La luz se corta a medianoche. Algo respira bajo el suelo. Tú decides qué hacer
Medianoche
La tormenta lleva horas descargando sobre el tejado cuando se va la luz. No es raro; en este pueblo los cortes de electricidad son habituales en verano. Buscas a tientas el encendedor sobre la mesilla, lo encuentras, enciendes la vela que siempre guardas en el cajón. La llama parpadea. Te sientas en el borde de la cama y escuchas el granizo contra el cristal.
Entonces lo oyes.
No es un crujido. No es el viento. Es una respiración. Lenta, regular, casi rítmica. Viene de abajo. Del sótano.
Tu pecho se aprieta. Llevas viviendo solo en esta casa seis meses. El sótano lo usas como trastero: cajas, ropa vieja, la caldera, herramientas. Nadie debería estar ahí. Nadie puede estar ahí.
La respiración no para. Rít-mi-ca. Rít-mi-ca. Como si alguien llevara horas esperando el momento exacto para que la oigas.
Escaleras abajo
Coges la vela con una mano y, con la otra, aferras el mango de un destornillador que cogiste de la cómoda. La escalera del sótano está al fondo del pasillo. Cada peldaño cruje bajo tus pies. La respiración sigue ahí, más clara ahora que te acercas. Pausada. Consciente.
Llegas al último escalón. El sótano es pequeño: cuatro paredes de piedra y el suelo de tierra apisonada. La caldera ocupa el rincón derecho. Las cajas están apiladas a la izquierda. A la derecha, el interruptor de la luz de emergencia, conectada a la batería de respaldo.
No ves nada. La llama de la vela no alcanza los rincones. Pero la respiración sí que se oye. Viene de algún punto entre las cajas. Algo, o alguien, está escondido entre ellas.
Tu mano tiembla. El destornillador no pesa nada. La respiración no cambia de ritmo. No sabe que has bajado. O sí sabe, y no le importa.
Lo que vive en la oscuridad
El interruptor hace clic. Las bombillas de emergencia parpadean tres veces antes de quedarse encendidas. Una luz pálida y azulada llena el sótano.
Lo ves de inmediato.
Está en el rincón más alejado, detrás de las cajas de ropa de invierno. De pie. Inmóvil. Es una figura alta, demasiado alta para estar cómoda bajo el techo, así que tiene el cuello inclinado hacia un lado con un ángulo que no debería ser posible. La piel es gris. Los ojos, abiertos, no tienen iris: blancos por completo. Te está mirando.
Llevas cuatro segundos mirándola antes de darte cuenta de que sigue respirando exactamente igual. No se ha movido. No ha acelerado. Rít-mi-ca. Rít-mi-ca. Como si tus ojos no cambiaran nada para ella.
Entonces te das cuenta de algo más. No parpadea. Lleva así mucho tiempo. Y el hecho de que no se haya movido no significa que no pueda.
Final · La escalera
Tu cuerpo actúa antes de que tu cerebro lo decida. Das media vuelta y corres hacia la escalera.
Tres pasos. Cuatro. El primer escalón.
Algo frío y duro te rodea el tobillo con una presión que no es humana. No escuchas pasos. No la escuchaste moverse. Simplemente está ahí, detrás de ti, con la mano —si es que eso es una mano— alrededor de tu pierna. Te derrumbas sobre los escalones. La vela se apaga al caer.
En la oscuridad total, la respiración sigue siendo lo único que se oye. Ahora a centímetros de tu cara.
No gritas. No te da tiempo.
Final · Amanecer
No lo piensas. Sencillamente te quedas paralizado, y eso resulta ser lo correcto.