Sara se muda a un piso antiguo en el centro de la ciudad. Las noches tranquilas duran poco: arriba, algo camina en círculos exactamente a la misma hora. El piso lleva dos años sellado
Capítulo 1 · La mudanza
El edificio era de mediados del siglo XIX, con fachada de piedra gris que la lluvia había oscurecido en franjas irregulares y ventanas altas con contraventanas de madera que ya no cerraban del todo. Estaba en una calle estrecha del centro, de esas que los turistas fotografiaban porque conservaban cierto aire de ciudad antigua, pero que los vecinos conocían por los adoquines sueltos y el olor a humedad que ascendía desde los bajos. Sara lo vio por primera vez un martes de octubre, con la llovizna en la cara y dos maletas a sus pies, y pensó que era perfecto.
El piso era el 3B, tercer piso, puerta de la derecha. Techo alto con molduras, suelo de madera oscura que crujía de forma agradable bajo los pies, una cocina pequeña con azulejos blancos y una ventana que daba al patio interior. El salón tenía dos metros más de alto que cualquier piso moderno que Sara hubiera visto, y esa altura lo hacía todo más silencioso, como si el aire tuviera más espacio para absorber el ruido. El alquiler era bajo para el barrio. Muy bajo. El casero, que se llamaba Mendoza y hablaba por teléfono desde otra ciudad, le dijo que llevaba vacío unos meses y que prefería tenerlo ocupado. Sara no preguntó por qué había estado vacío.
Se instaló durante el fin de semana. Tenía pocos muebles —los justos que cabían en un coche de alquiler— y la espaciosidad del piso hacía que cada cosa que colocaba pareciera insuficiente, como amueblar una catedral con cuatro sillas y una lámpara. Pero ella no le dio importancia. Había llegado a la ciudad tres semanas antes por trabajo, llevaba ese tiempo en una habitación de hotel con ventana al hueco de un ascensor, y cualquier cosa con suelo propio le parecía un lujo. Desempaquetó los libros primero, como siempre. Luego la ropa. Luego lo demás, sin orden particular, con esa satisfacción específica de ir llenando espacio propio.
La primera semana fue exactamente lo que necesitaba. Se despertaba tarde los fines de semana, preparaba café en la cocina pequeña con la ventana entreabierta, oía los sonidos del patio —pájaros, alguien arriba tendiendo ropa, el ruido lejano de la calle— y sentía algo que hacía tiempo no sentía: que estaba bien donde estaba. El trabajo era exigente pero manejable. El barrio tenía buenas panaderías y una librería de segunda mano a tres manzanas. Por la noche, el silencio era casi completo. Casi rural, pensó más de una vez. No había imaginado que el centro pudiera ser tan silencioso por las noches.
El lunes de la segunda semana, Sara se había acostado a las diez y media con un libro. Apagó la luz cerca de las once. Llevaba quizás diez minutos en la oscuridad, en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia, cuando lo oyó.
Un arrastre. Pesado, regular, como si alguien moviera un mueble grande por el suelo con lentitud deliberada. Venía claramente de arriba. Duró quizás quince segundos y luego se detuvo. Sara abrió los ojos en la oscuridad y esperó. Nada. Miró el teléfono: las 23:02. Pensó: vecinos, mueble recolocado, nada raro. Cerró los ojos.
Dos minutos después comenzaron los pasos.
Lentos. Muy lentos. Un paso, pausa. Otro paso, pausa. Como si alguien caminara midiendo distancias, o como si caminara con mucho cuidado para no hacer ruido, lo cual resultaba paradójico porque en el silencio de aquella noche cada pisada resonaba con una claridad que parecía amplificada. Sara contó los pasos. Catorce pasos en una dirección. Silencio. Catorce pasos en sentido contrario. Silencio. Una vuelta completa, dedujo. Alguien caminando en círculo en el piso de arriba.
Miró el techo como si pudiera ver a través de él. El techo era blanco, con una grieta fina que recorría el enlucido desde la ventana hasta la moldura central. La grieta llevaba ahí desde que llegó. Los pasos continuaron arriba, metódicos, sin prisa, sin variación. Una vuelta. Otra vuelta. Otra. Sara esperó a que pararan. A las 23:45 seguían sonando. Pensó en subir. Pensó que era tarde. Pensó que mañana era laborable. Se puso los auriculares, puso música, y eventualmente se durmió sin saber cuándo pararon.
Al día siguiente lo había casi olvidado. Vecinos haciendo su vida. En edificios antiguos el sonido viajaba de formas raras. No era para tanto.
