¿Que pueden tener en común 3 niños desaparecidos, una muñeca y una bruja?
Capítulo 1
Relato obtenido de un antiguo foro de 4Chan: Hola, me llamo James y actualmente tengo 54 años. La historia que voy a contar ha permanecido conmigo, prácticamente en secreto, durante más de 30 años. Siempre ha estado presente en mi vida, especialmente en mis pesadillas; tanto es así que, a día de hoy, aún me cuesta conciliar el sueño. Tras muchos años sufriendo esto, mi psiquiatra me ha recomendado contarla abiertamente, con la esperanza de liberarme de su peso. Por ello, he decidido compartirla aquí con todo el mundo. Todo ocurrió en un pequeño pueblo cerca de mi ciudad natal, Nashville. No diré la localidad exacta, pero si buscas por internet tampoco te será difícil encontrarla. Tenía alrededor de 9 o 10 años cuando, un día, el pueblo amaneció alarmado con una noticia impactante. Yo era muy pequeño y realmente de aquello recuerdo muy poco. Lo que sé es por lo que escuché con los años, ya que la historia permaneció viva en el pueblo y era conocida por todos. Aquel día, tres niños desaparecieron: eran tres hermanos de 4, 6 y 10 años. Uno de ellos tenía prácticamente mi misma edad, y aunque iba a mi colegio, sinceramente no recuerdo si lo conocía. Tras su desaparición, el pueblo entero se movilizó para buscarlos: policía, vecinos, todos participaron en la búsqueda. Registraron todos los sitios imaginables e inimaginables: ríos cercanos, bosques, pozos... pero sin resultado. Tras varios días, llegaron refuerzos externos con perros, helicópteros y equipos más sofisticados, aunque nadie logró encontrar rastro alguno. Cuatro días después, unos niños confesaron a sus padres que aquel día habían estado con los hermanos antes de su desaparición. Según parece, querían entrar a jugar en una antigua casa abandonada. Los tres hermanos entraron, pero los otros niños, por miedo, decidieron no participar y se marcharon. Aquella casa era típica en los pueblos, rodeada siempre de historias terroríficas para atemorizar a los más pequeños. Yo recuerdo aquella casa con auténtico pánico. Pasaba por delante todos los días camino al colegio, siempre corriendo y evitando mirarla. Se decía que allí había vivido una bruja que, en los años 60, raptaba a niños, engañándolos con dulces y golosinas para atraerlos a su casa, de donde nunca volvían a salir. Según la historia, una noche los vecinos, ante la indiferencia de las autoridades, tomaron la justicia por su mano y entraron a la casa, matando a golpes a la bruja. Desde entonces, la casa quedó abandonada y se consideró maldita. Esto era lo que se contaba cuando yo era pequeño, pero no sé si tenía algo de realidad o simplemente era una leyenda urbana, pues años después intenté buscar información sobre ello sin éxito. Sea como fuere, tras el testimonio de aquellos niños, la policía creyó haber encontrado una nueva pista e inició una búsqueda exhaustiva en la casa abandonada. Allí no encontraron nada, solo una vivienda vacía y destrozada por las fiestas que algunos jóvenes realizaban de vez en cuando en su interior. Cabe decir que la policía nunca tuvo muchas esperanzas en encontrar algo relevante allí. Sin embargo, los vecinos del pueblo, quizá alimentados por aquellas antiguas leyendas, estaban convencidos de que esa casa era responsable de la desaparición.
