Mi hermano se mudó a una urbanización perfecta. Ahora ha desaparecido. Encontré su cuaderno… y algo me está observando
Capítulo 1
Nos mudamos a Hollow Pines hace apenas tres semanas. Todo el vecindario parece sacado de una maqueta: casas idénticas, buzones del mismo modelo, céspedes que parecen recortados con láser. Todos saludan. Todos sonríen. Fue idea de mi hermano, Tomás. —Es tranquilo, seguro… Buenas zonas escolares —me dijo. Lo curioso es que ninguno de los dos tiene hijos. Tomás se instaló primero, en la calle de al lado. A la semana de llegar, me llamó: —Tienes que venir, tío. Esta gente es increíblemente amable. Y sí, lo eran. Demasiado. Mi primera semana fue… anodina. Lucía, la vecina de enfrente, trajo pan de plátano. Un anciano con gafas gruesas me prestó su cortacésped. No fui a la fiesta de bienvenida. Pero al cabo de unos días, Tomás dejó de contestar el teléfono. Pensé que estaba haciendo una de las suyas —desaparecer sin avisar— pero al tercer día, me empecé a preocupar. Caminé hasta su casa. La luz del porche estaba encendida. Su coche seguía aparcado. Las cortinas, cerradas. Toqué el timbre. Golpeé la puerta. Nada. Enfrente, tres vecinos permanecían de pie en sus jardines. Inmóviles. No me miraban. Simplemente… estaban. Me fui. Puse una denuncia por desaparición. La policía se encogió de hombros. —Es adulto. Puede haber decidido irse —me dijeron. Volví de noche. Entré por una ventana lateral. Todo estaba en orden. Demasiado ordenado. El mando del televisor en el sofá. Una taza con café ya frío sobre la encimera. Su móvil aún cargando. Fue entonces cuando vi el cuaderno. Una libreta amarilla, abierta sobre la mesa. Nombres escritos a mano. Algunos tachados, otros subrayados. Uno de ellos, rodeado en rojo. En la parte superior de la página, había una frase escrita con caligrafía apurada: “Todos van a las reuniones.” Y al final de la hoja: un número de teléfono. Sin nombre. Le escribí. No hubo respuesta. Hasta horas más tarde. Un mensaje. 🕷️ Una palabra: “Cuidado.” A la mañana siguiente, descubrí una nota bajo mi almohada: “Déjalo ir. Él ya está en paz. Tú lo estarás pronto.” Volví a escribir al número. Finalmente, me contestaron. Se llamaba Elías. Me explicó que Tomás había estado investigando una especie de culto en Hollow Pines. Que había encontrado pruebas, y grabado cosas que no debía. Me envió una imagen escaneada de un recorte de periódico: “Desaparecen seis personas en urbanización del norte. Sin sospechosos.” Decidí volver a revisar el cuaderno. “Solo uno de ellos aparece en la foto del periódico”, me dijo Elías. “Y va todos los domingos. Si consigues descubrir quién es, sabrás que estás más cerca de la verdad.” Ahora te propongo el reto de averiguar conmigo quién tiene un vínculo con la secta
Capítulo 2
El cuaderno no mentía. Lucía. Frecuencia: todos los domingos. Organizadora. Siempre sonriente. Demasiado perfecta. Cuando ví sobre su nombre en el cuaderno, algo se activó. Como si se liberara una memoria escondida en mi cabeza. Recordé el recorte del periódico. La foto. Su sonrisa. Y cómo aparecía también en la fiesta de bienvenida… y en la puerta de mi casa, el primer día. Una notificación llegó a mi móvil. Un mensaje del número desconocido: “Lo sabías. Has visto lo suficiente. Tienes que salir antes de la siguiente reunión.” Miré por la ventana. Lucía estaba cruzando la calle. Sonreía. En la mano, un pequeño recipiente con galletas. No toqué la puerta. Bajé al sótano. Recogí la linterna, mi mochila, una navaja y la copia del mapa de Hollow Pines que Tomás había dibujado. En una esquina del papel, garabateada con tinta roja, había una palabra: “La verja.” Me dirigí hacia el cobertizo al borde del vecindario. El mismo al que había llegado corriendo después del incendio. Me moví agachado, entre setos, evitando las cámaras que ahora sabía que sí estaban activas. La verja estaba allí. Negra. Oxidada. Cubierta de hiedra. Intenté empujarla. No se movía. Otro mensaje: “Busca bajo la piedra del buzón de Tomás.” Volví. Corrí. Aterrado. El barrio estaba más callado que nunca. Encontré la piedra. Debajo, una pequeña llave negra, con un símbolo tallado: un círculo con cinco radios. Regresé. La llave encajó. Giré. Un chirrido agudo cruzó el silencio del bosque. La verja se abrió. Y entonces lo oí: un canto lejano, como un murmullo colectivo que venía desde el centro del vecindario. Voces en sincronía. No palabras, no melodía. Solo… vibración. No miré atrás. Corrí.
