En septiembre me asignaron un alumno nuevo. En noviembre llamé a sus padres. Me dijeron que su hijo había muerto en agosto
Adrián
Este es mi primer año dando clase en el colegio Virgen del Pino. Llegué en septiembre con el contrato firmado en agosto y la ilusión intacta de quien todavía no sabe muy bien en qué se ha metido. Cuarto de primaria, veintitrés alumnos, aula número seis de la planta baja. Lo tenía todo anotado en una libreta nueva.
La lista de clase me la envió la secretaría por correo electrónico tres días antes de empezar. La leí varias veces, intentando ponerles cara a los nombres. Veintidós nombres. Pero el primer día de septiembre, cuando hice el recuento, había veintitrés niños sentados.
El que sobraba estaba al fondo, en el último pupitre de la fila de la derecha. Quieto. Las manos sobre la mesa. Me miró cuando entré, o al menos eso creo. Tenía la cara muy blanca, del tipo de blanco que no es simple palidez sino algo más profundo, como si la luz le llegara de otra manera.
Pasé lista. Cuando llegué al final, levanté la vista y dije: '¿Hay alguien a quien no haya llamado?' El niño del fondo levantó la mano muy despacio. 'Adrián', dijo. Solo eso. Adrián Molina, según me aclaró cuando le pregunté el apellido. Anoté el nombre en mi libreta y asumí que había un error en la lista que me habían mandado. Esas cosas pasan. Matrículas de última hora, sistemas que no se actualizan. No le di más vueltas.
Las primeras semanas me concentré en conocer al grupo y en no perder los papeles. Adrián era fácil de ignorar, no de mala manera, sino porque no generaba ruido. Nunca levantaba la mano. Nunca interrumpía. Nunca lloraba en el recreo ni se peleaba con nadie. Si yo le preguntaba algo directamente, respondía bien, con una voz que llegaba clara desde el fondo aunque no elevara el tono. Las respuestas siempre eran correctas.
Lo que me llamó la atención primero fue el recreo. Los demás niños bajaban al patio con sus bocadillos y sus zumos. Adrián no bajaba. Bueno, supongo que bajaba, porque no se quedaba en el aula, pero yo nunca lo vi en el patio. Nunca lo vi comer nada. Pensé que tendría alguna condición médica que le obligaba a quedarse dentro, o que simplemente prefería la biblioteca. Hay niños así.
La segunda cosa que noté fue el frío. En octubre empecé a circular por las filas durante los ejercicios escritos, parándome a mirar los cuadernos. Cuando me detuve junto a Adrián para revisar su trabajo, apoyé la mano en el borde de su pupitre y él levantó la cabeza. Por accidente, roce le roce el dorso de la mano. Era como tocar la superficie interior de una nevera. No frío de quien ha estado en el exterior, sino frío sin origen, como si el calor simplemente no existiera en él.
No dije nada. Lo miré. Él me miró. Seguí circulando por la fila.
Sus dibujos eran técnicamente buenos para su edad. Líneas limpias, proporciones razonables. Pero los temas eran extraños. Mientras los otros niños dibujaban superhéroes y animales y casas con jardín, Adrián dibujaba habitaciones vacías vistas desde la puerta. Árboles sin hojas contra un cielo en blanco. Figuras humanas de espaldas, siempre de espaldas, nunca con cara. Los coloreaba con colores apagados: grises, marrones, azules muy pálidos. Lo guardé todo en su carpeta sin saber muy bien qué hacer con ello.
En cuanto a sus compañeros: ninguno me habló de él. Y eso sí me pareció raro, porque los niños de cuarto siempre hablan del compañero nuevo. Se pelean por sentarse con él o lo rechazan abiertamente, pero reaccionan. Con Adrián parecía que simplemente no lo procesaban. Como si estuviera ahí pero no del todo presente en su campo visual.
En noviembre decidí hacer las llamadas de seguimiento a las familias. Quería hablar con todos los padres, no había incidencias concretas, solo era la revisión de primer trimestre. Fui por orden de lista. Llegué a la M.
Busqué el número en el formulario de matrícula. Lo marqué desde el móvil, sentada en el coche después de clase, con el aparcamiento casi vacío. Sonó tres veces. Descolgó una mujer.
'Buenas tardes', dije. 'Soy Ana, la tutora de cuarto de primaria del Virgen del Pino. Llamo por Adrián Molina.'
Silencio. No el silencio de quien piensa qué responder, sino el silencio de quien acaba de recibir algo que no esperaba.
'Adrián falleció en agosto', dijo la mujer. La voz muy baja, muy controlada, como quien ha tenido que decir esa frase antes y ha aprendido a pronunciarla sin quebrarse. 'En un accidente de coche. ¿Con quién habla?'
Colgué.
No sé cuánto tiempo estuve en el coche. Las farolas del aparcamiento se encendieron en algún momento, así que debí de quedarme bastante rato. Tenía el teléfono en la mano y no podía soltarlo. Pensé: hay un error. Número equivocado. Hay otra familia Molina. Hay una explicación administrativa para todo esto. La iba a encontrar al día siguiente.
Lo que hice después
A la mañana siguiente llegué al colegio antes de que abrieran las aulas. Fui directamente a secretaría. La secretaria, Lourdes, llevaba quince años en el centro y conocía cada papel de cada expediente. Le pregunté por la matrícula de Adrián Molina, cuarto de primaria.
Me miró con la expresión que pone la gente cuando no entiende la pregunta. 'No tenemos ningún alumno con ese nombre en cuarto', dijo. Tecleó en el ordenador. Esperé. Negó con la cabeza. 'En ningún curso. No hay ningún Adrián Molina matriculado en este colegio este año.'
Le dije que había estado en mi clase desde septiembre. Que yo misma había anotado su nombre. Que había entregado trabajos, que había respondido preguntas, que ocupaba el último pupitre de la fila derecha. Lourdes me miró con una paciencia que me resultó casi insultante y volvió a buscar en el sistema. Nada.
Subí al aula. Era temprano, los niños no habían llegado. El pupitre del fondo estaba ahí, perfectamente alineado con los otros. Vacío. Lo abrí. Vacío también, sin libros, sin estuche, sin nada. Como un pupitre de repuesto que nadie ha usado todavía.
Cuando llegaron los alumnos, esperé a que se sentaran y les pregunté, con toda la naturalidad que pude, si alguno se acordaba de Adrián, el compañero nuevo que se sentaba al fondo. La mayoría me miró sin saber de qué estaba hablando. Dos niñas se miraron entre ellas y dijeron que no conocían a nadie con ese nombre. Marcos, que se sentaba en la fila del centro, frunció el ceño un momento y dijo: '¿El niño callado de atrás?' Hizo una pausa. 'No sé. No me acuerdo bien.' Y ya no dijo nada más.
Después de clase revisé todas las carpetas de trabajos. Fui hoja por hoja. Tengo los ejercicios de septiembre, de octubre, de noviembre. Busqué el nombre de Adrián en cada uno. No estaba. Recordaba haber recogido sus hojas. Recordaba leer sus respuestas. Recordaba que su letra era extrañamente cuidada, casi caligráfica, como la de alguien que ha aprendido a escribir con otro método. No encontré nada con su nombre.