El martes por la noche, Sara estaba leyendo en el sofá cuando oyó el arrastre. Miró el teléfono: 23:01. Dejó el libro en el regazo y esperó. A los dos minutos, los pasos. Exactamente el mismo ritmo. Exactamente el mismo círculo. Los contó de nuevo: catorce pasos, vuelta, catorce pasos. Pensó que era curioso que fuera la misma hora, pero los hábitos nocturnos de la gente podían ser muy regulares. Fue a la cocina, bebió agua, volvió al sofá. A las 23:20 seguían sonando. A las 23:50. Se fue a la cama con los pasos todavía activos encima de su cabeza y tardó en dormirse. Cuando se despertó a las 3 de la madrugada para ir al baño, no oyó nada. Comprobó la hora que era: pasaban cuatro minutos de las doce y ocho de la noche cuando se había dormido, sin que lo oyera. Se dijo que eran las doce y ocho de la noche, que la habría vencido el sueño. Lo anotó en el móvil como si fuera un dato sin importancia. No lo era.
Capítulo 2 · El piso vacío
El miércoles por la noche, Sara esperó despierta. No porque tuviera miedo —todavía no— sino porque quería confirmarlo. Se instaló en el sofá con una infusión a las 22:30 y esperó. A las 23:01, el arrastre. A las 23:03, los pasos. Puso el cronómetro del móvil. Cuarenta y siete minutos y treinta y dos segundos después, los pasos se detuvieron. La hora en el reloj: las 00:08. Las doce y ocho de la mañana, de nuevo. Sara miró el techo un momento y luego se puso el abrigo encima del pijama, cogió las llaves y subió al cuarto piso.
El descansillo del cuarto piso tenía dos puertas. La 4A y la 4B. Debajo de la puerta del 4A había luz. Sara llamó con los nudillos. Abrió una mujer de unos sesenta y cinco años con bata de felpa y cara de no haber dormido, o de no querer dormir. Detrás de ella, asomando por el marco de la puerta del salón, un hombre de edad similar la miraba sin decir nada.
Sara se disculpó por la hora. Explicó lo de los ruidos. Dijo que venían del 4B, claramente. La mujer la escuchó con una expresión que Sara no supo leer al principio: no era irritación, no era confusión. Era algo más parecido al malestar de quien escucha algo que preferiría no escuchar. Cuando Sara terminó, la mujer miró brevemente hacia la puerta del 4B y luego volvió a mirarla a ella.
«Ese piso lleva cerrado dos años», dijo. Y cerró la puerta.
Sara se quedó en el descansillo. Miró la puerta del 4B. Tenía un precinto del administrador de la finca pegado en diagonal sobre el marco, con sellos de la comunidad de propietarios y una fecha de dos años atrás. La cerradura era diferente a las demás puertas del edificio —más nueva, más robusta, instalada encima de la original—. En la parte inferior de la puerta había una franja de oscuridad perfecta. Ninguna luz. Ningún sonido. Nada.
A la mañana siguiente llamó al administrador de la finca. Le costó veinte minutos que le pasaran con alguien que supiera algo del 4B del edificio de la calle Postigo. La persona que finalmente habló con ella tenía voz de no querer complicaciones. Le dijo que el piso estaba precintado por orden de las autoridades, que la situación estaba en proceso de resolución, que no podía darle más detalles. Sara preguntó qué había pasado. La persona al teléfono hizo una pausa y dijo: «El anterior inquilino falleció en el inmueble. El piso está bajo investigación. Le agradecería que no insistiera.» Y colgó.
Esa tarde, Sara llamó a las puertas de los vecinos que conocía de vista. La pareja del primero no abrió. El hombre del 2A le dijo que él era nuevo también, que llevaba seis meses. Le recomendó que hablar con Doña Carmen, la del 3A, que llevaba décadas en el edificio y sabía de todo.
Doña Carmen tardó en abrir. Era una mujer pequeña con pelo blanco y ojos claros que lo veían todo al mismo tiempo, de esas personas que calibran a quien tienen delante antes de decidir qué van a decir. Invitó a Sara a pasar cuando Sara mencionó los ruidos. Le sirvió café sin preguntarle si quería. Se sentaron a la mesa de la cocina y durante un momento Doña Carmen no dijo nada, solo sostuvo la taza entre las manos y miró la ventana.
«Se llamaba Álvaro», dijo al fin. «Álvaro Reyes. Treinta y cuatro años. Vivía en el 3B desde hacía catorce meses cuando lo encontraron.»
Sara tardó un segundo. «El 3B es mi piso», dijo.
Doña Carmen la miró. Asintió despacio, como si ya lo supiera y hubiera esperado a que Sara lo dijera en voz alta. «Lo sé», dijo. «Por eso te he dejado entrar.»
Le contó lo que sabía, en voz baja, con pausas, como quien mide lo que cuenta. Álvaro había llegado al piso un año y pico antes de morir. Había venido a la ciudad por trabajo, solo, sin familia cercana en la ciudad. Era tranquilo, educado, pagaba puntual. Durante los primeros meses no había ningún problema. Luego, a partir de cierto punto —Doña Carmen no recordaba exactamente cuándo— empezó a llamar a las puertas. Preguntando por los ruidos de arriba. Que si los otros vecinos los oían. Que si alguien vivía en el 4B. «El 4B siempre ha estado vacío», dijo Doña Carmen. «Desde antes de que él llegara. Desde mucho antes.»