Xenia , una adolente como otra de 17 años , que gusta descubrir cosa y investigar hasta esa curiocidad casi la ...
La curiosidad a veces mata
Xenia era una chica normal a la que le gustaba leer. Y sobre todo, le fascinaban los libros sobre misterios, terror y crímenes. Era de estatura algo bajita, como de 1.54, con el pelo corto hasta los hombros, de color castaño y ojos color avellana. Tenía en su habitación una estantería llena de libros de todo tipo; le gustaba descubrir diferentes temáticas y géneros. Un día, saliendo de su instituto como cualquier chica de 17 años, caminaba hacia su casa. Pasó por un parque con muchas flores y árboles alrededor, y una fuente en el centro bastante bonita. Al fondo se encontraba una biblioteca: la más antigua de la ciudad. Por lo que ella sabía, esa ciudad tenía más de 200 años, desde que su abuelo era joven. Vio la biblioteca de arquitectura de estilo corintio, con sus columnas a los lados y unas grandes puertas con escaleras enormes. Entró y se fijó en lo curiosa que era por su antigüedad y muebles, con lámparas de araña por todos los pasillos. Las luces de las lámparas no iluminaban mucho, para lo grande y alto que era el lugar, dándole un aire oscuro y tenebroso, más aún por lo antiguo que resultaba todo. Mientras revisaba las estanterías, encontró un libro que llamó su atención, y pues, se lo llevó. En la noche... En su habitación, Xenia se disponía a dormir, pero recordó el libro que había cogido de la biblioteca. Estando en la cama, con las luces apagadas y solo la lámpara de mesa encendida con su luz cálida, comenzó a leer. Todo parecía normal: una historia de amor con trama y misterio… hasta que, de repente, el libro cambió por completo. En mitad del texto comenzaron a aparecer fragmentos escritos en una lengua muerta. Se cayó un papel estropeado y sucio, medio roto, en el que se podía leer algo así como: "Nunca leas este libro. Para de leer si ya has visto esto. No leas lenguas muertas, sobre todo si es de noche, luna menguante y a oscuras." Por desgracia para ella, ya había leído sin querer la lengua muerta. Xenia, asustada y con miedo, miró por la ventana y sus ojos se inundaron de lágrimas, ya que justo esa noche era luna creciente. Cuando quiso cerrar el libro, este empezó a volverse loco en sus manos, pasando las hojas a gran velocidad. La poca luz que había se apagó. Quedó a oscuras y, de repente, del libro salió una mano grotesca. Ella, aterrada y sin saber qué hacer, gritaba, pero parecía que nadie la escuchaba. Por el rabillo del ojo miró el reloj que colgaba en la pared: se había detenido. Xenia pensó en su móvil, pero cuando lo tomó, no respondía. Ni la hora ni los segundos se movían. Todo estaba detenido. Xenia, sin saber qué hacer, vio cómo esa mano seguía saliendo del libro. Con el vello erizado, cerró el libro del que salía la mano, pero... El libro se abrió de golpe y la jaló dentro de él. Xenia (gritando): ¡Aaaah! Se agarró con una mano al libro y con la otra al cabecero de la cama mientras peleaba con aquello que intentaba arrastrarla hacia dentro. Parecía un agujero negro. Xenia sacó fuerzas y tiró hacia atrás con todas sus energías. Aquella cosa cayó y se golpeó contra el suelo. Xenia suspiró aliviada al sentir que no tenía nada encima. Vio el libro en el suelo; del borde surgía una cabeza repugnante con ojos negros, que intentaba salir. Reaccionó rápidamente y lo cerró. De repente, su madre apareció y vio cómo cerraba el libro con una mano saliendo de él. No sé cómo, pero mi madre reaccionó rápido: tomó el libro y comenzó a rociarlo con agua bendita. El libro empezó a deshacerse mientras salía humo. Luego, mi madre investigó y consultó a un cura que entendía de santería, brujería y demonios. Le dijo que, a primera hora de la mañana, cuando saliera el sol, debía quemar el libro en la montaña más alta de la ciudad, pues se dice que la primera luz del día es poderosa. Y eso hizo. Mientras el libro se quemaba, se escuchó un grito aterrador, demoníaco… hasta que dejó de oírse.