Una historia contada por un hombre atormentado
Capítulo 1
Compré una casa en un fraccionamiento nuevo, a las afueras de León, Guanajuato. No era la mejor ubicación, pero era lo que mi crédito INFONAVIT me permitió comprar. La casa era pequeña, completamente nueva y sin estrenar. Nunca imaginé que en un lugar sin historia, sin viejas tragedias ni muros testigos de desgracias, algo extraño pudiera acechar. Pero ahora sé que lo paranormal no respeta ni el tiempo ni el espacio. Mi esposa, Carolina, estaba embarazada de nuestro primer hijo, así que, a pesar de las incomodidades, estábamos felices. Nos entregaron la casa sin protecciones ni acabados, pero como sé algo de albañilería, pasé varios fines de semana arreglándola. Todo parecía normal, no encontré nada fuera de lugar ni sentí una mala vibra. Cuando por fin terminamos con los arreglos, nos mudamos. Cada tarde nos dedicábamos a decorar el cuarto del bebé. Fue entonces cuando empezaron las cosas raras. Un día, mientras colocábamos un estante, los tornillos desaparecieron de la caja de herramientas. Buscamos por todas partes, pero no estaban. Lo extraño es que en la casa solo estábamos mi esposa y yo, y los habíamos comprado apenas unas horas antes. Tuvimos que ir a la ferretería otra vez. Esa noche, Carolina despertó llorando. Tuvo una pesadilla horrible: soñó que un hombre pequeño, casi un enano, le abría el vientre y se llevaba a nuestro bebé. Me dijo que sintió tanto miedo que, incluso después de despertar, seguía sintiendo que alguien la observaba. La abracé hasta que se calmó, pero en ese momento escuchamos un ruido en la sala. Era como un ronroneo, bajo pero persistente. Pensé que tal vez un gato se había metido por la ventana de la cocina, que siempre dejábamos abierta. Fui a revisar, pero no había nada. Justo cuando me giré para regresar al cuarto, el sonido cambió. Ya no era un ronroneo… era una voz. Una voz pequeña, chillona, murmurando algo que no alcancé a entender. Solté una maldición, y justo en ese momento, una de las ventanas corredizas de la cocina se cerró de golpe con tanta fuerza que el vidrio se astilló. Era imposible que el viento lo hubiera hecho. A la mañana siguiente, fui a trabajar como de costumbre. En la fábrica donde laboro no permiten usar celular, así que cuando salí revisé mis mensajes. Carolina me había escrito varias veces. Primero me dijo que sentía una sensación extraña en la casa, como si no estuviera sola. Luego mencionó que escuchaba una vocecita dentro de la alacena de la cocina. En su último mensaje me dijo que se iba a casa de su mamá, que la pasara a buscar ahí porque no pensaba quedarse en la casa ni un minuto más. Esa noche dormimos en casa de mi suegra. Carolina estaba más tranquila y pensó que todo había sido una sugestión por el embarazo. Yo, aunque trataba de racionalizarlo, no podía dejar de pensar en la ventana rota y la voz en la cocina. Antes de volver a casa, mi suegra nos dio un Cristo para colgar en la entrada y un rosario para poner bajo la almohada de Carolina. Luego, cuando mi esposa no estaba presente, me tomó del brazo y me dijo algo que me dejó helado: —Cuida bien a tu hijo… hay seres que buscan la luz de los bebés antes de nacer. Pasaron unas semanas sin incidentes, salvo por pequeñas desapariciones de objetos: llaves, ropa, incluso los tornillos que habíamos comprado de nuevo. Pero entonces ocurrió algo que nos hizo darnos cuenta de que esto no era nuestra imaginación. Una mañana, Carolina despertó con moretones oscuros en el abdomen. Nos preocupamos mucho y fuimos de inmediato al médico. Le hicieron estudios, pero no encontraron ninguna explicación médica. Los doctores insinuaron que podían haber sido causados por golpes, lo que llevó a una incómoda conversación con los especialistas, que querían asegurarse de que Carolina no estaba sufriendo violencia. Obviamente, jamás le haría daño a mi esposa, pero no teníamos ninguna respuesta lógica para lo que estaba ocurriendo. Para tranquilizarnos, decidimos cambiar el colchón, tirar las sábanas y fumigar la casa, pensando que quizás algún insecto había causado los hematomas. Eso nos obligó a quedarnos de nuevo en casa de mi suegra por unos días. Fue en esos días cuando tuve la misma pesadilla que Carolina había tenido antes. En mi sueño, un hombrecillo entraba por la ventana de la cocina, caminaba hasta la cama y, con una navaja pequeña, intentaba abrir el abdomen de mi esposa. Me desperté cubierto de sudor, con la sensación de que algo horrible nos estaba acechando. Cuando finalmente regresamos a la casa, encontramos en la sala varias de las cosas que se nos habían perdido: el peine de Carolina, los tornillos, un par de juguetes para el bebé… todo estaba amontonado como si alguien lo hubiera colocado allí a propósito. Pero lo peor fue ver la ventana de la cocina. Aquella que había reemplazado semanas antes… estaba rota de nuevo. Carolina se puso pálida y me pidió que nos fuéramos de inmediato. Para tranquilizarla, cambié las chapas de las puertas y aseguré todas las ventanas. Esa fue nuestra última noche en esa casa. A la una de la madrugada, el ruido en la cocina nos despertó. Esta vez no era un ronroneo, ni un murmullo… era un escándalo: golpes, risas agudas, y algo que nos heló la sangre. Una voz que decía claramente: —¡DÉNMEEE AL BEBÉ!
