Llevaba dos semanas viendo el mismo coche frente a mi portal. Luego llamé a la policía con la matrícula
Lo que llevo viendo
No sé ni cómo empezar esto. A ver si me explico sin que parezca que estoy loco, porque ya me han dicho que parezco loco y la verdad es que no sé, igual tienen razón. Pero necesito contárselo a alguien que no me conozca.
Hace como dos semanas, o quizá algo más, empecé a ver un Seat Ibiza gris aparcado delante de mi portal. Nada raro, ¿no? Un coche aparcado en la calle. Normal. En mi barrio hay coches aparcados por todos lados. No le di importancia.
Pero el tío, o sea, el coche, estaba ahí todos los días. Mismo sitio. Mismo coche. Y esto ya me empezó a llamar la atención porque ese hueco donde está suele rotarse bastante, la gente entra y sale, y ese coche llevaba días sin moverse. Pensé que igual era de alguien que se había ido de viaje o algo así.
Esto sonaba a tontería pero una tarde fui al súper, el de la calle Mayor, que está a como diez minutos andando. Decidí ir en coche porque tenía que comprar bastante. Salgo del portal, paso al lado del Ibiza gris, y me voy. Tres calles más adelante, por el retrovisor, el mismo coche gris. Giro, el coche gira. Pienso: joder, coincidencia. Igual va por la misma ruta.
Pero entonces giré en una calle que no lleva al súper directamente, una calle rara que cogí sin pensarlo mucho. Y el coche también giró.
Llegué al aparcamiento del súper. Busqué plaza. Me metí en un hueco del fondo. Fui a bajarme del coche y vi el Ibiza gris aparcando a unos veinte metros de mí. Me quedé dentro sin moverme, esperando. Esperé creo que tres o cuatro minutos. No salió nadie del coche. No vi moverse nada detrás de los cristales. Cristales tintados, no podía ver si había alguien dentro o no.
Entré al súper. Hice la compra, creo que tardé media hora, no lo sé, no miraba el reloj. Salí con las bolsas. El Ibiza seguía ahí. En el mismo sitio exacto. Sin haberse movido. Sin ver a nadie entrar ni salir.
Metí las bolsas en el maletero y empecé a conducir. No fui a casa. Fui dando vueltas. Calles que no llevan a ningún sitio, rotondas de vuelta, desvíos raros. El Ibiza gris detrás de mí en todo momento. Sin perderme. Sin adelantarme. Siempre a una distancia de dos o tres coches.
Hostia. No sé lo que sentí en ese momento. Miedo no es la palabra exacta. Fue más como cuando sabes que algo está muy mal pero tu cabeza todavía intenta convencerte de que tiene una explicación lógica. Respiré hondo y fui directo a la comisaría. La del Paseo de la Independencia.
Entré en el aparcamiento de la comisaría. El Ibiza se paró en la calle, en doble fila, justo frente a la entrada. Aparcó ahí, en doble fila, parado. Yo me quedé mirando desde mi coche. No se abrió ninguna puerta. No bajó nadie. Solo estaba parado, con los cristales oscuros, mirándome, si es que un coche puede mirarte.
Entré a la comisaría. Le conté lo del coche a un agente, le di la matrícula de memoria porque me había fijado bien en ella antes de salir del súper. El agente tomó nota, me dijo que esperara un momento y se fue al fondo. Tardó bastante, más de lo normal, no sé, cinco minutos o así.
Cuando volvió, su cara era diferente. No sé cómo explicarlo, iba con más cuidado con lo que decía, como eligiendo las palabras. Me preguntó que si estaba seguro de la matrícula, que si la había apuntado o era de memoria. Le dije que de memoria pero que estaba seguro.
Entonces me dijo: esa matrícula pertenece a un vehículo que fue reportado como robado hace siete meses. La semana siguiente al robo, el vehículo fue localizado en una cuneta a las afueras de la ciudad. Completamente quemado. Ese coche no existe en ningún registro activo. No tiene seguro vigente, no tiene ITV, no hay ningún vehículo circulando con esa matrícula.
Me quedé mirándole. Le pregunté que entonces qué era lo que me había seguido hasta allí. Me dijo que iban a salir a echar un vistazo. Salimos juntos. El Ibiza gris ya no estaba.
Desde entonces
Eso fue hace nueve días. No he vuelto a ver el coche. O bueno, no de forma clara. A veces hay un coche que podría ser gris, que podría ser un Ibiza, en alguna calle, aparcado o moviéndose, y me paro a mirarlo, pero cuando enfoco bien ya es un coche diferente o ya se ha ido. No sé si es que mi cabeza ya está buscando ese coche en todos los sitios o si realmente lo estoy viendo.
Llevo varios días sin dormir en mi piso. Me quedé en casa de mi novia, en el otro lado de la ciudad. No le conté el motivo exacto, le dije que tenía unos problemas con una gotera y que estaban haciendo obras. No sé por qué no le conté la verdad, supongo que no quería preocuparla o supongo que me daba vergüenza.
Hace tres días ella me llamó al trabajo. Eran como las doce del mediodía. Me dijo que había un coche gris aparcado delante de su portal desde primera hora de la mañana y que no se había movido en todo el rato. Me lo dijo en plan de comentario, sin darle importancia, como cuando te dice que hay una paloma en el balcón.
Le pedí que me dijera la matrícula. Tardó un momento en bajar a verla, o en mirarla desde la ventana, no sé. Me la leyó. Era la misma. Exactamente la misma.
No le dije lo que sabía de esa matrícula. No le dije lo del coche quemado. Solo le dije que por favor no saliera, que se metiera en casa de la vecina del cuarto, que yo estaba yendo para allá. Salí del trabajo sin decir nada y fui en taxi.
Cuando llegué, no había ningún coche. Ni gris ni de ningún otro color, bueno, los normales aparcados, pero nada que llamara la atención. Mi novia salió a la puerta y me miró de una forma que no me gustó nada. Como cuando alguien empieza a pensar que igual no estás bien del todo.
Igual no estoy bien del todo. No lo sé. Pero la matrícula es la misma. Eso no me lo inventé. Lo tiene anotado la policía.
Escribo esto porque necesito que alguien me diga si ha vivido algo parecido. No sé qué hay dentro de ese coche. No sé quién lo conduce. No sé cómo funciona con una matrícula de un coche que fue incendiado y destruido hace meses. Tengo las cortinas echadas en todos los sitios donde estoy, en mi piso cuando paso por allí y en casa de mi novia. No me asomo a la ventana por la noche.
Lo peor no es el coche. Lo peor es que alguien lo está conduciendo y ese alguien sabe dónde vivo yo y sabe dónde vive ella.