Capítulo 2
Fallé. Toqué un nombre en el cuaderno. Eduardo. O tal vez Sara. No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que, al hacerlo, sentí que algo me miraba desde detrás del papel. La pantalla del móvil parpadeó. Una notificación. Del mismo número de antes. “Te están observando ahora. Ya no hay marcha atrás.” Sentí un escalofrío. Me levanté de la silla. Fue entonces cuando noté que la música del vecindario había parado. Esa musiquilla de fondo que siempre suena en Hollow Pines: aspersores, pájaros demasiado felices, una radio en alguna casa. Nada. Silencio total. Cerré el cuaderno. Intenté salir por la puerta principal. Cerrada. No recordaba haberla cerrado. Fui a la ventana por la que había entrado. Bloqueada. Atornillada desde fuera. Golpeé. Grité. Nadie respondió. Mi móvil volvió a vibrar. “Quédate esta noche. Solo observarán. Aún puedes comprenderlo.” Me giré. Una figura estaba en la esquina de la sala. Lucía. Pero… no era ella. La piel pálida. Los ojos abiertos de más. Una sonrisa que no se movía. —No tenías que buscar, —dijo, sin abrir la boca. Corrí al pasillo. Estaba lleno de vecinos. Todos quietos. Todos bloqueando la salida. No me atacaban. Solo me rodeaban. —Ahora ya formas parte, —dijo uno de ellos, con voz metálica. El mundo se volvió negro. O no???
Capítulo 3
Nos mudamos a Hollow Pines hace apenas cuatro semanas. Todo el vecindario parece sacado de una maqueta: casas idénticas, buzones rojos del mismo modelo, céspedes que parecen recortados con láser. Todos saludan. Todos sonríen y todos te siguen con la mirada cuando pasas a su lado... Fue idea de mi hermano, Tomás, al que seguro ya crees conocer. —Es tranquilo, seguro… Buenas zonas escolares y un sitió idílico para mis cosas —me dijo. Lo curioso es que ninguno de los dos tiene hijos. Al menos que yo recuerde. Tomás se instaló primero, en la calle de al lado. A la semana de llegar, me llamó: —Tienes que venir, tío. Esta gente es increíblemente amable. Tienen algo que me atrae… Y sí, lo eran. Demasiado. Mi primera semana fue… anodina. Lucía, la vecina de enfrente, trajo pan de plátano. Al principio me llamo mucho la atención… pensé que sería bueno darla un buen revolcón… pero no sabría decir porque, pero note algo extraño en su sonrisa. Un anciano con gafas gruesas me prestó su cortacésped… el cual ahora recuerdo que nunca le devolví. No fui a la fiesta de bienvenida… y creo que debería haberlo hecho… Pero al cabo de unos días, Tomás dejó de contestar el teléfono. Pensé que estaba haciendo una de las suyas —desaparecer sin avisar— pero al cuarto día, me empecé a preocupar. Caminé hasta su casa. La luz del porche estaba encendida. Su coche seguía aparcado. Las cortinas, cerradas. Toqué el timbre. Golpeé la puerta. Nada. Enfrente, unos cuatro vecinos permanecían de pie en sus jardines. Inmóviles. No me miraban. Simplemente… estaban. Creí distinguir a Lucía entre ellos… pero estaba muy oscuro y en el fondo no eran mas que sombras. Me fui. Puse una denuncia por desaparición. La policía se encogió de hombros. —Es adulto. Puede haber decidido irse —me dijeron. Volví de noche. Entré por una ventana lateral. Todo estaba en orden. Demasiado ordenado. El mando