Capítulo 2
La voz chillona seguía repitiendo lo mismo: —¡DÉNMEEE AL BEBÉ! Se escuchaban risas, golpes dentro de la cocina y un murmullo constante que no podía distinguir. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a explotar en el pecho. Carolina se aferró a mi brazo, temblando. Yo, aunque muerto de miedo, no podía quedarme sin hacer nada. Me armé de valor, tomé un cuchillo de la cocina y me acerqué a la alacena de donde venía la voz. Respiré hondo, conté hasta tres y abrí la puerta de golpe. Nada. Todo estaba en su lugar: platos, vasos, algunas provisiones. Pero la sensación de que alguien nos observaba era tan fuerte que mi piel se erizó. Entonces, Carolina gritó. Corrí al cuarto y la encontré arrinconada en la cama, con los ojos abiertos como platos. Me señaló con una mano temblorosa hacia el clóset. Del otro lado de la puerta corrediza, se escuchaban golpes. Como si algo—o alguien—estuviera forcejeando para salir. En ese momento, el aire se volvió más denso. El cuarto se sintió más frío. Juntando lo poco de valor que me quedaba, tomé la lámpara del buró y la encendí. Con la otra mano, deslicé lentamente la puerta del clóset. Lo que vi dentro jamás podré olvidarlo. Ahí estaba. Un hombrecillo de menos de un metro, completamente calvo, con la piel pálida y arrugada como la de un anciano. Sus ojos eran pequeños y hundidos, pero su boca… su boca era demasiado grande para su cara, con dientes filosos y amarillos. Vestía con ropas antiguas y raídas, como si hubiera salido de otra época. Nos miró y sonrió, mostrando esa grotesca hilera de dientes. —¡El bebé es mío! —dijo con una voz chillona y burlona. Luego empezó a reírse, pero no como una persona normal. Era un sonido extraño, casi un chillido, como el de un animal. Y entonces empezó a bailar. Sí… bailar. Giraba sobre sí mismo, daba saltos en el aire, agitaba los brazos como si se estuviera burlando de nosotros. Carolina, entre lágrimas, sacó el rosario que su madre le había dado y empezó a rezar en voz alta. El hombrecillo se detuvo en seco. Su expresión cambió de burla a enojo. Empezó a gruñir, a mostrar los dientes y a sacudir la cabeza de un lado a otro, como si el rezo lo estuviera lastimando. Yo, sin soltar el cuchillo, hice la señal de la cruz en el aire, como había visto hacer a mi abuela cuando yo era niño. El ser chilló, un sonido agudo y doloroso, y de un salto se metió de nuevo en el clóset, desapareciendo en la oscuridad. Nos quedamos paralizados. No sabíamos si había desaparecido de verdad o si seguía ahí, esperando. No lo pensamos dos veces. Agarramos lo que pudimos y salimos corriendo de la casa. Esa noche dormimos en casa de mi suegra, pero ninguno de los dos pegó el ojo. A la mañana siguiente, fuimos con un sacerdote. Nos escuchó con el ceño fruncido, pero no nos tomó por locos. Dijo que había oído historias similares. Nos dio oraciones para protegernos y se ofreció a ir a bendecir la casa. Aún así, Carolina no quiso regresar. Mi hijo nació sin problemas meses después, y vivimos con mi suegra hasta que logré vender la casa. Nunca supe qué pasó con los nuevos dueños. Pero a veces me pregunto si ellos también habrán escuchado el murmullo en la cocina… si alguna vez despertaron con la ventana rota… o si en alguna madrugada, entre risas y golpes, habrán oído esa voz chillona exigiendo lo mismo: —¡DÉNMEEE AL BEBÉ!