Mateo escribió a Vera una carta a mano. Vera no aceptaba novatos. Hizo una excepción
Lunes, 23:14
Vera: Mateo. He leído tu carta tres veces. Estoy contestándote contra mi norma. Yo no acepto novatos.
Mateo: Vera. Gracias por leerla. ¿Por qué contestas?
Vera: Porque escribes a mano, porque no me has mandado fotos, y porque admites que no sabes nada. Esa combinación es rara. Te doy una sesión inicial. Una. Si te gusta, evaluamos. Si no, no me escribas más.
Mateo: Aceptado.
Sábado, 18:48
Vera: Mateo. Las reglas de hoy. Llegas a las nueve. Vienes vestido. Te arrodillas en la alfombra del salón hasta que yo te diga otra cosa. No me tocas. Yo no te toco. Esto es una hora de aprender a esperar.
Mateo: Solo arrodillado.
Vera: Solo arrodillado. Palabra de seguridad.
Mateo: Tinta.
Vera: Tinta. Apuntada.
Domingo, 02:18
Mateo: Llegué a casa.
Vera: ¿Cómo estás?
Mateo: Una hora arrodillado y siento que me has cambiado el cuerpo. Tengo las rodillas marcadas. Y la cabeza más quieta que en seis años.
Vera: Buen chico. Esa quietud es lo que vienes a buscar. La piel es lo de menos.
Mateo: ¿Hay segunda sesión?
Vera: El sábado que viene, sí. Misma hora.
Sábado siguiente, 23:42
Vera: Te he atado las manos a la espalda con cordón rojo. Te he ordenado mirarme mientras me desnudo. No me has tocado. Casi llorabas de tensión.
Mateo: Casi.
Vera: Mateo. Es la primera vez en cuatro años que un sumiso me hace dudar a mí también. Ten cuidado con eso.
Sesión cuatro
Vera: Hoy ha sido distinta. Te he marcado con las uñas en el pecho. He contado en voz alta. Diez. Te he susurrado buen chico cuando llegamos a ocho.
Mateo: Y me has dejado acabar mirándote.