del televisor en el sofá. Una taza con te ya frío sobre la encimera. Su móvil sobre la mesa con poca batería pero encendido... Fue entonces cuando vi un cuaderno. Joder.. me sonaba de algo… Era libreta amarilla, abierta sobre la mesa. Nombres escritos a mano. Algunos tachados, otros subrayados. Uno de ellos, rodeado en rojo. En la parte superior de la página, había una frase escrita con caligrafía apurada: “Todos van a las reuniones.” Y al final de la hoja: un número de teléfono. Sin nombre. Le escribí. No hubo respuesta. Hasta horas más tarde. Un mensaje. Una palabra: “Parece que no aprendes.” A qué se podría referir? A la mañana siguiente, descubrí una nota bajo mi almohada: “Déjalo ir. Él ya está en paz. Finalmente tú lo estarás pronto. No tendrás otra oportunidad” Volví a escribir al número. Finalmente, me contestaron. Se llamaba Elías. Me explicó que Tomás había estado investigando una especie de culto en Hollow Pines. Que había encontrado pruebas, y grabado cosas que no debía. Me envió una imagen escaneada de un recorte de periódico: “Desaparecen siete personas en urbanización del norte. Sin sospechosos.” Y allí estaba ella. Lucía. Sonriendo, como siempre. Decidí volver a revisar el cuaderno. Lo abrí, y sin entender como… todas las hojas, todas… estaban cubiertas de un líquido rojo que parecía sangre… Tenía que intentar limpiar toda esa sangre y esperar que el contenido no se hubiera visto afectado…
Capítulo 4
Al limpiar todo lo que pude, encontré lo que estaba buscando… El cuaderno no mentía. Lucía. Frecuencia: todos los domingos. Organizadora. Siempre sonriente. Demasiado perfecta. Cuando ví sobre su nombre en el cuaderno, algo se activó. Como si se liberara una memoria escondida en mi cabeza. Recordé el recorte del periódico. La foto. Su sonrisa. Y cómo aparecía también en la fiesta de bienvenida… y en la puerta de mi casa, el primer día. Una notificación llegó a mi móvil. Un mensaje del número desconocido: “Lo sabías. Has visto lo suficiente. Tienes que salir antes de la siguiente reunión.” Miré por la ventana. Lucía estaba cruzando la calle. Sonreía. En la mano, un pequeño recipiente con galletas. No toqué la puerta. Bajé al sótano. Recogí la linterna, mi mochila, una navaja y la copia del mapa de Hollow Pines que Tomás había dibujado. En una esquina del papel, garabateada con tinta roja, había una palabra: “La verja.” Me dirigí hacia el cobertizo al borde del vecindario. El mismo al que había llegado corriendo después del incendio. Me moví agachado, entre setos, evitando las cámaras que ahora sabía que sí estaban activas. La verja estaba allí. Negra. Oxidada. Cubierta de hiedra. Intenté empujarla. No se movía. Otro mensaje: “Busca bajo la piedra del buzón de Tomás.” Volví. Corrí. Aterrado. El barrio estaba más callado que nunca. Encontré la piedra. Debajo, una pequeña llave negra, con un símbolo tallado: un círculo con cinco radios. Regresé. La llave encajó. Giré. Un chirrido agudo cruzó el silencio del bosque. La verja se abrió. Y entonces lo oí: un canto lejano, como un murmullo colectivo que venía desde el centro del vecindario. Voces en sincronía. No palabras, no melodía. Solo… vibración. No miré atrás. Corrí.