Capítulo 2
Los años pasaron, y los niños no aparecían. Poco a poco aquello dejó de ser noticia para convertirse en un recuerdo, y sobre todo, en una leyenda. Cuando tenía 20 años, comencé a trabajar en una empresa cerca de mi casa, dedicada a la construcción. Tras seis meses trabajando, nuestro jefe nos encargó un nuevo proyecto: teníamos que reformar la casa de la bruja. Al parecer, alguien la había comprado y quería derribarla para construir algo completamente nuevo. He de reconocer que, cuando escuché aquellas palabras, aun teniendo 20 años, me asusté muchísimo. Aquella casa, aquellos niños desaparecidos, habían sido mi pesadilla desde niño, y ahora tenía que ir allí a trabajar. Al principio me costó mucho, pero una vez allí, rodeado de todos mis compañeros, aquel lugar ya no parecía tan terrorífico. Estuvimos trabajando allí todos los días durante un par de semanas, vaciando el interior y realizando diversas tareas de reforma. Uno de mis encargos principales se centró en la reforma del sótano: había que quitar todo el suelo y sanear los cimientos. Fue un trabajo muy duro, ya que no podíamos usar maquinaria pesada, por lo que tuve que usar pico y pala para levantar todo el suelo. Fue entonces cuando, un día, descubrí algo inesperado. Estaba cavando con la pala, retirando tierra, cuando noté que chocaba con algo duro. Dejé la pala a un lado y comencé a quitar la tierra con las manos. Poco a poco, descubrí una especie de caja de madera pequeña. Retiré toda la tierra cuidadosamente y saqué aquella caja. Me quedé extrañado: parecía una especie de ataúd, pero en miniatura, de unos 45 centímetros de alto por 20 de ancho. No tenía inscripciones ni marcas, solo era madera vieja, sucia y húmeda. En aquel momento me encontraba solo en la excavación, pues mis compañeros estaban almorzando. Quizá debería haber llamado al capataz para informarle sobre el descubrimiento, pero en ese instante ni siquiera lo pensé. Movido por el temor y la curiosidad, percibí que la caja contenía algo y decidí abrirla. Todo ocurrió rápidamente, sin detenerme a considerar lo que podría encontrar. Al abrirla, me sorprendió descubrir en su interior una antigua muñeca de trapo y cera. Su aspecto era aterrador; estaba sucia, vieja y su rostro se quedó grabado profundamente en mi retina. En ese instante comenzaron a surgir preguntas en mi mente: ¿qué hacía aquella muñeca allí enterrada?, ¿qué niño o niña podría querer jugar con algo así? Sin embargo, lo peor aún estaba por llegar. Decidí sacar la muñeca de la caja, y al hacerlo escuché cómo algo pequeño se desprendía de ella y caía dentro del ataúd. Aparté la muñeca para ver qué había caído, y en el fondo, en una esquina, observé un objeto diminuto y blanco. Lo tomé cuidadosamente con las yemas de mis dedos y lo inspeccioné. Al principio no fui capaz de identificarlo, pero al mirarlo con más detenimiento, un frío intenso recorrió mi espalda. ¡Parecía un diente! Y por el tamaño, podría ser un diente de niño. Lo solté de inmediato sobre la caja y quedé durante unos segundos en shock. Aún sostenía la muñeca con la otra mano. Entonces me dio por girarla y mirar su espalda. Allí tenía una raja, como si alguien la hubiese abierto con un cuchillo. Enseguida comprendí que era allí donde había estado el diente y que al sacar la muñeca de la caja se había desprendido. Sin pensarlo mucho, metí la mano en aquella abertura y comencé a explorar. ¡Joder! Había más cosas. Empecé a vaciar el interior de la muñeca sobre la caja. Lo primero que salieron fueron tres papeles arrugados, como bolas de papel hechas a mano. Una vez vacié la muñeca por completo, cogí uno de los papeles y lo abrí. Lo que descubrí volvió a dejarme sin respiración: un nombre. El papel solo tenía escrito un nombre: Samuel. Quizá ese nombre no te diga nada, pero a mí me decía mucho. Era el nombre de uno de los hermanos que desaparecieron cuando yo era niño. Aquello me dio un vuelco al corazón. No podía ser. Lo que estaba viviendo tenía que ser una pesadilla. ¿Cómo podía ser real? Decidí mirar el segundo papel, aunque algo en mi interior ya sabía lo que iba a encontrar: Sam. Efectivamente, era el nombre de otro de los hermanos. Y por último, Josh, el nombre del último de los hermanos. ¡Aquello era aterrador! Pero ¿qué significaba todo esto? ¿Qué hacían los nombres de aquellos niños desaparecidos en el interior de una muñeca enterrada? Entonces recordé aquel diente... aquello era mucho peor. ¿Y si era de alguno de aquellos niños? Dios mío, podría estar ante una prueba de un delito. Revisé más a fondo la caja, moviendo los trozos de trapo y telas que había sacado del interior de la muñeca, hasta que encontré las piezas que faltaban: otros dos dientes. En total, sí, tres dientes: uno de leche, otro incisivo y un molar partido. Tras este último hallazgo, dejé todo en el interior de la caja y, ya sí, con el miedo en el cuerpo, fui a avisar a mi capataz. A los pocos minutos llegó la policía y, tras confirmar el hallazgo, precintaron el acceso a la casa y se cancelaron las obras. No estoy seguro de lo que ocurrió dentro después, pero puedo decir que vaciaron el sótano entero en busca de los cuerpos de los niños, pues todo parecía indicar que podrían encontrarse allí. Sin embargo, jamás los hallaron. No encontraron nada más en aquel sótano, solo aquella muñeca, en aquella caja, con su macabro contenido. Se inició una nueva investigación a raíz de los descubrimientos, pero creo que nunca llegó a nada más. Los dientes se llevaron a un instituto forense para su análisis. Finalmente, se determinó que eran dientes humanos, pero nunca llegué a saber si pertenecían a los niños desaparecidos. La muñeca se llevó a un museo etnográfico cercano a nuestra localidad, pero no estuvo allí por mucho tiempo...
