirando fijamente hacia adelante con unos ojos tan oscuros que parecían dos pozos sin fondo. Cuando me senté a su lado, giró la cabeza con un movimiento demasiado fluido, casi reptiliano, y sonrió mostrando unos dientes perfectamente blancos... demasiado perfectos. "Por fin llegaste", susurró. Como si me hubiera estado esperando. Su apartamento era un pequeño estudio en un edificio antiguo cerca del campus, uno de esos lugares que las inmobiliarias describen como "con encanto histórico" pero que en realidad huelen a humedad y a algo más indefinible, algo rancio. La primera vez que entré, noté que todas las ventanas estaban cubiertas con pesadas cortinas negras, incluso durante el día. Las paredes estaban decoradas con extraños símbolos pintados con lo que parecía sangre seca, aunque ella insistía que era solo tinta. "Son protecciones", me dijo cuando pregunté, pasando sus largos dedos sobre los diseños. Sus uñas siempre estaban inmaculadamente limpias, pero con un tinte rojizo bajo las puntas, como si se hubiera rascado algo - o a alguén - con demasiada fuerza. Al principio todo parecía normal, o al menos lo suficientemente normal para una relación universitaria. Pasábamos las noches estudiando (o fingiendo estudiar) en ese pequeño espacio, aunque yo siempre terminaba sintiéndome extrañamente agotado después. Pero después de que me mudé con ella, las cosas cambiaron. Comencé a despertar con moretones que no recordaba haberme hecho. Pequeños cortes en mis brazos que parecían hechos con uñas muy afiladas. Y siempre, siempre, ese sabor a hierro en mi boca por las mañanas, como si hubiera estado chupando monedas toda la noche. Clara empezó a insistir en que tomara un "tónico especial" que preparaba cada noche. Un líquido espeso y oscuro que olía a tierra mojada y que dejaba mi garganta adormecida. "Es solo un remedio familiar", decía mientras me observaba beber cada gota con esos ojos negros que nunca parpadeaban lo suficiente. "Te ayudará con el estrés de los estudios." Mi deterioro fue rápido y alarmante. En cuestión de semanas pasé de ser un jugador de rugby a un espectro demacrado que apenas podía levantarse de la cama. Mis padres, cuando finalmente lograron verme a través de las excusas de Clara, no reconocieron al hijo que habían dejado en la universidad apenas unos meses antes. "Estás trabajando demasiado", me decía Clara cada mañana mientras preparaba ese maldito brebaje. Sus palabras eran dulces pero sus ojos... sus ojos brillaban con algo que no era preocupación. Era anticipación. Era hambre. La noche que intenté escapar comenzó como cualquier otra. Clara me dio mi "medicina" habitual y me arropó en la cama como a un niño. Pero esa vez, en lugar de dormirme inmediatamente, sentí un dolor agudo en el estómago que me mantuvo despierto. Cuando estuve seguro de que Clara dormía (aunque ahora me pregunto si alguna vez realmente dormía), me arrastré fuera de la cama. Mis piernas temblaban como las de un recién nacido. El apartamento estaba en silencio, excepto por el sonido de la respiración de Clara - demasiado lenta, demasiado medida para ser humana. Fue entonces que vi la sal. Montones de sal fina formando un círculo perfecto alrededor de nuestra cama. Y más sal esparcida en el umbral de la puerta, como una barrera. Mi mente, aún nublada por meses de ese líquido venenoso, apenas podía procesar lo que significaba. Pero mi cuerpo entendió el peligro antes que yo. Con un esfuerzo sobrehumano, logré llegar a la puerta. El picaporte estaba frío bajo mis dedos. Tan frío que casi quema. Cuando finalmente lo giré y abrí la puerta, una ráfaga de aire helado me golpeó en la cara. Era la primera bocanada de aire fresco que tenía en meses. "¿A dónde vas, amor?"
Capítulo 2
Su voz vino desde atrás de mí, tan cerca que pude sentir su aliento en mi nuca. Un aliento que olía a carne podrida y a tierra de cementerio. Cuando me di la vuelta, Clara estaba allí, pero ya no era la estudiante universitaria que había conocido. Su piel parecía estar moviéndose, como si algo debajo intentara salir. Sus ojos ya no eran solo oscuros - ahora eran completamente negros, sin blanco, sin iris. Y su sonrisa... Dios, su sonrisa se extendía demasiado hacia los lados, mostrando unos dientes que ahora eran afilados y numerosos, como los de un pez abisal. "Vuelve a la cama", susurró, y aunque cada fibra de mi ser gritaba para correr, mis piernas me llevaron de vuelta al círculo de sal como un perro obediente. No recuerdo mucho de lo que pasó después. Solo fragmentos: el sabor a cobre en mi boca, el sonido de mis propios gemidos, la sensación de algo frío y húmedo deslizándose bajo mi piel. Fueron mis padres quienes me rescataron, alertados por una vecina que había escuchado "ruidos extraños" provenientes del apartamento. Cuando me encontraron, pesaba 45 kilos y mi piel estaba cubierta de extraños símbolos dibujados con lo que los médicos asumieron era tinta, pero que nunca pudieron quitar completamente. Clara había desaparecido. El apartamento estaba vacío, excepto por los símbolos en las paredes y el olor persistente a carne en descomposición. La policía nunca la encontró. Años después, mientras caminaba por el campus durante una visita nostálgica, la vi. Estaba sentada en el mismo banco donde nos conocimos, hablando animadamente con un joven estudiante de primer año. Él sonreía, colgando de cada una de sus palabras, con ese mismo brillo en los ojos que yo debí tener una vez. Cuando nuestras miradas se encontraron, Clara sonrió. No la sonrisa de la estudiante universitaria que una vez amé, sino la sonrisa de la cosa que vivía bajo su piel. Una sonrisa que prometía que nunca se detendría, que siempre estaría hambrienta, que siempre encontraría nuevos jóvenes prometedores para consumir. Y lo peor de todo fue darme cuenta de que, en algún lugar profundo dentro de mí, una parte de mí todavía anhelaba volver a su círculo de sal.