Soy técnico forestal. Hay algo que vi hace siete años en el monte que nunca he contado. Hasta hoy
Lo que encontré en el monte Louro, hace siete años
Llevo quince años trabajando como técnico forestal en la provincia de A Coruña. Lo digo para que quede claro desde el principio qué tipo de persona soy: alguien que pasa entre seis y ocho horas diarias en el monte, con botas de cuero, GPS, formularios de inventario y una actitud muy poco dada al drama. He encontrado cosas que, fuera de contexto, podrían parecer inquietantes. Animales muertos en posiciones extrañas. Construcciones abandonadas a mitad de obra, con los andamios todavía puestos. Senderistas perdidos que llevaban días desorientados. Osamentas que resultaron ser de jabalí, o de vaca, o una vez, de persona, aunque eso fue un accidente de montaña documentado y cerrado. Para cada cosa que encontré, tuve siempre, o casi siempre, una explicación. Trabajo en entornos que la gente romaniza mucho desde la ciudad. Yo lo veo como lo que es: masa forestal catalogada, cuadrículas UTM, porcentajes de cobertura, índices de combustibilidad. No soy una persona asustadiza.
Hace siete años estaba haciendo un inventario de regeneración natural en una zona de pinar denso por encima del embalse de Louro, en la comarca de Muros. Era octubre, mañana de miércoles, nada de particular. El pinar era de segunda generación, plantación de los años cincuenta, con bastante matorral de tojo y helechal en el sotobosque. Zona que apenas visita nadie porque no tiene interés senderista ni cinegético relevante. Yo llevaba unas tres horas trabajando solo, haciendo mis parcelas de muestreo cada doscientos metros, anotando regenerado de pino y de roble en una libreta impermeable.
Lo vi cuando salí de una zona de matorral denso hacia un pequeño claro. Al principio no supe lo que era. Mi cerebro tardó un par de segundos en procesar la imagen porque era completamente incongruente con el entorno. Una escalera de madera. De pie, exenta, sin nada a lo que estar adosada. Doce peldaños, lo conté después, ascendiendo en dirección noreste hasta una altura aproximada de dos metros veinte. El peldaño superior terminaba en el aire. No había pared. No había estructura. No había ruina, no había cimiento, no había ningún indicio de que allí hubiera existido jamás un edificio.
Me acerqué. La madera era de castaño o de roble, no soy carpintero y no lo sé con certeza, pero era madera dura, de buena calidad. Los peldaños estaban ensamblados con mortajas, no con clavos. El conjunto tenía aspecto antiguo, pero estaba en un estado de conservación que no correspondía para nada con la climatología de Galicia. Aquella zona recibe más de mil quinientos milímetros de lluvia al año. La madera debería haber estado pudriéndose. Estaba seca. La golpeé con el mango de la podadera. Sonido sólido. Sin oquedades, sin signos de xilófagos, sin hongos de pudrición.
Hice fotos. Tengo una Garmin con cámara integrada y saqué quince o veinte fotografías desde distintos ángulos. Marqué las coordenadas en el GPS. Luego me quedé mirándola durante un tiempo que no sé cuantificar bien, pero que fue más largo de lo normal. Subí los tres primeros peldaños. La escalera aguantó mi peso sin problema, sin crujidos, sin flexión. Desde el tercer peldaño el monte se veía igual que siempre: pinares, matorral, el embalse al fondo entre los árboles. El cuarto peldaño me parecía demasiado. Bajé.
Ese mismo jueves se lo conté a dos compañeros en la oficina. Mostré las fotos. Las reacciones fueron las que cabría esperar: que si alguien la habría puesto ahí por alguna razón, que si algún artista, que si algún excéntrico con demasiado tiempo libre. Mi jefe de sección, cuando lo puse en el parte de incidencias, me dijo literalmente: alguien la habrá colocado ahí con algún propósito y la dejó. No es nuestro problema si no está en zona de especial protección. Y la zona no lo estaba. Asunto cerrado administrativamente.
Dos semanas después volví. No por el trabajo, sino porque no podía sacármelo de la cabeza. Fui un sábado por la mañana, solo, con mis propias botas y mi tiempo libre. Llevé las coordenadas exactas. Llegué al claro. El suelo estaba cubierto de acículas de pino, igual que siempre. La escalera no estaba. No había marcas en el suelo, no había rastro de maderas retiradas, no había ningún signo de que alguien hubiera estado allí. Las acículas del claro no mostraban ni una zona removida, ni una huella, ni un surco. Era como si la escalera no hubiera existido nunca.