Capítulo 3
Días después, una noche, me encontraba en casa solo viendo la televisión. Me pareció escuchar un sonido leve pero continuo proveniente del sótano. Pensé que se trataría de alguna rata, por lo que cogí un bate de béisbol y bajé a investigar. En cuanto puse un pie sobre las escaleras, el sonido cesó. Continué bajando muy despacio, pero todo permanecía en silencio. Revisé a mi alrededor… y allí la vi. Allí estaba la maldita muñeca, encima de una mesa de trabajo de mi padre. Estaba sentada, como si nada, quieta, inmóvil… pero algo en mi interior me decía que aquello estaba vivo, que tenía un halo diabólico y de maldad. Me quedé frente a ella durante minutos, sin hacer nada, esperando que en cualquier momento se moviera y se abalanzara contra mí. Pero no pasó nada. Sin pensarlo mucho, cogí una antigua cámara de mi padre que estaba justo al lado y le tomé una foto. Pero la muñeca seguía allí. ¿Cómo había llegado hasta allí? No podía quitarme eso de la cabeza. Al final, con un arranque de valentía, la cogí con ambas manos y la levanté. Enseguida vi que, en la mesa donde había estado sentada, había dos trozos de papel doblados. Los tomé, los desdoblé y leí su contenido: "TOM" en uno y "Martha" en el otro. ¿TOM? ¿Quién narices eran Tom y Martha? No conocía a ningún Tom ni Martha. Con decisión y algo de cabreo, decidí poner fin a todo aquello. Llevé la muñeca y los papeles a un viejo horno que tenía mi padre en el sótano, los tiré dentro y encendí la llama. Me quedé mirando cómo poco a poco el fuego tomaba fuerza hasta que comenzó a devorar la muñeca por completo. Pude ver cómo su rostro se deshacía, consumido por las llamas. Y ahí pensé que todo había terminado… ¿O no? Fue, sobre todo, a partir de aquella noche cuando comenzaron las pesadillas. Soñaba con la muñeca, con aquella casa y con una bruja. Prácticamente todas las noches despertaba entre gritos y sudores. Llegó un momento en el que incluso tenía miedo de irme a dormir porque sabía lo que me esperaba. Pero, con la ayuda de pastillas y médicos, conseguí controlarlo… aunque solo un poco. Sin embargo, yo pensaba que toda mi secuela de aquella historia se limitaba a las pesadillas… pero nuevamente me equivocaba.
Capítulo 4
El colofón de esta historia ocurrió años después, cuando yo tenía alrededor de 25 años. En aquel entonces estaba saliendo con una chica del pueblo. Meredith se llamaba. Llevábamos ya dos años juntos y todo era perfecto. Comenzamos a hacer planes de futuro: irnos a vivir juntos, comenzar una nueva vida, probablemente fuera del pueblo. Estábamos muy ilusionados. Entonces, una noche, mientras charlábamos a las afueras del pueblo, ocurrió algo que hizo que todo tuviera sentido. Meredith, hablando de nuestro futuro, simplemente dijo que siempre había querido tener dos hijos conmigo y que ya tenía pensados sus nombres. Si era niño, quería llamarlo Tom, y si era niña, Martha. En ese momento, mi mente dio un vuelco al escuchar aquellos nombres. Todo tomó sentido. Recordé aquella noche en mi sótano, los papeles que encontré debajo de la muñeca, los nombres que decían: Tom y Martha. Los nombres de mis futuros hijos. Aquella muñeca, aquella bruja, o aquel ser diabólico me había maldecido de por vida. No solo me atormentaba en mis pesadillas, sino que había marcado con su maldición a mi propia descendencia. Lo tuve claro. Aquella misma noche rompí con Meredith, sin darle muchas explicaciones. Y desde entonces vivo solo, sin mucha comunicación con el exterior, ni con vecinos, ni familia, ni nadie. Porque sé que algo quiere venganza. Algo va detrás de mí y quiere arruinar mi vida y la de todos mis seres queridos. Por eso he preferido vivir hasta ahora aislado de todo y de todos, llevando esta carga yo solo y sufriendo cada noche la visita de aquello maligno que desenterré en la Casa de la Muñeca... Imagen tomada por James la noche que encontró la muñeca en su sótano.
FIN 😱