Eso fue hace siete años. No lo conté a casi nadie. No sé lo que vi. No tengo explicación para ello y soy lo suficientemente honesto como para admitirlo. Llevo siete años con eso enquistado en algún sitio de la cabeza, sin saber muy bien qué hacer con ello. Publico esto hoy porque esta semana pasó algo más.
Esta semana
El martes estábamos haciendo una inspección de daños por viento en una zona de eucaliptal al norte de Carnota. Éramos dos: yo y Rodrigo, que lleva cinco años en el servicio y es una persona tan poco dada al misticismo como yo. Íbamos en el quad por una pista forestal abierta hace tres años para tratamientos selvícolas, zona que ninguno de los dos conocía especialmente bien porque no estaba en nuestros sectores habituales. La zona queda a unos treinta kilómetros en línea recta de donde estuve hace siete años.
Rodrigo iba delante. Paró el quad de golpe, lo que me obligó a frenar yo también. Se bajó sin decir nada. Me asomé y lo seguí. Había dejado la pista y había entrado unos veinte metros en el monte, esquivando troncos caídos. Cuando llegué a donde estaba, lo encontré parado con los brazos cruzados, mirando hacia el frente.
Una escalera de madera. Diferente de la primera: más estrecha, con menos peldaños, quizás ocho o nueve, y construida con una madera más clara que no supe identificar. Pero la misma lógica imposible: exenta, sin estructura, ascendiendo hasta nada. El peldaño superior a unos metro ochenta del suelo, terminando en el aire entre ramas de eucalipto.
Rodrigo me dijo: ¿tú qué narices es esto? Y yo no dije nada durante un momento. Luego dije: no lo sé. Saqué el móvil y empecé a hacer fotos. Rodrigo también. Él pensaba en voz alta, barajando opciones: instalación artística, propiedad privada con algún capricho estético, restos de algún tipo de construcción que no se veía. Yo no dije nada sobre la vez anterior. No sé por qué, pero no lo dije. Marcamos las coordenadas, pusimos una banderola de señalización naranja en un árbol cercano para localizarlo fácilmente al volver, y continuamos con la inspección.
Cuarenta minutos después, de vuelta por la misma pista, paramos en el punto donde habíamos dejado la banderola. Seguía en el árbol. Entramos al monte los dos. El suelo de eucalipto, con su capa de corteza desprendida y hojas, estaba intacto. No había nada. La escalera había desaparecido. Rodrigo estuvo callado varios segundos. Luego dijo: ¿la hemos marcado bien? Y yo le dije que sí, que las coordenadas del GPS eran las mismas, que la banderola era la misma, que estábamos exactamente donde habíamos estado cuarenta minutos antes. Él buscó durante un rato. Revisó los alrededores. Nada.
Rodrigo no tiene palabras para lo que vio. Me lo dijo en el coche de vuelta, con esa forma de hablar que tienen las personas cuando están procesando algo que no encaja en ningún esquema: no tiene sentido, no tiene sentido, lo repitió varias veces. Yo estoy publicando las fotos que saqué con el móvil el martes. Son malas fotos, con mala luz entre eucaliptos, pero se ve la escalera.
Esta noche he hecho algo que no hice hace siete años. He cogido las coordenadas de los dos avistamientos y he trazado la línea recta entre ellos. Luego la he extendido en los dos sentidos. En el sentido sur, la línea entra en el embalse de Louro y, si se continúa bajo el agua, apunta hacia el centro del vaso del embalse, que fue inundado en 1963. Había un pueblo allí. Lo busqué: aldea de Gures, cuarenta y dos vecinos censados en el padrón de 1960, desalojada por expropiación forzosa en 1962. No sé si eso significa algo. No sé si las líneas rectas en un mapa tienen algún tipo de significado real o si estoy construyendo una narrativa donde no hay más que coincidencia.
Lo que sí sé es lo siguiente: he trabajado quince años en montes de esta provincia. He recorrido miles de kilómetros de pista forestal. He inventariado, señalado, podado, apagado incendios, elaborado planes de gestión. Conozco el monte de una manera funcional, pragmática, desmitificada. Y hay algo en esa zona que no encaja en ninguna categoría que yo manejo. Algo que aparece y desaparece. Algo que tiene la forma de una escalera que sube hacia ningún sitio.
No voy solo a esa parte del monte. Ya no.